Nunca me han asustado los monstruos. Pero jamás imaginé que uno dormiría en mi habitación… y que yo lo dejaría.
Todo empezó la noche en que el espejo del baño se empañó solo. Nadie se había bañado, no había vapor, y aun así, gotas resbalaban como si el cristal llorara. Pensé que era mi imaginación, hasta que lo vi: sentado en mi cama, hecho sombra, con ojos de luna rota. No brillaban, no parpadeaban, solo me miraban desde un rincón como si siempre hubiera estado allí.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—No me ves, pero me conoces —me respondió con voz de papel quemado.
No grité. Tal vez porque su tristeza pesaba más que su presencia. No tenía dientes afilados ni garras. Solo una mochila llena de mis recuerdos más tristes: fotos rotas, mensajes no enviados, abrazos no dados. No hablaba mucho, pero se hacía entender. Me acompañaba en silencio mientras me cepillaba los dientes, mientras comía sin hambre, mientras fingía que todo estaba bien.
Era el monstruo del abandono… y vivía conmigo desde hacía años.
No comía carne. Comía inseguridades. Le encantaba cuando me hablaba mal frente al espejo. Dormía mejor cuando lloraba por las noches. Se nutría de las veces que me callaba lo que sentía, de las palabras que no dije por miedo a no ser suficiente. Me abrazaba sin que yo lo notara cada vez que decía: “no valgo nada.” Y mientras yo intentaba ignorarlo, él se acomodaba más dentro de mí, como si mi tristeza fuera su colchón.
Una noche soñé que cruzaba un puente como el de una vieja película japonesa que marcó mi infancia. A cada paso, el mundo cambiaba. Las paredes desaparecían, y el suelo se volvió agua tibia. Detrás de mí, los recuerdos se evaporaban como espíritus en agua caliente. Todo era neblina y reflejos distorsionados. Caminé descalza por las tablas de madera, guiada por luces flotantes que parpadeaban como luciérnagas en duelo.
Y ahí estaba él, mi monstruo, transformándose… ya no era sombra. Era un niño de ojos cansados, como Haku cuando recuerda su nombre. Llevaba en la espalda el peso del tiempo. Sus pasos eran lentos, su voz más suave. Ya no hablaba con miedo, sino con una ternura desconocida.
—¿Tienes un nombre? —le pregunté.
—Solo si me lo das tú —dijo, mirándome como si esperara ser redimido.
Lo llamé Soledad, pero él sonrió por primera vez.
Entonces subimos a un tren. No uno real. Era un tren de agua, como el que cruza mundos sin estaciones. En silencio, viajamos entre memorias. Las ventanas mostraban escenas olvidadas: yo de niña, abrazando una almohada; yo adolescente, evitando mi reflejo; yo, hoy, con él a mi lado. Yo lloré. Él solo me miró, sin juicio. Como si siempre hubiera estado ahí… esperando que lo viera.
Antes de bajar, me dio una pequeña esfera blanca. “Para cuando vuelvas a sentirte vacía”, dijo. Me la guardé en el bolsillo del alma.
Desperté con una pluma blanca sobre la almohada. Tal vez un símbolo. Tal vez un adiós.
Desde entonces, lo veo menos. Cuando aparece, ya no se acuesta en mi cama, solo me observa desde la puerta. Ya no habla con voz de papel quemado. Ahora es un susurro suave que a veces me recuerda mis cicatrices, pero también lo lejos que he llegado.
Y a veces, cuando dudo de mí, me toma la mano con cuidado… como si me recordara quién soy.
Como si fuera un monstruo que solo quiso protegerme… a su manera.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.