La primera vez que vi WALL·E, era solo un niño. Me acuerdo que me encantó, ¡Es una de mis pelis favoritas de Disney y Pixar! me reía con la cucarachita que lo acompañaba y luego la aplastaba, Pero lo que más me atrapó fue el romance entre los robots, WALL·E y EVA. cómo miraba con ojos brillantes a EVA, el tiempo que la cuido cuando estaba apagada, cómo la seguío hasta el espacio¡ Esa era mi parte favorita. Todo era muy simpático, y aunque sí notaba que había mucha basura y que los humanos estaban gorditos y no se paraban de sus sillas flotantes, me lo tomaba más como una comedia. Como algo gracioso.
Me acuerdo de reírme cuando los humanos se caían de las sillas y no sabían qué hacer, o cuando chocaban entre ellos sin dejar de mirar sus pantallas. Todo eso me parecía divertido. WALL·E era, para mí, una peli de amor y aventuras espaciales. Y ya.
Pero luego crecí. Y un día decidí volver a verla. Esta vez con otros ojos.
Y ahí fue cuando me golpeó. Fuerte.
De repente, ya no era solo una historia bonita de robots. Era una historia triste. Una advertencia. Un reflejo de algo que quizás ya está empezando a pasar.
Vi que el planeta estaba completamente muerto. No había árboles, ni ríos, ni animales. Solo basura. Montañas y montañas de basura. Y esa plantita que cuida WALL·E… era el único pedacito de esperanza en toda la Tierra. Me di cuenta de que eso no era solo parte de la historia. Era una forma de decirnos: “esto puede pasar si seguimos así”.
También recordé que hay un dicho muy famoso sobre que las cucarachas serían las únicas que sobrevivirían a una guerra nuclear. Y pensé: ¿será que por eso la mejor amiga de WALL·E es una cucarachita? ¿Será una forma de decirnos que si seguimos destruyendo todo, solo quedarán las cucarachas y los robots?
Y los humanos… ya no me dieron risa. Me dieron tristeza. Eran como bebés gigantes que ya no sabían caminar. Vivían en sillas, con pantallas frente a la cara todo el tiempo, sin hablarse entre ellos, sin tocarse, sin ver el mundo. Tenían piscinas, comida, pantallas enormes, ¡y aun así no sabían nada de su propia historia!
Como dice Homero Simpson: “Si sale en la televisión, debe ser verdad”.
Y así vivían ellos: creyendo todo lo que les decían las máquinas.
Fue ahí cuando entendí que WALL·E no es una película solo para niños. Es una película para todos. Es una crítica al consumismo, al daño que le estamos haciendo al planeta, a lo desconectados que estamos como seres humanos. Vivimos pegados a pantallas, sentados, sin saber cómo se llama nuestro vecino. Y eso da miedo. Porque esa nave llena de humanos flojos y solos… se parece mucho a nuestro mundo.
Así que ahora, cuando veo WALL·E, no solo me río o me emociono. También pienso. Pienso en cómo podemos cambiar las cosas antes de que sea tarde. En que todavía estamos a tiempo. En que, tal vez, todos tenemos un pequeño WALL·E dentro, esperando cuidar una plantita, reconectar con alguien, o simplemente apagar la pantalla para mirar el cielo.
Porque al final, WALL·E no es solo una historia de robots. Es una historia sobre lo que significa ser humano.



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