Mi amigo el monstruo, un duende
En el fondo del patio de mi abuela, donde el viento jugaba con las hojas secas de mango y el gallo cantaba a las tres de la mañana como si despertara al mundo, vivía un monstruo. Pero no era cualquier monstruo, era un duende. Un duende latinoamericano, de esos que nacen cuando la luna crece y las madres rezan el rosario antes de dormir.
Se llamaba Balbino. Tenía la piel verde oscura, como las hojas de la palta, y unos ojos que brillaban rojos en la noche, pero no daban miedo, sino que alumbraban el sendero de tierra cuando no había luz en el rancho. Siempre se reía bajito, con esa risa ronca que parece un sapo cantando en la acequia, y su panza gorda temblaba como si guardara todas las carcajadas del mundo.
A Balbino lo conocí un día de calor pegajoso, cuando me senté bajo la parra a llorar porque me habían retado por ensuciarme las rodillas jugando a la pelota. Entre mis lágrimas, lo vi aparecer detrás de un balde viejo. Me miró serio, alzó sus cejas pobladas y dijo:
—¿Llorás por eso? Vení, tengo algo mejor que hacer.
Sin saber por qué, le creí. Me llevó detrás de los hornos de ladrillo, donde crecía un pasto alto que olía a tierra mojada. Allí me mostró un caracol del tamaño de mi mano y me enseñó a escuchar su canto. Después me llevó a espiar las hormigas cargando hojas tres veces más grandes que sus cuerpos, y me contó que cada una sabe exactamente qué tiene que hacer porque el mundo se los susurra.
Desde ese día, Balbino se convirtió en mi amigo. Todas las tardes, cuando el sol se escondía tras los álamos, aparecía para invitarme a sus aventuras. A veces me enseñaba a hablar con los sapos, otras a dibujar caminos secretos en la tierra para que el agua corra y no se quede estancada. Me decía:
—Si ayudás al agua a moverse, ella te ayuda a crecer.
Yo lo escuchaba con devoción, como quien escucha al abuelo contar historias de antes, cuando los caballos cruzaban pueblos y los hombres saludaban con sombrero en mano.
Pero había algo que Balbino no me dejaba hacer: tocar sus orejas puntiagudas. Decía que en ellas guardaba su magia, y que si alguien las tocaba, desaparecería como rocío al amanecer. Así que yo solo las miraba y pensaba que parecían hojas de níspero recién nacidas.
Con los años, crecí, y Balbino empezó a visitarme menos. Decía que los duendes prefieren la compañía de los niños porque ellos creen sin preguntar. El último día que lo vi, me dejó una semilla de zapallo y me dijo:
—Plantala cuando me extrañes. Yo estaré en cada flor amarilla que nazca.
Hoy, cuando riego mi huerta y veo las flores de zapallo abrirse al amanecer, sé que mi amigo el monstruo, el duende Balbino, sigue aquí. Me susurra en el viento que agita los tomates y me dice, con su voz de sapo risueño:
—No dejes de mirar el mundo con ojos de niño. Allí está la verdadera magia


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