¿Queremos olvidar el pasado, no sabemos conservarlo o no queremos entenderlo?  

La película de la que hablaré es “La Rebelión en la Granja”, publicada en 1954. Los directores de la cinta fueron John Halas y Joy Batchelor.

Hablar de “La Rebelión en la Granja” es un tema desolador y deprimente, en el sentido donde es inimaginable aceptar el tamaño de ideas aberrantes y atroces que somos capaces de crear y catalogar como palpables… y, sin embargo, eso hace que, al igual de aberrante, sea enriquecedor entenderlo; y, más aún, saber verlo a nuestro alrededor para así ver y aspirar a una mejor idea: un mejor lado de la moneda.

Esta cinta animada la miré cuando tenía 10 años. Fue muy ocasional la forma de verla: la maestra de mi escuela primaria nos pidió un ensayo, en donde escribiéramos lo que nos gustó y lo que no de la misma. La respuesta, con mucha frecuencia, era la misma: nos disgustó como los cerdos tomaron el control del resto de los animales, abusando de ellos como máquinas sin derechos a producir, a generar el bienestar para los de alto poder; también podía escuchar lo malo que fue el granjero Jones con sus animales, el pésimo destino que tuvo el caballo Boxer, no solo por no ser recompensado por su fiel trabajo: sino por el hecho de ser asesinado de forma indigna, como algo sin valor.

Ahora, más de una década después, revivir esta cinta es cómo entender un idioma que creías dominar, pero que hay cuestiones que obviaste: las reglas, los símbolos… todo estaba delante de nuestros ojos y corazón, pero no era descifrable hasta que nuestro cerebro entró en juego; un cerebro más entrenado y con nuevas ideas que nos ayudaría a entender lo que ya pensábamos dominar.

La historia es una fiel representación de múltiples acontecimientos iguales que han sido marcados en la historia de la humanidad: un pueblo con carencias, oprimido, obligados a pensar que la miseria y la esclavitud es el statu quo que debe regir siempre sus vidas pestilentes, hasta que la agradable muerte, con misericordia en vez de guadaña, les arrebate su tormento; mientras que, figuras de autoridad que subestiman al pueblo gozan y viven rodeado de las bondades y fruto del pueblo, en donde lo primero y lo último en la lista de sus preocupaciones y deberes es “tener la vida perfecta trabajando lo menos posible”; en esa lista no hay lugar para el pueblo porque no son vistos como seres con derechos: son vistos como instrumentos biológicos.

La historia feliz solamente toma una fracción de la realidad: el pueblo oprimida logra la revolución y se independiza del gobierno que imponía con severidad su forma de gobierno; todo es felicidad, todos son cánticos divinos que revolotean alrededor de cada uno de los esclavos que ya no cuentan con cadenas en sus tobillos… pero, lo cruel de la historia, es que no termina ahí: las malas conciencias regresan, y toman formas inesperadas.

Los animales vivían bajo la esclavitud del granjero, pero, una noche oscura donde el carcelero se descuidó, se convocó una reunión. El anciano del pueblo, un cerdo enfermo a punto de morir por su enfermedad, al que llamaban “Mayor” expuso sus ideales basados en conocimientos acumulados de una larga vida: les mostró el camino de la libertad tomada por sus propias manos y, al mismo tiempo, definió uno de los principios básicos que debían de seguir: ningún animal hará daño o matará a otro animal; todos somos iguales, todos somos hermanos. Una narrativa hermosa que adoptó un pueblo necesitado de esperanza. Todos lo entendieron con el mantra de la igualdad y el bien común; pero uno de los integrantes, un cerdo con tonos oscuros, malhumorado, egoísta y cobarde, desde la sombra, solamente buscaba su propio beneficio. Su nombre era Napoleón.

La rebelión se hizo al día siguiente, y fue rotundamente sencillo sacar al granjero. Todos los animales, menos dos cerdos cobardes que esperaban viendo desde atrás, sin mover ninguna pata para ayudar sus compatriotas (entre ellos Napoleón).

“Las personas que libran la revolución buscan quitar al dictador del poder, pero poca atención prestan a pensar quien ocupará su lugar, y mejor aún: no piensan la manera en la cual lo hará posible”.

Durante la guerra hubo una baja: una perra que dejó huérfano a sus cachorros. Aquí es donde el maquiavelismo de las ideas da su primer acto para demostrarnos lo que podemos llegar hacer: Napoleón, desde la penumbra sin ser visto por nadie, decide criar a la manada de perros para usarlos como una fuerza letal en el futuro: la fuerza necesaria que hará realidad el golpe de estado.

La prosperidad aumentaba en la granja, debido a que estaba siendo administrada por un cerdo que, al contrario de Napoleón, buscaba la igualdad para todos: los miraba como semejante; todos eran iguales. El avance no solo vino por bienes materiales como la comida, también vino en figura de educación: la visión del gobernante llamado “Bola de Nieve” era clara, pero no solo se limitaba a eso; el invierno se asomaba y nuevas acciones debían ser implementadas, acompañadas de innovación y participación de todo el mundo.

Es bastante utópico como su mandato se ve representado como una unión perfecta: cada animal, por diferente que sea, ayudaba con base a sus características únicas al avance del pueblo. Algo curioso es que se definieron ideas y formas de vivir en esta nueva comunidad con mayor grado de libertad, siendo uno de sus principales: todos los animales somos iguales. Lo curioso aquí es que ese dogma también encarcela al cerdo “Bola de Nieve”: alguien que gobierna, alguien que lidera, es igual que el resto del pueblo.

¿Se acuerdan de Napoleón? La manada de perros que crió los usó como su ejército perfecto, boras y temible, el cual tuvo una primera tarea desgarradora para el espectador: asesinar al cerdo “Bola de Nieve”. El animal que siempre estuvo al frente, sin temor al miedo por una creencia digna y valiosa; el ser que dirigió la nueva sociedad hacía la prosperidad, marcando ideales que no deben olvidarse… fue asesinado de forma miserable y horrorosa por los secuaces del cobarde cerdo “Napoleón” que nunca le interesó la libertad de sus compatriotas: le interesó su libertad y, sobre todo, la idea de poder gobernar al resto.

La persona justa siendo asesinada por cobardes que están atrás de ejércitos o símbolos de poder, si queremos verla de forma más sofisticada. ¿Sorpresivo? Absolútamente. Todo el mundo quedó impactado por lo sucedido. Entonces, ¿juzgaron a Napoleón por su atrocidad, mostraron coraje por el asesinato de la mente brillante que mostró y les dio un mejor futuro? Para nada: tener el poder permite manipular el transcurso de la historia, sobre todo del pasado. El pueblo, de manera inconsciente, olía el peligro por la bandada de perros que estaban a la orden del cerdo “Napoleón”, entonces debían crear lo que él decía. La mentira que se transformó en verdad en fracción de segundos fue esta: el cerdo Bola de Nieve estaba haciendo un plan, si, el cual era traer de nuevo al granjero Jones: nos traicionó.

Sus rostros no daban credibilidad a lo que acababan de escuchar, y con justa razón: era impensable que hubiera pasado eso por lo que hizo y demostró con acciones. Aquí entra otro factor jugoso que sucede y es decepcionante entender: es más sencillo aceptar la “verdad” de una figura de poder que pensar, porque es más fácil decir “si” a decir “no”, y si tomamos la idea arriesgada de decir “no”, estamos en un alto riesgo de sufrir consecuencias; y a nadie, por instinto, le gusta ser castigado.

La mayoría del pueblo, mientras todavía estaba el cerdo “Bola de Nieve”, no tenían el interés por aprender lo que su camarada quería instruirles y, en otros casos, no tenían la capacidad para hacerlo tan rápido como el resto. Un pueblo ignorante con la nula capacidad y costumbre de pensar, de cuestionarse, de pensar en potenciales soluciones o nuevas formas de realizar ciertas cosas, es el público perfecto para una dictadura: no les sirve que piensen, les sirven que actúan, que produzcan los intereses del gobierno.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió: bajo el mando del cerdo “Napoleón”, se radicalizó la idea de que no era necesario tener juntas nocturnas en donde todos opinaban y daban ideas, se instauró la idea de que tenían que trabajar más tiempo y comer menos, y, lo más dañino (a consideración propia) fue bastardear los ideales que se estipularon al poco tiempo de consumada la revolución.

Y continuando con la idea del pueblo perfecto para una dictadura: si nadie tiene la costumbre de pensar, o ven el pensar como un acto que puede ocasionarles peligro, no se dan cuenta de la profanación de los ideas generados tras su libertad; nadie cuestiona y tampoco nadie hace el esfuerzo de pensar y opones resistencia. Nadie dirá: esos no son los acuerdos que se hicieron al ser libres. Todos están más ocupados en trabajar y construir un molino, la energía se gasta en una meta del dictador y, por sino fuera mucho, no hay tiempo para pensar: solo hay tiempo para repetir el ciclo una y otra vez.

Rumbo al final de la película el cerdo “Napoleón” empezó a comercializar con los humanos, en donde éste primero daba productos generados en la granja (para sorpresa de nadie, ninguno fue fabricado por él o por los cerdos) y, en respuesta, el segundo miembro del acuerdo daba alimento que solamente consumían los cerdos: las figuras de poder.


El descuidado y descontento del pueblo empezó a crecer con el paso de los meses, de los años. Hasta que una nueva idea empezó a crecer en la mente de un solo animal: el burro llamada “Benjamín”.

Él era el mejor amigo un caballo monumental, fuerte y decidido en siempre ayudar para el bienestar de todos, sobre todo para el cerdo “Napoleón”. Las constantes jornadas de trabajo sin descanso suficiente hicieron que en una noche tormentosa, mientras subía un fragmento de roca de tamaño considerable con la ayuda de una cuerda y polea, la carga pesada cayera sobre él, ocasionando que estuviera al borde de la muerte, y lo más importante: ya no podía producir; ya no tenía un valor para el gobierno.

¿Qué fue lo que hizo la dictadura? Vendieron al caballo “Boxer” a los humanos, los cuales terminarían por asesinarlo. ¿Por qué lo hicieron? simple: para obtener ganancia de él, ya que en la producción del molino ya no iba a ser posible.

Hay una secuencia simple y llena de impotencia, en donde el burro “Benjamín” que entendió perfectamente que los humanos se estaban llevando al caballo “Boxer” para asesinarlo, corre sin medir fuerzas ni aliento para advertirle de lo que le harán: le advierte de su terrible final. El moribundo, al entender sus rebuznos, entra en desesperación y quiere escapar de la jaula de madera con metal en la cual lo llevan cargando, pero es inútil: no podrá salir de ahí hacía la libertad; ya no tenía voluntad para manejar su vida, solamente tenía que esperar a que le quitaran la vida.

Una vida siendo un esclavo, ¿vale la pena ser vivida?, ¿hay tipos de esclavitud que vale la pena soportar para obtener cosas limitadas que le dan “sentido a nuestro sufrir”?, ¿el burro “Benjamín” hizo lo correcto al correr a contarle a su mejor amigo de su final o hubiera sido mejor que el caballo “Boxer” muriera siendo un ignorante que creyera la falsa verdad de que lo curarían? De las tres preguntas, creo que solamente una es fácil de contestar.

El burro “Benjamín” decidió no aceptar la mentira que le contó uno de los subordinados del cerdo “Napoleón”. Tras el rumor de que el dictador había vendido a uno de sus compatriotas a los humanos por tener un beneficio propio, el sirviente dijo: camaradas, esos rumores son falsos, el camarada “Napoleón” siempre buscará el bien para todos nosotros y “Boxer” será curado. Nadie creyó esas palabras, sobre todo el protagonista de este pequeño relato.

Continuando, los años pasaron hasta que lo insólito colmó la paciencia de un pueblo miserable: en la noche hubo una reunión de cerdos con alto rango en el gobierno, dentro del cual estaba, para sorpresa de nadie, el cerdo “Napoleón”; todos estaban brindando, alegres y despreocupados, sobre dos pies, hablando sobre la expansión del gobierno de los cerdos hacía nuevas granjas en la región. “Benjamín” estaba observando dicha cena y, tras un momento de lucidez, entró en duda: no sabía distinguir entre los cerdos y los humanos.

Esa misma noche, con apoyo de otros animales que habían escuchado los rumores de cerdos que estaban esclavizando a otros animales, dieron un golpe de estado: todos los animales entraron con brusquedad a la casa en donde los cerdos estaban regocijándose en su victoria y abundancia; Napoleón, como el perfecto cobarde que es, intentó llamar a su fiel jauría de perros para que atacaran por él y lo salven, pero, para fortuna de los oprimidos, éstos estaban indispuestos debido al nivel de ebriedad que tenían encima. El rostro del dictador “Napoleón” no podía crear lo que estaba presenciando: no había ningún lugar hacía donde correr y no había nadie que librara por él su batalla. Y al final sucedió lo que debió ocurrir: la dictadura cayó.

¿De nuevo tenemos un final feliz? La respuesta es no: este ciclo tiende a repetirse conforme el tiempo pasa y las mentes olvidan y no piensan lo suficiente. ¿Quién será el nuevo gobernador?, ¿cuáles serán las normas que se proclamarán válidas para que la sociedad prospere como lo fue hace años? y una gran pregunta que no debe olvidarse, ¿cómo vamos a evitar que esto vuelva a ocurrir? Además de contestar estas preguntas, hay una que es más complicada, ¿cómo haremos para no olvidar nuestro pasado, para no olvidar los errores atroces, las acciones no tomadas y las injusticias aceptadas que han hecho infelices nuestras vidas y también a nuevas generaciones desdichadas que les tocó vivir, junto con nosotros, un periodo oscuro?. El mayor problema inicia aquí: ¿somos capaces de recordar lo suficiente los errores del pasado y tenerlo vigente en el presente? Eso es imposible: hay libros que enlistan, palabra por palabra, todo nuestro pasado; y aún así, conociéndolo, la historia se repite otra vez, demostrando que no aprendemos de los errores, o, dicho de una perspectiva diferente, no queremos o no tenemos la capacidad para recordarlo.

¿Recuerdan la educación? Soy alguien ignorante en este tipo de temas; me gusta hacer preguntas y es interesante pensar en potenciales ideas que enriquezcan las pasadas. Tal vez la educación y aumentar el valor por la misma sea algo que pueda ayudar a no olvidar el pasado, o, cuanto menos, no olvidarlo tan rápido. El otro factor, más difícil que el anterior, es el simple y llanamente “querer”, ¿qué tanto queremos aprender de los errores?, ¿es fácil?, ¿es cómodo?, ¿estamos acostumbrados a querer aprender y pensar?. Nuevas preguntas; fáciles para contestar en la teoría y difíciles de contestar en la práctica.

Gracias por tener el tiempo de leerme.
Que descansen.





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