En el pequeño pueblo de San Jacinto, donde el calor pegajoso hace que los sueños se derritan antes de llegar al alba, vivía mi amigo el monstruo. Nadie sabía de su existencia, salvo yo y, quizás, el perro tuerto de la plaza, que a veces le ladraba a la nada con furia de profeta.
El monstruo no era como los de los cuentos de miedo. No tenía garras afiladas ni colmillos de marfil. Era más bien un amasijo de sombras y recuerdos, una silueta que cambiaba de forma según la luz y el ánimo de las tardes. Lo conocí una noche de tormenta, cuando la lluvia caía con tal fuerza que parecía querer borrar el pueblo del mapa. Yo tenía ocho años y el corazón lleno de preguntas. Me refugié bajo el viejo puente de piedra, temblando más de miedo que de frío, y allí estaba él: encogido, mojado, con ojos tan grandes como la luna llena.
—¿Por qué lloras? —le pregunté, aunque era evidente que el que lloraba era yo.
—Porque nadie quiere ser amigo de un monstruo —me respondió con una voz que parecía hecha de viento y hojas secas.
Desde entonces, nos volvimos inseparables. Cada tarde, después de la escuela, corría al puente para contarle mis secretos y escuchar los suyos, que eran historias de otros tiempos, de amores imposibles y guerras olvidadas. Descubrí que el monstruo se alimentaba de palabras bonitas y que, cuando reía, el aire olía a mangos maduros.
A veces, lo llevaba a pasear por los callejones polvorientos del pueblo, pero tenía que hacerlo invisible, porque la gente de San Jacinto es desconfiada y supersticiosa. Bastaba con que vieran una sombra extraña para que empezaran a persignarse y a murmurar oraciones. Así que el monstruo y yo inventamos un juego: él se disfrazaba de mi sombra y yo fingía ser un niño normal.
Una tarde, mientras el sol se despedía con su habitual esplendor anaranjado, el monstruo me confesó su mayor temor: el olvido. Temía que un día yo creciera y dejara de creer en él, que mi memoria se llenara de cosas de adultos y que él se desvaneciera como un sueño mal recordado.
—Prométeme que nunca me olvidarás —me pidió, con voz temblorosa.
Le prometí, aunque en el fondo sabía que la promesa era frágil, como las alas de una mariposa. Los años pasaron y, como temía el monstruo, crecí. Fui dejando de visitar el puente, ocupado con las tareas, los amigos de carne y hueso, los primeros amores.
Pero a veces, en las noches de tormenta, cuando el viento silba entre los tejados y la lluvia golpea los cristales, siento una presencia familiar. Entonces cierro los ojos y, por un instante, vuelvo a ser el niño que tuvo por amigo a un monstruo, y sonrío, porque sé que, mientras lo recuerde, él nunca desaparecerá.
la amistad transforma y enriquece la vida de cada personaje, resaltando los valores como el apoyo, la alegría compartida, el sacrificio, el perdón y la complicidad.

¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.