Desde que tenía cinco años, mi habitación tenía un secreto. Uno que nunca le conté a mis padres, ni siquiera a mis amigos. No era un juguete mágico ni un escondite para dulces. Era un monstruo. Vivía en mi ropero, detrás de la puerta corrediza, justo entre mis camisas escolares y un abrigo viejo de mi papá.
No era un monstruo cualquiera. No tenía colmillos enormes ni ojos que brillaban en la oscuridad… Bueno, sí los tenía, pero también tenía nombre: Grubnark. Medía más de dos metros cuando se estiraba, tenía una piel como de sombra líquida y olía a libros viejos con un toque de chocolate. La primera vez que lo vi, pensé que venía a comerme. Pero en lugar de eso, me ofreció un puñado de galletas y dijo: “¿Juegas conmigo?”
Así empezó todo.
Jugábamos por las noches, cuando mamá pensaba que ya dormía. Él podía crear mundos con solo chasquear los dedos: castillos flotantes, bosques que cantaban, mares con sirenas bromistas. Me enseñó a volar, a caminar por las paredes y a hablar con las estrellas. Me reía hasta dolerme el estómago.
Pero había reglas.
—Nunca hables de mí con nadie. Y nunca me invites a salir del ropero —me advirtió una noche, con la voz grave y seria como nunca la había oído antes.
Yo obedecí. Hasta que cumplí doce años.
Ese día todo cambió.
Mi papá había perdido su trabajo y mi mamá lloraba en secreto. La casa estaba más fría, más silenciosa. Yo también me sentía vacío. Extrañamente solo. Así que una noche, tomé una decisión.
—Grubnark… ¿Quieres salir? Puedes vivir conmigo afuera. Serás mi mejor amigo. De verdad.
El monstruo me miró, sus ojos brillaban más que nunca.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Sí.
El ropero se abrió completamente por primera vez. Grubnark salió. Pero algo cambió al instante.
El suelo crujió como si no pudiera soportar su peso. Las paredes se cubrieron de una neblina oscura. Los cuadros se torcieron y la luz de la lámpara parpadeó.
—No está bien… —dije, asustado.
Grubnark parecía más grande, más salvaje. Su sombra ya no tenía forma de amigo, sino de algo… más antiguo, más hambriento.
—No debiste sacarme —gruñó—. Yo existo porque tú me necesitas. Pero aquí, en este mundo, yo necesito mucho más que galletas y juegos…
Intenté empujarlo de vuelta al ropero, pero era inútil. Lo había invitado. Lo había liberado. El monstruo rugió y la casa entera tembló.
Entonces lo recordé: Grubnark había nacido de mis miedos, de mi tristeza, de mi soledad. Era mi amigo, sí, pero también era todo lo que no podía controlar.
Corrí hacia mi escritorio y tomé mi cuaderno de dibujos. Ahí, entre páginas de crayones y tinta, había dibujado a Grubnark cientos de veces. Le hablé:
—Tú saliste de aquí… Y aquí vas a volver.
Dibujé una puerta, con sus garras, sus ojos, su olor a sombras. Lo dibujé todo. Y en cuanto terminé, el papel comenzó a temblar. Grubnark gritó, no de dolor, sino de nostalgia. Se inclinó y entró en el dibujo, como si fuera un portal.
Y desapareció.
Desde entonces, el ropero está vacío. El abrigo viejo ya no huele a chocolate. Pero a veces, cuando me siento solo, abro el cuaderno. Y ahí está Grubnark, sonriéndome desde la página, esperando… paciente, oscuro y leal.
Mi amigo. Mi monstruo. Mi sombra hecha carne.
Pero esta vez, yo tengo las reglas.


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