Crítica de "F1: La Película": Pasión y fama 

Top Gun: Maverick (2022) fue, sin duda, la mejor película de su año. La dirigió Joseph Kosinski, quien tiene en su filmografía títulos como Tron: Legacy, Oblivion y ahora F1.

En su mejor película hasta ahora, Tom Cruise regresa para luchar contra la extinción de su especie: ese tipo de persona que cree en el valor único del ser humano por encima de cualquier tecnología. Un hombre de otra época, que representa la lucha de lo orgánico frente a lo artificial. Maverick fue un blockbuster genial, con espectaculares escenas de acción aérea y momentos en tierra llenos de humor, donde la química entre el personaje de Cruise y los jóvenes pilotos refuerza el desarrollo de la tesis que queda expuesta en el tercer acto: una relación padre-hijo como eje emocional.

En F1 ocurre algo similar. Es como su primo hermano. Brad Pitt interpreta a un piloto de autos fracasado que vive en una casa rodante, luego de que un accidente —causado por su irresponsabilidad— arruinara su carrera. Las apuestas y su actitud le valieron el título de perdedor. Sin embargo, este hombre no ha dejado de competir. Su pasión por los autos lo ha mantenido en pie, e incluso le ha permitido disfrutar la vida.

Un día, un viejo amigo, dueño de un equipo de Fórmula 1 en crisis, le ofrece un puesto. Así comienza una película que alterna entre dos tipos de escenas: por un lado, la acción de las carreras, impecablemente filmada, cada una con un estilo propio; por otro, las interacciones de Sonny (Pitt) con el equipo, especialmente con la nueva promesa de la Fórmula 1, cuya carrera —al igual que el equipo— pende de un hilo.

Este vaquero moderno, un tipo al que el mundo le dio la espalda, decide enfrentar esta nueva oportunidad de una manera distinta. No lo hace por dinero: lo mueve la pasión. Desconfía de las computadoras y de los datos, y cree firmemente en lo analógico, en lo humano, en lo esencial.

El conflicto central es el duelo de egos entre el veterano y el joven. Ninguno ha ganado una carrera. Uno está dispuesto a obedecer órdenes y pedir permiso para adelantar a su compañero, mientras que el otro se niega rotundamente a ceder el paso. Nos adentramos en la mente y el corazón de ambos, y su relación —dentro y fuera de la pista— recuerda el vínculo central de Top Gun: Maverick.

Más allá de la química, está la “viveza criolla” como respuesta a la precisión de los otros autos. Pitt juega al límite del reglamento, explotando las zonas grises en favor de su equipo.

“Arruina tu carrera, desperdicia tu talento, pero no le falles al equipo”, le dice Sonny a Joshua, quien intenta salvar su reputación. El duelo de egos se disuelve cuando los personajes secundarios finalmente se alinean con un objetivo común y una estrategia compartida: el plan C, caos y combate. Ir, ganar o morir en el intento. Sonny está dispuesto a hacer el trabajo sucio por el equipo.

Tras una partida de póker, todo queda claro: acepta su rol, su momento, y decide dejar atrás la revancha personal para jugar en equipo. Es más maduro que su compañero, absorbido por la superficialidad de las redes y el ruido de internet. “Tú solo maneja”, le dice.

“Si lo último que hago es conducir ese auto, elegiré esa vida mil veces”, declara Sonny. En contraste, Joshua está en las carreras solo por el dinero. La carrera final es todo lo que esperamos: se cierran los arcos, se completa el rompecabezas y obtenemos el final que merecemos. En algún momento creí estar viendo el plano final de la cinta, pero hay un pequeño epílogo que encaja perfectamente con este zorro viejo apasionado por los autos. Un hombre en peligro de extinción que, con suerte, logró transmitir algunos valores clásicos a una joven promesa del deporte.

Los fans de la Fórmula 1 estarán contentos. Los fans del buen cine de acción, aún más.

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