Cuando vi Al diablo con el diablo por primera vez era adolescente. Me reí mucho. Me parecía una comedia simple, con situaciones exageradas y una villana (el diablo en versión femenina) que jugaba con un tipo desesperado por conseguir el amor. Era divertida, sí, pero no la entendí. Solo veía a Brendan Fraser haciendo de nerd y a Elizabeth Hurley luciendo impecable mientras lo manipulaba con deseos retorcidos. Nada más.
Con los años, volví a verla casi por casualidad. Y ahí entendí todo.
Al diablo con el diablo no es solo una comedia absurda sobre pactos con el diablo. Es una sátira muy inteligente sobre lo que creemos que queremos, y lo poco que nos conocemos a nosotros mismos cuando deseamos cosas desde la inseguridad o la desesperación.
Elliot (el protagonista) es un tipo con baja autoestima, que está convencido de que cambiar su personalidad, su cuerpo, su vida entera, le va a dar el amor que tanto anhela. Y el Diablo (Elizabeth Hurley) le ofrece todo eso… con trampa. Cada uno de los deseos que pide se le vuelve en contra. Pide ser rico y poderoso… pero termina siendo un narco colombiano perseguido. Quiere ser un gran amante… pero no lo dejan tocar. Desea ser inteligente, famoso, sensible… y siempre hay algo que lo arruina.
¿La lección? Que desear sin saber quién sos te lleva al desastre. Que no se trata de tener lo que imaginamos, sino de aceptar lo que realmente necesitamos.
Ver esta película de grande me hizo dar cuenta de cuántas veces pedí “deseos” parecidos. Cuántas veces creí que si cambiaba algo en mí —mi cuerpo, mi forma de ser, mis gustos, mi energía— podía gustarle más a alguien. Cuántas veces pensé que el problema era yo, cuando en realidad, lo que me faltaba era autoestima.
La película juega con la idea de que podemos transformar todo si tenemos la oportunidad. Pero también te muestra que, si esa transformación no viene desde un lugar auténtico, todo se derrumba. Porque lo externo no soluciona lo interno. Elliot pide ser amado, pero no se ama a sí mismo. Quiere ser deseado, pero no se desea ni se respeta. Y eso, hoy lo entiendo de una manera completamente distinta a cuando era chica.
El final de la película, lejos de ser grandilocuente, es hermoso: Elliot no consigue a la mujer que quería… pero consigue algo mucho más valioso: se encuentra a sí mismo. Aprende a valorarse, a hablar con sinceridad, a rodearse de personas reales. Y cuando deja de actuar, de fingir, de pedir cosas que no necesita… entonces aparece el amor, inesperadamente.
Hoy veo Al diablo con el diablo como una comedia espiritual disfrazada. Un espejo amable que me recuerda que no hay deseo más poderoso que el de conocerse y aceptarse. Que no hay magia más fuerte que ser uno mismo. Y que a veces, el diablo no está afuera… está en esa vocecita interna que nos convence de que no somos suficientes.
Pero también aprendí que siempre podemos callar esa voz. Y empezar a desear mejor.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.