COMO LA HISTORIA SIN FIN ME SALVÓ DE LA NADA....  

Cuando tenía 8 años, estaba muy triste por problemas en casa y una familia disfuncional. Mis tíos me llevaron al cine a ver La Historia Sin Fin. A pesar de no creer en mundos maravillosos de dragones y princesas salvadas por príncipes valientes. La historia de Bastián me cautivó, El era un niño solitario que enfrentaba acoso escolar sentía tristeza por la muerte de su madre, y tenía un padre ausente. Su soledad, tan diferente a la mía, pero igual de profunda, me ofrecía un tipo de consuelo.

Aunque yo no tenía el hábito de leer el filme me engancho con su trama, un niño retraído y amante de la lectura, descubre un viejo libro misterioso titulado “La Historia Sin Fin”, y al abrirlo, se sumerge en un universo mágico llamado Fantasía al borde de la desaparición por culpa de La Nada, una fuerza oscura que devora todo a su paso.

La nada en mi infancia era ver cómo se desvanecía todo en casa tras la separación de mis padres, como la tristeza se apoderaba de mi en esos momentos, trayendo problemas, enojos y a veces llanto. Este era el duro contraste de La Nada invadiendo mi realidad.

La historia se convirtió en un escondite, un refugio para olvidar por unas horas lo que vivía, adentrarme en su argumento que aborda la épica aventura de Atreyu, un joven guerrero encargado de encontrar la cura para la Emperatriz Infantil, única esperanza para salvar a Fantasía. No me identificaba con la monarca de aquel mágico lugar, ni con Atreyu, porque en ese entonces era todo menos guerrera ni valiente. Sin embargo, me sentía más como Bastián, leyendo feliz el libro y sintiendo que, por unos momentos, siendo Atreyu montando a Fálkor podría vivir esas aventuras y, sobre todo, ayudar a salvar a fantasía de La Nada.

Con el paso de los años, La Historia sin fin nunca dejó de ser mi escondite, pero lo que antes fue una simple evasión, con el tiempo se transformó en una profunda comprensión. Al crecer y revisitar fantasía una y otra vez, comencé a entender que La Nada, no sólo era un vacío oscuro en la pantalla, ni únicamente los problemas tangibles que desgarraban mi hogar infantil. Simbolizaba algo más insidioso y universal: Ese vació existencial en el que una persona o una cultura entera se vuelve apática, cínica, pierde la imaginación, y la esperanza, que pueden consumir la esencia de la vida.

Comprendí que, representaba esta indiferencia, que nos hace olvidar la magia de crear, soñar, creer en lo intangible. Es la rendición espiritual interna, cuando ya nada tiene significado en nuestra vida, la desilusión apaga nuestro corazón y la fe en nuestro propósito se desvanece.

La Nada trasciende ese vació, convirtiéndose en una fuerza activa que representa diversas corrientes negativas de la existencia humana y la sociedad. Este mensaje ha traspasado los limites de la pantalla y el tiempo, resonando con particular fuerza en una sociedad actual, que prioriza el éxito o el consumo, por encima de la realización personal y comunitaria. La constante necesidad de reemplazar lo que tenemos por un ciclo insostenible que nos distrae de los valores más profundos, de la conexión con el mundo real, poniendo en riesgo perder nuestro vínculo con la naturaleza, con nuestras comunidades y con nosotros mismos.

Así se crea un vació interior que la Nada desea llenar. Comprendí que la Nada no es una influencia maligna externa, sino el reflejo de la indiferencia que tenemos como sociedad. Fomenta una comunidad cínica, desesperanzada y sin ilusiones que es dócil y fácil de manipular, por poderes que buscan el control.

La Historia Sin Fin no habla de un reino perdido, sino de un reino que habitan en nuestro corazón. Nos invita a preguntarnos qué hacemos para mantener viva la luz de la creatividad, del soñar, de la esperanza, de creer en Dios, en nosotros mismos, para que La Nada no devore todo.

Por eso Atreyu al enfrentarse con La nada, a pesar de ser el niño elegido siente una tristeza profunda cuando muere su caballo Ártax. No se rindió siguió manteniendo su esperanza a pesar de todo. Sin embargo, libró una lucha interna contra la desesperación, que lo amenazaba en convertirlo en La Nada misma, haciéndole perder su identidad como guerrero y su voluntad de luchar. A pesar de su valentía, combatía contra la idea de sentirse insignificante frente a sus esfuerzos por marcar la diferencia contra una fuerza tan destructiva.

El papel de Bastián en fantasía era un viaje de autodescubrimiento, el quería salvar ese mundo, pero al hacerlo, se salvó a si mismo de su propia soledad y desesperación por su propia vida. Esta revelación me ayudo, en la adultez, a buscar mi propio camino de autodescubrimiento y transformación.

El rol que considero más importante en la cinta fue Fálkor que siempre estaba para apoyar y salvar en los momentos mas difíciles: Cuando salvó a Atreyu del pantano de la tristeza, cuando estaba herido, triste o desanimado lo carga y lo lleva a siguiente destino y misión.

Fálkor simboliza la resiliencia, la idea que, a pesar de las circunstancias más sombrías, siempre hay una posibilidad una puerta que se abre.

Hoy, miro mi vida y entiendo que La Historia Sin Fin, fue mi primer acercamiento a la espiritualidad, a creer en lo intangible. A través de ella comencé a sanar mi infancia y emociones, hasta convertirme en terapeuta; lo holístico es lo que me ha sacado adelante, lo único que me permite a pesar de haber enfrentado enfermedades y cirugías, no perder la fe, ni la capacidad de soñar, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y a no caer en el consumismo, ni en la “realidad que nos venden a través de las redes sociales. Aunque sí las consumo, sigo teniendo la capacidad de investigar, de cuestionar y no dar por hecho que todo lo que veo en ellas es real.

La Historia Sin Fin, es para mí, mucho más que una producción cinematográfica. Es un recordatorio de que La Nada siempre acechará, pero siempre en nuestro corazón habitará esa luz, esa capacidad de soñar, crear, de creer y de resistir. Es una invitación constante para nombrar nuestra propia Fantasía y a defenderla con cada acto de imaginación, de esperanza y de fe, para que esa luz, nunca se extinga.

Gracias por acompañarme en este viaje de recuerdos y emociones.

Ana Chávez

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