Cuando era niña, pensaba que mi tía era invencible. No porque pudiera cargar cosas pesadas ni porque gritara más fuerte que nadie en los días de mercado —aunque también podía— sino porque parecía no necesitar del mundo para vivir. Ella no dependía de la lógica, del orden, ni siquiera del tiempo. Se movía como si supiera algo que los demás no. Algo antiguo. Algo eterno. Algo que no se podía decir en voz alta.
Yo tenía cinco años cuando empecé a notar que ella hablaba con las plantas como si fueran personas. Las tocaba, las limpiaba, les preguntaba cómo habían dormido. Había un girasol en su jardín que crecía siempre más alto que los demás. Decía que ese era mi protector. Que cuando tuviera miedo, solo tenía que ir hasta él, abrazarlo y esperar. Esperar a que el sol volviera, aunque no brillara por fuera.
A los cinco años, uno cree que todo eso es magia. A los once, ya duda. A los diecisiete, uno se burla.
Pero fue a los veintidós, justo cuando la vida me empujó a romperme, que entendí lo que realmente decía. La tía nunca hablaba literal. Era un idioma secreto que solo se podía traducir con el corazón… cuando te lo rompen.
Ese año volví a verla. Habían pasado años sin ir a su casa del campo. Yo creía que sería un lugar ruinoso, abandonado. Pero estaba idéntico. El aire olía a eucalipto y barro mojado. Las paredes seguían con esos colores que ya no existen en la ciudad: terracota triste, azul gastado, amarillo viejo. Y ella, claro, seguía igual. Ni más vieja ni más joven. Con esa mirada que da la impresión de que ya vio el final de todo y decidió seguir sonriendo.
—Has vuelto —dijo, como si acabara de irme la semana pasada.
—Estoy cansada —le respondí, sin entender por qué las lágrimas empezaban a salirme solas.
—Entonces ya es hora —susurró—. Vamos a ver al girasol.
No era un girasol. Ya no. Era un tallo seco, encorvado. Pero seguía en el mismo lugar. Con esa dignidad extraña de las cosas que alguna vez fueron hermosas.
—¿Y ahora qué hago? —pregunté, sintiéndome más perdida que nunca.
—Hablarle —dijo ella—. A veces uno tiene que hablarle a lo que ya no está, para entender lo que sigue.
Esa noche, la casa crujió con los vientos del pasado. Dormí en la misma cama donde alguna vez creí que había monstruos debajo. Pero ahora sabía que no había monstruos ahí. Solo memorias escondidas. Y al cerrar los ojos, todo cambió.
Soñé.
Y en el sueño, era niña otra vez, pero no en este mundo. Era un lugar extraño, donde los árboles caminaban y el río hablaba con voz de madre. Donde las casas se transformaban de noche y el aire tenía perfume de sopa caliente. En ese lugar, mi tía era una especie de bruja buena. Una guía de almas extraviadas. Curaba heridas que no se veían. Convertía el dolor en pájaros. El miedo, en risa. Y el olvido, en semillas.
Pasamos por túneles de recuerdos, puentes que solo se sostenían si creías en ellos, y criaturas que me hacían preguntas imposibles:
“¿Cuál fue la última vez que lloraste por amor?”
“¿A quién le debes un abrazo?”
“¿En qué momento decidiste callarte para no perder a alguien?”
Cada vez que no sabía qué decir, mi tía me tocaba el hombro.
—No es necesario responder ahora —decía—. Pero prométeme que no vas a seguir huyendo de ti misma.
Cuando desperté, ya era de día. Y por primera vez en mucho tiempo, no me dolía el cuerpo. Ni el alma. Sentí una paz que no venía del descanso, sino de haber tocado algo que estaba enterrado dentro de mí. Como si finalmente hubiera recordado mi nombre completo, ese que no se dice con letras, sino con acciones, con ternura, con valentía.
—¿Soñaste? —preguntó la tía, mientras colaba un té de flores.
—Sí —dije—. Fue raro. Hermoso.
—Entonces ya puedes irte —dijo, sin mirarme.
—¿Qué? ¿Tan rápido?
—La vida te está esperando. Pero ya no te va a doler como antes. Porque ya no estás caminando sola.
Me fui esa tarde. El girasol seguía ahí, seco, triste. Pero esta vez me incliné y le susurré algo. No recuerdo qué fue. Solo sé que me sonrió el viento.
Y desde entonces, cuando me siento perdida, no busco respuestas afuera. Solo cierro los ojos y pienso en mi tía, en ese mundo donde las cosas tienen alma y el tiempo no es una línea, sino un espiral.
Y me digo: Hay cosas que solo se entienden al crecer. O al romperse. O al recordar quién fuiste antes de olvidar quién eras.


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