El Último Día de Tu Destino Final 

El Último Día de Tu Destino Final. Era el último domingo de julio de 2025, y para Antonio, el tiempo estaba como parado. Pero no solo el tiempo; ese día, de pana, era como el supuesto último día de su destino final. Se arrastró por la habitación media oscura, cada paso un suplicio por esa pierna jodida, un recordatorio constante de la enfermedad que lo estaba comiendo vivo. El aire estaba pesado, como cargado de angustia, más denso que el mismísimo ambiente. Se dejó caer en el colchón, soltando un suspiro agotado por esos labios secos. Ya no era solo un cansancio físico; era como si el alma se le estuviera rindiendo. "Hoy", pensó, con una voz interna que apenas era un murmullo, "me topé con el monstruo que muchas veces se lleva la partida contra el mal. Y le abrí la puerta de mi vida, pana." Sus ojos, hinchados y rojos, se perdían en un punto cualquiera de la pared. Las cargas ya eran demasiado. Había probado todo, todas las esperanzas se le habían esfumado. La pelea había sido larga y brutal, una guerra callada contra un enemigo invisible que se hacía notar en cada dolor, en cada debilidad. "Bueno," se dijo, con una resignación amarga, "¿qué me estará ofreciendo este monstruo pa’ resolver mi vida?" De repente, una voz fría como el hielo, pero a la vez como seductora, sonó en su cabeza, no con palabras que se escucharan, sino con una certeza que le calaba hasta los huesos. Como si saliera de la nada, del mismo aire, envolviéndolo. *“Desde los sueños… lo único que te va a quitar ese peso es… quitándote la vida. Y ya. Se acabaron los peos.”* Antonio cerró los ojos. Una lágrima solitaria se le escapó por la mejilla. No era de tristeza, sino de una paz rara, como perturbadora, esa calma fría que llega antes de la tormenta, la tranquilidad de entregarse por completo. La idea era sencilla, definitiva, como un alivio pa’l tormento. Se sintió convencido. La misión se le grabó a fuego en la mente agotada. Se levantó con una determinación medio macabra, cada movimiento, a pesar del dolor, empujado por ese nuevo propósito oscuro. El teléfono, ahí tirado en la mesita de noche, fue lo siguiente que agarró. Lo tomó, el metal frío contra su mano sudada, y abrió la app de notas. Sus dedos estaban listos pa’ escribir su despedida, su explicación. "Agarré el teléfono pa’ escribir una nota del porqué estaba haciendo esto." Pero justo cuando iba a darle al teclado, su mirada se fue pa’l lado. En la pared, donde siempre había una mancha de humedad sin forma, ahora, de la nada, se veían unas letras. Era sutil, casi como un truco de la mente, pero clarito. *“EL TIEMPO DE DIOS ES PERFECTO.”* Se quedó frío. La certeza de su misión se resquebrajó, y en su lugar vino una mezcla de confusión y arrechera. ¿Esa vaina era una burla? ¿Una última tortura antes del final? "En ese momento," pensó, "por mi cabeza pasaron un montón de señales… de que yo soy inteligente, ¿por qué carajo insisto en tomar una solución tan absurda?" Su mente racional, su "yo" de antes, peleaba contra la oscuridad que lo había invadido. "Pero yo me pasé todo este año fajado con Él," el Dios del tiempo perfecto, "porque no entendía cómo mi salud se iba pa’l carajo y todo salía mal." Dejó el teléfono y salió a la calle, sin rumbo fijo, con las piernas temblorosas. Se sentó en el borde de una acera cualquiera. El sol de la tarde le pegaba de frente, dejando ver lo pálido que estaba y lo agotado que se veía. Sin comer nada en todo el día, solo quería que el día se acabara, que la promesa de la mañana se cumpliera. El teléfono, que había guardado, vibró en su bolsillo. Una notificación. De una red social, de todas las vainas. La abrió sin esperar nada. La pantalla se iluminó con una imagen genérica y un texto simple: *“Contá tu historia de vida y eso te va a salvar de tus peos.”* Se quedó mirando, con la frase retumbándole en la cabeza. "¿Quién se va a tomar el tiempo pa’ leer esta vaina?", pensó con una sonrisita irónica. Y entonces, la voz. No en su cabeza, sino al lado, tan cerca que sintió el aliento frío. *“Ay, pana, llegó la hora.”* Antonio giró la cabeza rápido pa’l lado derecho, pero no había nada. Sin embargo, la presencia era pesada, como una presión helada. El aire a su alrededor como que se movió. Un escalofrío le recorrió la espalda. Vio la maldad. La pura, infinita maldad de esa vaina que lo estaba tentando. Comprendió. No era su decisión. Era parte de un plan. Él era solo una pieza en un engranaje. "Comprendí que ese bicho era parte del plan final de mis días," admitió, con un terror que le congelaba la sangre. "Pero las señales… me decían que había una chance." No pa’ vivir pa’ siempre, sino pa’ *ganar tiempo*. Pa’ salvar su salud, pa’ aferrarse a esa pierna que perdía día a día. Con las manos temblando, pero con una determinación nueva y arrecha, sacó el teléfono otra vez. Esta vez, las palabras que escribió no eran de despedida, sino de pelearla. Ya en la oscuridad de su cuarto, bajo la luz fantasmagórica de la luna, terminó de escribir. El aire seguía pesado, pero había una nueva vibra. "Escribí estas líneas donde le dije en la cara al mal: ‘Hoy no vas a ganar, pana. Sé que vas a estar ahí siempre, pero yo voy a decidir no aceptar ni mierda tuya. Tengo 50 años de vida y voy a hacer lo que pueda pa’ vivir más y ver a mi hijo menor graduarse’." Miró su pierna, luego la pantalla del teléfono. El alivio de haberle hecho caso al instinto de sobrevivir se mezcló con el escalofrío de saber que el "monstruo" seguía ahí, paciente, acechando. "La vida nos da duro, pero nadie nos dice que vivimos rodeados del mal y del bien, y que tus decisiones en el tiempo van a determinar tu castigo aquí en la Tierra. Aprendan a ganarle a sus miedos y a hablar con ellos sin nada que perder…" En ese momento, la puerta del cuarto, que Antonio juraba que había cerrado, se movió despacito y se cerró con un crujido medio tétrico, sin que nadie la tocara. Un dolor agudo, peor que antes, le pegó en la pierna. Apretó los dientes, mirando al oscuro vacío del cuarto. La voz, ahora un susurro helado, casi como burlándose, sonó en la oscuridad. *“Ganaste esta batalla, Antonio. Pero el juego apenas comienza. Y cada día… es el último día de tu destino final.

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