Eran las 10:34 de la mañana. Yo estaba en pantuflas, comiendo cereal frente al ventilador, cuando el noticiero interrumpió con una voz alarmante:
—“Última hora: dinosaurios han aparecido misteriosamente en todo el planeta. ¡Repito, dinosaurios reales están entre nosotros!”
Pensé que era una broma, como el Día de los Inocentes, pero luego sentí un temblor. Y no, no era el WiFi cayéndose. Era un T-Rex... ¡en el parque del barrio!
Corrí a la ventana y vi al dinosaurio oliendo un carrito de empanadas. El vendedor, Don Lucho, gritaba: —“¡Cómaselas, pero págueme primero, monstruo!”
El T-Rex le lanzó un rugido tan fuerte que las empanadas salieron volando. Una cayó justo en mi ventana. Yo, por reflejo, la agarré. Y sí... aún caliente.
Entonces decidí lo que cualquiera con dos dedos de frente haría: me tomé una selfie con el dinosaurio de fondo. El T-Rex me miró. Yo le sonreí nerviosa. Él soltó un eructo que hizo temblar la antena del vecino.
Definitivamente desayunó algo pesado.
Luego salí corriendo al colegio (sí, aunque había dinosaurios, igual había clases, típico del sistema educativo). En el camino, un triceratops me bloqueó la vía y le estaba lamiendo la mochila a un niño. El pobre lloraba: —“¡Profe, el dinosaurio se comió mi tarea!”
Y no le creyeron.
Al llegar, la profesora nos dio una charla: —“Chicos, recuerden no gritar ni correr si ven un dinosaurio. Solo... ignórenlo. Como cuando alguien habla de política en la cena.”
El día continuó como si nada. Algunos dinosaurios empezaron a hacer parte de la comunidad. Uno fue contratado como guarda de tránsito (nadie se pasa en rojo cuando un velociraptor te mira fijamente), y otro se volvió influencer.
@RexFit subía rutinas de ejercicio con el hashtag #PiernasFuertesYColaLarga.
Ya en casa, me pregunté: “¿Y si se quedan para siempre?”
Pero justo en la noche, todos los dinosaurios desaparecieron... puf, como si nunca hubieran estado.
Mi mamá no me creyó nada, claro.
—“Deja de ver tantas películas, Laura.”
Pero yo aún tengo la selfie... y la empanada mordida como prueba.
Pasaron tres días desde que los dinosaurios desaparecieron. Tres. Largos. Días.
La selfie con el T-Rex todavía era lo más visto de mi Instagram, y sí, hasta me invitaron a hablar en la emisora del colegio (aunque nadie me creyó y me cortaron en vivo para poner una canción de Karol G).
Pero entonces, un domingo en la tarde, mientras barría el patio con flojera nivel leyenda, algo llamó mi atención.
Ahí estaba.
Un huevo gigante, color turquesa, con manchitas lilas brillando bajo el sol.
Primero pensé que era una broma de mis hermanos. Luego lo toqué... ¡y se movió!
Retrocedí tan rápido que casi me caigo encima del balde.
—“¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!” —grité como si me estuvieran robando la bicicleta.
Mi mamá salió con la chancla en la mano. Siempre lista para atacar.
—“¿Qué hiciste ahora, Laura?” —“¡Hay un huevo gigante en el patio! ¡Se está moviendo!”
—“¿Un qué?”
—“¡Un huevo, mamá! ¡De dinosaurio! ¡Te lo juro por lo que más quieras!”
Ella me miró en silencio… luego suspiró y se fue a ver la novela. Ni se inmutó.
—“Ya te dije que no veas más Netflix en la noche. Te pone así, toda rara.”
Yo me quedé sola con el huevo. Literal.
Decidí esconderlo en mi armario, justo donde antes guardaba mi colección de peluches de la infancia.
Le puse una manta encima y me dormí con un ojo abierto y el otro soñando con memes de dinosaurios.
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Lunes: el nacimiento
A las 3:47 a.m., me despertó un crack.
Abrí los ojos y vi una pequeña garra saliendo del cascarón. Otra. Luego otra.
Me tapé con las cobijas. Pero no podía dejar de mirar.
¡Un pequeño dinosaurio bebé salió del huevo!
Tenía los ojos enormes, verdes, brillantes. Me miró y... ¡me sonrió! Bueno, creo que fue una sonrisa. O un intento de rugido tierno.
Era como una mezcla entre un perrito y un dragón.
Lo llamé Tito. Porque... no sé, me pareció nombre de dinosaurio buena gente.
Tito se subió a mi cama. Se acurrucó en mi pierna. Y se quedó dormido.
Y yo también.
Con un dinosaurio bebé. En mi cama.
Como si eso fuera normal.
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Martes: la travesura
Tito creció. Mucho. Y muy rápido.
Al día siguiente ya era del tamaño de un perro grande.
Y tenía más energía que un niño después de tres chocolatinas.
Trató de meterse en la ducha conmigo. Rompió dos platos. Persiguió al gato del vecino.
Y se comió mi tarea. Literal.
—“¡Tito, no! ¡Eso era para entregar hoy!”
En el colegio tuve que decir la verdad. Bueno


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