El tiempo no se detiene, pero el amor sí. 

Vi cuestión de tiempo, y debo admitir que no se sintió como ver una película, fue una bofetada de agua fría y salada con sabor a pan tostado.

Fue un recordatorio de que el amor, cuando se vive bien, no grita, no promete, no hace gran espectáculo, no es escandaloso. Solo se queda. Y eso ya es demasiado.

Richard Curtis nos ofrece una magistral interpretación de el amor, en todas sus versiones crudas, realistas, empáticas, difíciles.

Nos lleva a un increíble viaje entre cada una de ellas representada de la forma más cruda, sincera y emocional.

Tim posee una maravillosa habilidad, viajar en el tiempo. Podía arreglar errores, reintentar besos, tener tres primeras veces, rehacer conversaciones. Y aún así, lo más brutal de toda la historia, es que entendió (antes que muchos) que no existe viaje más jodidamente hermoso ques vida misma. El quedarse con alguien que te hace querer de todo, menos querer escapar.

Charlotte era el amor imposible. El sueño inalcanzable perfecto, la fantasía. El fuego que no calienta, pero quema. Lo tubo cerca, tan cerca que llegó a parecer real, posible. Pero ella solo era un instante, un eterno “quizás”, un “tal vez”, una promesa rota. Una lección dura, cruda, realista. Y cuando volvió para ofrecerse ya no importaba

Porque uno crece, y entiende que hay amores que no se viven, existen solo para imaginarse, y lo imaginario, aún que sea intenso, jamás sostiene.

Por otro lado, Mery fue la mujer que no gritó anunciando su llegada. Fue calma, paz, estabilidad. Y ena calma también hay vértigo. Tim la eligió porque a veces amar no es perder la cabeza, sino encontrar el cuerpo, el calor al que uno quiere volver cada noche sin necesidad de rehacer el día.

Pero el amor más crudo no fue el de pareja. Fue el tipo de amor que no pide nada a cambio, que es aceptación pura, incondicional, ese que se da aún que te cueste todo. El amor de familia.

Cuando su hermana cae, él debe elegir entre salvarla o conservar a su hija, que él ya ama.

Y eligió a su hija, porque el pr a veces es perder para lo deshacer. Porque cada desición carga su renuncia y lecciones no aprendidas, y eso también es amor.

Y el padre. Ay el padre! Ese hombre que sabe que la vida era un café lento, una caminata repetida, un libro leído por milésima vez. Se fue. Con cáncer. Cómo se van los grandes: en silencio.

Dejó un hueco, pero con el sabiduría y una guía.

Amar es vivir dos veces el mismo día, y aún así agradecerlo.

Y yo me pregunto, si sabré amar así. Si sabría elegir el amor que no duele aunque duela. Si tendré el coraje de elegir dejar ir lo que no es para mí aunque lo desee con todas mis fuerzas. Si tendré la sabiduría de reconocer que la vida no nos da lo que queremos, si no lo que necesitamos.

Si entenderé que no todo lo que arde es calor de hogar. Que a veces el amor se parece más a un desayuno silencioso que a una carga que lo grita. Que el tiempo no se detiene, pero el amor sí.

Y que cuando se queda, lo hace sin hacer alboroto. Solo respira contigo. Solo está.

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