El mundo de Karú 

Karú, biotecnóloga del centro de observación, abre la ventana de su apartamento, piso 30. Desde allí observa como un Braquiosuario cruza lentamente el río, mientras un dron zumba tras sus pasos monitoreando la seguridad del complejo residencial y al mismo tiempo chequeando la salud del gigante de cuello largo. La joven cierra la ventana y se toma un sorbo de café, mientras se prepara para ir al trabajo.

El mundo de hoy es un mundo compartido entre la tecnología y los titanes que nunca desaparecieron. Como la tierra es libre no existen fronteras, y por lo tanto tampoco existen países, sino megaciudades, a lo largo y ancho de la tierra se perciben grandes murallas que circundan las metrópolis —con sus zonas urbanas; y no urbanas dedicadas al cultivo— que los humanos han creado y desarrollado con su ingenio, para protegerse de las manadas de dinosaurios y otros mamíferos salvajes que viven en libertad.

El transporte terrestre está limitado a las actividades de protección y seguridad, y a los consorcios que explotan los recursos mineros y naturales. Los humanos se desplazan por túneles o aviones para trasladarse a otra ciudad, mientras los dinosaurios y los grandes mamíferos dominan la superficie. Algunas veces los humanos se aventuran a las zonas prohibidas y entonces ocurren situaciones de riesgos para sus vidas. En otras ocasiones humanos y dinosaurios salen a pasear en un día domingo.

Dentro de las grandes murallas se nota una arquitectura reforzada para soportar lo temblores provocados al paso de las grandes manadas de gigantes y a sus feroces peleas. También se observan zonas de convivencia, parques urbanos donde niños y adultos interactúan con dinosaurios herbívoros, mamuts, bisontes, caballos salvajes, y otros mamíferos que nunca desaparecieron. Las nuevas formas de arquitecturas: urbes verticales, imponen el paisaje urbano y en ellas las redes sociales se expanden a la velocidad de los nuevos chips de sexta generación. En estas urbes, las mega producciones cinematográficas no se enfocan en “revivir dinosaurios”, sino en como convivir con ellos; y la ciencia ficción recrea luchas titánicas entre Aliens (Xenomorfos), Predators (Jautja) y Dinosaurios.

Fuera de las murallas existen vastas regiones, con diversos ecosistemas, donde las manadas de gigantes viven y prosperan. La Amazonia —donde trabaja Karú— es una selva densa y continua, es la morada de los grandes Braquiosaurios y de depredadores como los Abelisuarios. La cuenca del Congo —de clima tropical y extensas sabanas— son el hogar ideal para Sauropodos y el carnivoro Carcharodontosdaurio, en convivencia con leones, ñues, cebras, antílopes, hienas, cocodrilos. La Patagonia (hoy Argentina y Chile) es la cuna de los Giganotosaurios, los reyes del sur de América.

La zona mas segura para los seres humanos es la Europa occidental, altamente urbanizada; el medio oriente desértico, con temperaturas extremas y escasez de vegetación lo cual sería una barrera natural para los dinosaurios y los grandes mamíferos; el Ártico con su frio glacial funciona como una barrera para estos mega gigantes, sin embargo, los científicos han detectado que una especie se ha adaptado al hielo y al sabor de la carne de los osos polares y los leones marinos, evolucionando en un Tiranosaurio polar.

Este mundo no está libre de conflictos ecológicos. Por una parte, está el impacto de las actividades humanas como la minería y explotación de los recursos naturales en la vida de los dinosaurios y los grandes mamíferos: debates éticos globales inundan las redes sociales y los protocolos de emergencia están dirigidos por sistemas automatizados de drones que redirigen el avance y migraciones de las grandes manadas, así como la protección y cuidado de esta megafauna.

Por otra parte, los bisontes, búfalos y mamut, por ser herbívoros de gran tamaño, compiten por los grandes pastizales y espacio con los Triceratops. Las manadas de caballos salvajes proliferan en zonas aledañas donde pastan los dinosaurios, evitando sus rutas de migración. Y en regiones como las vastas llanuras norteamericanas los bisontes y dinosaurios herbívoros pastan juntos como si fueran cebras y ñues, a la vez que también se enfrentan por territorio.

Los grandes mamíferos evolucionan adquiriendo habilidades y destrezas por el solo hecho de convivir con los dinosaurios. Los bisontes son más agiles con capacidad de esquivar a los depredadores jurásicos; los caballos salvajes tienen un sentido y un olfato más agudo; y los búfalos presentan un desarrollo fenotípico más defensivo, con capacidad holística para formar alianzas con otras especies.

Algunas etnias antiguas subsisten como guardianes del equilibrio de los ecosistemas, rituales de hombres y mujeres que, como pastores del tiempo, median entre lo antiguo y lo moderno, entre las megas bestias y los humanos modernos. Los San del Kalahari, Los Tiahuanocos y Los Lakota, integran su cosmovisión en este mundo compartido; y subsisten gracias a su espiritualidad y su flexibilidad con el resto de las especies, pues ellos no buscan el dominio sino integrase y reinventarse.

La tierra aun respira aire puro. Es mediodía y un Braquiosaurio sacude la tierra con sus pasos como si fueran tambores ancestrales, luego viene el silencio, enseguida otro temblor, luego el silencio. Karú, la joven biotecnóloga, lo mira desde su torre de observación en la vastedad de la Amazonia, la cámara gira sobre la escena y en ese momento un caballo salvaje, crines de plata, interacciona con el Braquiosaurio… como si compartieran una forma de comunicarse. Los usuarios de las redes sociales en New York, Caracas y Johannesburgo, y otras ciudades, disfrutan en tiempo real de este encuentro inesperado.

Karú corta la grabación. Su pecho vibra al movimiento del sensor biosinbiótico. Su tío, un jinete de caballos salvajes, le mostró desde que era pequeña a como leer los ritmos del viento. Desde su puesto ve como los caballos salvajes galopan de forma errática y percibe que algo está cambiando su ruta. Karú descubre que hay una alteración en el aire, un susurro que proviene de las memorias profundas. En ese momento un viejo Triceratops se pone en movimiento, no hacia los suculentos pastizales, sino hacia las montañas silenciosas del sur, donde según leyendas ancestrales, los Triceratops se van a dormir los recuerdos vividos. Karú lo ve partir, apaga la cámara y recoge sus cosas. Es hora de regresar.

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