Un héroe sin luz: el experimento oscuro de Zack Snyder | El hombre de acero | Migue Calabria | Sentido Critico 

Hay una regla no escrita en el universo de los superhéroes que dice que Superman, el de verdad, el clásico, el original, no necesita estar atormentado para ser interesante. No necesita una infancia traumática tipo Bruce Wayne, ni el cinismo de Tony Stark, ni la rabia contenida de Hulk. Superman es otra cosa: es el faro en la oscuridad, el ejemplo en lo cotidiano, el héroe que, aún teniendo todos los poderes posibles -fuerza, vuelo, visión láser, invulnerabilidad, etc.- decide hacer el bien porque puede, porque debe, porque es lo correcto. Es, en esencia, la esperanza personificada. Por eso, cuando Zack Snyder decidió teñir de gris esa capa roja y darle al personaje el tono existencialista y derrotista de una tragedia griega moderna, la cosa se empezó a desmoronar. Desde el primer minuto, Man of Steel, una película que vista hoy con distancia, representa como pocas veces en la historia del cine de superhéroes el abismo entre intención autoral y comprensión del material original.

Lo más curioso y a la vez lo más doloroso para los que crecimos amando al Superman de Christopher Reeve o incluso al de los cómics clásicos, es que la cinta del 2013 no fracasa por falta de ambición, sino todo lo contrario. Es una película que se toma terriblemente en serio a sí misma, como si contar el origen de un superhéroe fuese tarea de filósofos. Snyder, conocido por su fetichismo visual y su amor por los slow motions innecesarios, apuesta todo a una solemnidad que ahoga cualquier tipo de humanidad en el relato. Su Superman, llevado a la pantalla por un Henry Cavill que hace lo que puede con lo que le dan, no sonríe, no inspira, no contagia esperanza. Camina cabizbajo, se arrastra por el mundo como si llevara un peso insoportable en los hombros. No es la capa: son las decisiones del guión.

La tragedia es doble, porque Cavill podría haber sido un gran Superman: tiene el físico, el carisma, la mirada noble pero le dieron a interpretar un personaje que parece más un castigo que un regalo. Snyder lo muestra como un tipo que sufre sus poderes en vez de celebrarlos, que siente culpa por cada acción, que no puede siquiera salvar a su propio padre de un tornado ridículamente filmado sin que eso se convierta en una metáfora de la culpa cristiana y uno de los puntos más insólitos de la película: Jonathan Kent, su padre adoptivo, le dice que tal vez debió dejar morir a un colectivo lleno de chicos para mantener su identidad en secreto. ¿Cómo pasamos del “hijo, usá tus poderes para ayudar a los demás” a “mejor que mueran todos antes que te descubran”? ¿En qué universo paralelo eso representa una buena brújula moral?

La puesta en escena acompaña esta mirada opaca: una fotografía desaturada hasta el hartazgo, con cielos permanentemente nublados, paletas de grises que no dejan entrar un rayo de luz, ni siquiera en las escenas que deberían transmitir esperanza. Todo está teñido de una melancolía impostada, que más que profundidad genera rechazo. En un intento de emular el realismo de The Dark Knight, Snyder cae en una trampa propia: confunde gravedad con profundidad. Superman no es Batman y pretender que lo sea es un error de concepto monumental.

Por si esto fuera poco, la película culmina en un tercer acto completamente desbocado, donde la destrucción de Metrópolis parece salida de un videojuego sin lógica ni consecuencias emocionales. Zod, interpretado con sobreactuación épica por Michael Shannon, es un villano que grita más de lo que piensa, que amenaza más de lo que asusta. La batalla final es tan larga y ruidosa que, en lugar de generar tensión, agota. Cuando finalmente Superman lo mata (sí, lo mata), lo que debería ser un momento límite para el personaje se resuelve con una escena sin matices ni conflicto real. ¿Qué pasó con el héroe que siempre busca otra salida? ¿Con el tipo que cree en la redención, en la justicia por sobre la venganza?

Algunos defensores de Snyder hablarán de “visión autoral”, de “reinterpretación moderna”, de “deconstrucción del mito” pero no toda reinterpretación es válida solo por el hecho de ser distinta. De hecho, cuando la reinterpretación traiciona los pilares fundamentales del personaje, lo que se consigue no es una versión nueva, sino una versión errada. A veces se puede jugar con los códigos, torcer las reglas pero con Superman, que representa ideales tan claros, hay límites que no se deben cruzar si uno quiere seguir contando una historia coherente con su esencia.

La cinta fue el inicio del universo de DC, uno que nunca terminó de cuajar. Si bien tuvo sus defensores, también dejó una sensación amarga en quienes esperaban ver al Superman de siempre, traído al presente pero fiel a su espíritu. En lugar de eso, tuvimos un alien triste que mira al horizonte con cara de “¿por qué a mí?”, como si ser el ser más poderoso del planeta fuese una condena. Lo peor es que eso contagió al resto del universo extendido: Batman deprimido, Wonder Woman sin rumbo, y una Liga de la Justicia que parece un grupo de terapia más que un equipo de héroes.

Pero entonces ¿Por qué Man of Steel representa una de esas películas de superhéroes que no funcionaron? ¿Por falta de presupuesto? No, ¿por malas actuaciones? tampoco, ¿por malos efectos? para nada. No funcionó porque no entendió al personaje; porque en vez de volar, arrastró; porque quiso hacer arte con un ícono sin respetar lo que lo convirtió en ícono y porque, aunque suene duro, hay capas que no cualquiera puede cargar.

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