De Oa a la Nada: El Día que Hollywood Apagó mi Luz Esmeralda 

Mi esposo opina que hay conceptos en los cómics que son más grandes que la vida. Son universos enteros de potencial. Para mí, ese concepto siempre fue el Green Lantern Corps. No era solo un tipo con un anillo; era una fuerza policial intergaláctica con 3600 miembros de miles de especies alienígenas. Era una saga de ciencia ficción con el alcance de Star Wars y una mitología basada en el espectro emocional. En su centro, tenía la idea más poderosa y humana de todas: que la voluntad, la simple y terca decisión de no rendirse ante el miedo, es la fuerza más grande del universo.

Cuando anunciaron la película de Linterna Verde en 2011, sentí que por fin el mundo vería lo que yo ya sabía. Veríamos el planeta Oa, con su ciudadela esmeralda y la Batería de Poder Central. Conoceríamos a Kilowog, el sargento instructor con cara de cerdo, y a Sinestro, el mentor trágico y futuro archienemigo. Veríamos guerras espaciales, políticas galácticas y el poder de la imaginación desatado.

Lo que vimos fue una película que le tenía miedo a su propio concepto. Una película que tomó un universo infinito y lo encerró en un frasco pequeño y aburrido. Y al hacerlo, no solo falló, sino que me hizo perder la fe en la capacidad de Hollywood para soñar en grande.

El primer y más imperdonable pecado de Linterna Verde fue su cobardía. Tenían en sus manos una ópera espacial y la convirtieron en una comedia romántica mediocre con efectos especiales de PlayStation 2. La mayor parte de la acción transcurre en un aburrido pueblo de California. El planeta Oa, que debería habernos dejado con la boca abierta, es un escenario digital estéril que visitamos por unos escasos diez minutos. Los otros Linternas, seres que deberían haber demostrado la riqueza y diversidad del Corps, son reducidos a cameos glorificados que no hacen nada. Es como hacer una película de los Vengadores donde solo sale Iron Man y los demás aparecen en una llamada de Zoom.

Y luego estaba el traje. Dios mío, el traje. En lugar de un uniforme, un símbolo de honor portado por los mejores del universo, nos dieron un pijama de CGI. Un mapa de músculos animados que nunca se sintió real. Cada vez que Hal Jordan se transformaba, no parecía un héroe, parecía un efecto especial inacabado. Esa decisión visual resume la película entera: nada se sentía tangible, nada tenía peso.

Pero el verdadero fracaso fue la traición a su idea central. Una historia sobre superar el miedo necesita un protagonista que lo enfrente de manera creíble y un villano que lo represente de forma aterradora. La película falló en ambos. Ryan Reynolds, un actor que me encanta, interpretó a un Hal Jordan que no era el piloto audaz y temerario de los cómics, sino un payaso irresponsable y sin carisma. Su viaje para dominar su voluntad se siente apresurado y trivial.

Y el villano, Parallax, uno de los seres más aterradores del universo DC, fue reducido a... una nube marrón. Una mancha de humo digital sin personalidad ni propósito, que se la pasa gritando. ¿Cómo puede nuestro héroe superar el gran miedo si la amenaza es tan ridículamente abstracta y poco intimidante?

Ver Linterna Verde fue como pedir un banquete y recibir un chicle sin sabor. Me hizo perder la fe porque me demostró que, a menudo, los estudios no confían en el material que adaptan. Tuvieron miedo de ser demasiado "raros", demasiado "cósmicos". Le tuvieron miedo al increíble universo que los fans hemos amado por décadas. Y en su intento de hacer algo seguro y para todos los públicos, hicieron una película para nadie.

Su fracaso fue tan rotundo que envenenó el pozo para todo el universo DC en el cine, que como reacción se volvió sombrío, serio y anclado a la Tierra, por miedo a intentar algo cósmico de nuevo.

Amo el juramento de los Linternas. Habla de la luz que brilla en la noche más oscura. La película fue un parpadeo débil, una bombilla a punto de quemarse. No logró que dejara de amar a Hal Jordan o al Corps. Pero sí logró algo terrible: me hizo creer que las historias más grandes y brillantes de los cómics quizás son demasiado para el cine. No porque no se puedan filmar, sino porque quienes las filman no tienen la voluntad para hacerlo bien.

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