Soy Kanek y desde que nací, el mundo se mueve bajo mis pies, no he necesitado bajar nunca, pues aquí tengo todo lo que necesito. Si tenemos hambre, el cuello largo se acerca a los árboles. Papá hizo el refugio entre el cuello y el lomo, es un buen lugar para cachar frutas. A veces, unas caen cuando estamos dormidos, por eso mi hermana, Zuli, tiene un brazo doblado, de una sandía que rebotó en ella.
Voy a cumplir doce años, y ya será hora de que baje del gran guardian a conocer y adoptar una de sus crías para vivir en ella. Aunque la verdad, no quisiera, he sido muy feliz aquí, no me he caído ni una sola vez, y a la gran madre del gusta vivir en valle y meterse al lago de vez en cuando, ese día nos toca baño a todos.
Pero abajo, si no subo rápido a otro reptil, puede que uno pequeño y carnívoro me devore, ¡Y yo no quiero ser devorado! Quiero ver qué hay fuera del valle, montar un carnívoro del desierto y recorrer el mundo sobre sus mandíbulas. No necesitaría una choza tan grande, solo dos mecates bien atados a la fosa de su nariz, como cuando había vacas, y una hamaca de hilo de maguey doble bien reforzada, vaya que sería una aventura. Parecen peligrosos, y lo son, para los otros dinosaurios. Pero para mí, que soy tan pequeño, ni me ve ni me siente, su gruesa piel no le permite sentir mis pasos, mi tamaño no desprende suficiente olor para que lo perciba. Lo difícil, será encontrar una compañera con los mismos sueños locos que yo. Porque seguro es que, si rex no me ve, no me huele, menos me escuchará, y a mí me gusta hablar, soy el que cuenta las historias de nuestra familia e imita los sonidos de las crías cuando tienen hambre.
Los tambores suenan, el fuego apartado de los monumentales mundos que nos mueven para no asustarlos, adentramos en un pequeño bosque a la orilla del valle, apenas la falda del volcan, en morral de escamas llevo un par de hongos que le quité a la gran madre, le salen en el cuello y son muy buenos. A ella no le gustan, pero a mí me hacen ver los colores más brillantes, y si hay una niña que le gusten, ya no tendré que montar al rex yo solo.
Además, vamos a necesitarlos para que el gran devorador no nos pise, y sienta tranquilidad, pues los hongos hacen los pies más ligeros, y así los dinos no se asustan. Solo espero que los pequeños no estén asechando está noche.
La gran madre tiene sus años, y sus escamas se van soltando, por ellas puedo bajar un pie a la vez, espero a que se duerma o me tiraría y me aplastaría. Me cubro con mi capa hecha de la gran madre y me voy comiendo mis honguitos hasta llegar a la fogata, las llamas brillan en los ojos de mis compañeros mientras los mayores cuidan los alrededores. Padre está ahí, nunca dice nada, pero siempre cuida…
Si quieres la segunda parte, da like…


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