Si los dinosaurios vivieran hoy, probablemente uno estaría llorando en mi regazo, otro rompiendo una cortina, y otro diciéndome: “¡Mami, me hice pupú!”. Y no. No estoy exagerando. Tengo dos hijos pequeños, una tienda que lastimosamente no vende, una empleada sin arte, un esposo inexpresiv, una guardería en proceso, tareas universitarias, platos sucios, y un bebé que piensa que dormir es una traición.
No hace falta que un T-Rex me persiga por la calle: ya siento el peso de sus pisadas todos los días en mi espalda baja, en mi salud mental y en mis bolsillos. Los dinosaurios no siempre rugen. A veces lloran. A veces gritan “mamá”. Cuando era niña, los monstruos estaban en la televisión o en mis pesadillas. Hoy los monstruos son reales: una madre que me dejaba con tías sin decir dónde iba, un padrastro que me amenazaba de muerte si hablaba, una familia que me enseñó más a sobrevivir que a confiar. Esos no eran dinosaurios… eran depredadores.
Y aunque ahora soy adulta, a veces esos fantasmas me visitan y me hacen creer que no merezco descanso, ni paz, ni amor confiable. Hoy mis dinosaurios tienen nombres: Ansiedad. Culpa. Autoexigencia. Y uno muy grande que se llama “Lo Tengo Que Hacer Sola”. Los cargo mientras cambio pañales, sirvo arroz, preparo informes y trato de no volverme loca cuando mi bebé se niega a dormir. Todo eso con una sonrisa… o una mueca, depende del día. Y sin embargo, aquí estoy: viva. De pie. Con todo y los rugidos, he aprendido a domarlos. A veces con café, otras veces con lágrimas, y otras simplemente diciéndome: “Aguanta un poco más, que esto también pasará”. He hecho magia con poco. He vendido, creado, reintentado, fallado y vuelto a levantarme. Quiero darle a mis hijos lo que yo no tuve: una mamá presente, aunque esté cansada. Una mujer que no huye. Que no los deja solos con sus miedos.
¿Qué haría si los dinosaurios vivieran hoy? Nada. Ya viven conmigo. Y lo que hago es cuidarlos sin dejar que me devoren, sin dejar que me extingan. Aprendí que la crianza no solo es con hijos. También estoy criando a mi niña interior, a mis sueños heridos y a mi deseo de vivir una vida distinta. Tal vez, con suerte, un día mis dinosaurios se conviertan en mascotas entrenadas… o en recuerdos que ya no muerden. Yo no quiero una vida perfecta. Solo quiero que la próxima vez que el mundo tiemble… no sea por el peso de la carga de mis dinosaurios, sino por lo fuerte que me volví cargándolos.
Así que no me preguntes qué haría si los dinosaurios vivieran hoy. Pregúntame cómo sigo sobreviviendo, soñando y resistiendo con ellos en casa. Porque no tengo todas las respuestas, pero tengo algo mejor: las ganas de seguir caminando entre monstruos sin dejar de ser humana. Y si un día estos dinosaurios desaparecen, no será porque huyeron, tampoco porque se extinguieron, sino porque yo aprendí a vivir sin miedo a su sombra.

¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.