Reptile Brain 

¿Qué harías si los dinosaurios vivieran hoy?
¿Qué harías si no fueran lo más peligroso en este mundo?


Año 2029.
Los fósiles ya no son reliquias del pasado, y la extinción ha dejado de ser una condena irreversible. Bajo tierra, en instalaciones cuya existencia fue borrada de todo registro oficial, Mendel Corp ha logrado lo impensable: resucitar a las criaturas más letales que alguna vez caminaron la Tierra.
Pero esto no es un experimento fallido.
No es una fuga accidental.
Es una estrategia.
Y ya está en marcha.
El Dr. Elías Rivas, paleoneurólogo y exprofesor universitario, vive una existencia estéril tras la desaparición de su hija en circunstancias que lo dejaron al borde de la ruina mental. Una llamada inesperada lo arrastra al corazón de una investigación confidencial: ataques en serie, ejecutados con precisión inhumana, en zonas urbanas con testigos traumatizados y pruebas biológicas imposibles de negar. Todo indica que algo —alguien— está usando dinosaurios como peones de una voluntad mayor.
Pero cuanto más se adentra en el caso, más empieza a sentir que los depredadores no son los únicos que han regresado del pasado.
Elías no solo deberá enfrentarse al terror de ver depredadores prehistóricos adaptados a un ecosistema humano. También tendrá que mirar dentro de su propia mente, fragmentada por la culpa, por la pérdida, y por una creciente sospecha: la posibilidad de que su hija esté viva... y conectada con aquello que lo acecha.
Los dinosaurios son brutales. Instintivos.
Pero el ser humano puede ser algo peor: racional, cruel y convencido de estar haciendo lo correcto.


¿Qué ocurre cuando el hombre deja de preguntarse si debe y se obsesiona solo con si puede?
¿Qué parte de la mente se corrompe cuando se cree con el derecho de rehacer la evolución?


Esto no es una historia sobre dinosaurios.
Es una historia sobre el monstruo que vive detrás del deseo de traerlos de vuelta.

Capítulo 0:

La sangre aún estaba caliente cuando Elías Rivas llegó a la escena.
Había algo perversamente íntimo en la forma en que los cuerpos estaban tendidos, como si no hubieran sido asesinados, sino desmembrados con intención clínica. Las vísceras colgaban como guirnaldas orgánicas entre las barandas del paso peatonal. El hedor no era solo a muerte; era a miedo oxidado, a cuerpos que habían suplicado hasta que el sistema nervioso se desconectó.
—No hay huellas humanas —le dijo un agente, sin levantar la vista del suelo—. Solo marcas de garras. Garras... de unos cuarenta centímetros de largo. ¿Eso tiene algún sentido para usted, doctor?
Elías no respondió.
No era la primera vez que veía algo así. Aunque nunca tan público. Nunca tan descarado.
El cadáver más cercano era de un niño de unos 8 años. Había perdido el rostro por completo. Donde deberían estar los ojos solo quedaban cavidades vacías, limpias, como si algo se hubiera detenido ahí, observando el miedo antes de devorar.
—¿Y los testigos?
—Nadie vio nada. O eso dicen. Hay una mujer en shock, dentro del supermercado. Habla de un lagarto negro, grande como un caballo... con ojos que "pensaban". Palabras textuales.
Elías sintió un nudo en la garganta. Tragó saliva con dificultad.
“Con ojos que pensaban.”


Horas después, en la habitación del hotel, frente al espejo empañado, Elías se desnudó como quien se desprende de una piel que ya no pertenece. La luz del baño parpadeaba, vieja, cansada. Como él.
Apoyó las manos sobre el lavamanos y levantó la mirada. En sus ojos no había terror ni sorpresa. Había reconocimiento.
Había leído cientos de veces sobre los “niveles cerebrales” en sus años de investigación: el córtex racional, el sistema límbico, el tronco reptiliano. El cerebro primitivo. El responsable del instinto de supervivencia, del miedo, de la agresión.
La parte que nunca evoluciona.
La parte que solo mata, huye o domina.
—¿Qué hicimos? —murmuró, sin esperar respuesta.
Porque lo sabía.
Habían cruzado una línea.
No en la genética. En la moral.


La llamada llegó a las tres de la mañana.
—Doctor Rivas —dijo la voz femenina al otro lado—. No podemos contenerlos.
Silencio.
—Uno de ellos... no responde a comandos. Actúa por cuenta propia. Como si recordara algo.
Elías sintió cómo el vacío le presionaba el pecho. Recordó las palabras de su hija, diez años atrás, antes de desaparecer en las instalaciones subterráneas de Mendel Corp:


“¿Y si no son animales, papá? ¿Y si recuerdan haber sido dioses?”


Él se había reído en su momento. Le dijo que la memoria no sobrevive a la extinción. Que la conciencia es un accidente humano.
Pero ahora...
Ahora, empezaba a dudar.


La instalación a la que fue conducido no figuraba en ningún mapa. Ni siquiera Google Maps mostraba una mancha de bosque donde, en realidad, existía una base oculta bajo cuarenta metros de tierra y concreto. El lugar olía a desinfectante, carne cruda y electricidad.
—Hemos perdido a cuatro operarios esta semana. Y a dos sujetos de control.
—¿Sujeto de control?
—Sí. Humanos criados en aislamiento, sin estimulación social, con altos niveles de agresividad. Usados para estudiar reacciones comparativas.
Elías apretó los dientes.
—¿Están usando psicópatas como espejo de referencia para criaturas prehistóricas?
—No psicópatas. Humanos reducidos a su parte reptil. Queremos entender qué tan similar es nuestro cerebro al de ellos.
—¿Y?
—El sujeto 14 no mató al dinosaurio. Pero el dinosaurio... tampoco lo mató a él.
Elías sintió algo moverse dentro de su estómago. No era miedo. Era una comprensión instintiva. Una sensación de que lo que fuera que habían despertado... no solo tenía memoria. Tenía empatía. Selección. Capricho.
Y eso era peor que cualquier instinto ciego.


La criatura estaba al otro lado del vidrio reforzado.
Parecía un Deinonychus, aunque con alteraciones genéticas evidentes: mayor tamaño, ojos más frontales, y una estructura craneal con lóbulos agrandados. Como si alguien hubiese intentado darle capacidades cognitivas humanas.
Pero no era eso lo que aterraba a Elías.
Era la forma en que lo observaba. No con hambre. No con violencia.
Sino con curiosidad.
Como si él fuera el espécimen en la jaula.
Entonces el animal hizo algo imposible.
Se levantó ligeramente sobre sus patas traseras y, con una de sus garras, comenzó a dibujar sobre el cristal empañado. Líneas torpes, curvas, una figura que no tenía sentido... hasta que sí la tuvo.
Un rostro.
Un rostro humano.
Uno que Elías reconoció al instante.
El de su hija.

Esta es una historia que hace tiempo escribí, no la terminé y seguí, no supe muy bien cómo seguir la historia, pero mi intención era poder agregar tonos oscuros como la primera novela de Jurassic Park y que también toque temas psicológicos, siento que los dinosaurios no son los únicos protagonistas de la historia sino también los humanos y su psique. Si alguien quiere seguir la historia adelante, pero hagan por lo menos una novela o una película, les aseguro que seré el primero en consumirla jajajaja.

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