El día que los superhéroes dejaron de salvarnos 

Hubo un momento en que creímos que las películas de superhéroes eran nuestra esperanza. Cada estreno era un ritual: comprar las boletas anticipadas, preparar teorías, quedarnos hasta el final para ver las escenas postcréditos, convencidos de que cada película sería mejor que la anterior.

Hasta que dejaron de serlo.

No recuerdo cuál fue la que me rompió primero. Quizá fue esa secuela innecesaria que llegó con promesas de “el villano más oscuro”, pero terminó siendo un desfile de efectos especiales tan saturados que dolía la vista. O esa película que trajo a mi héroe favorito, pero lo convirtió en un meme andante, con chistes forzados cada tres minutos para que no sintiéramos el vacío de un guion mal construido.

Fue como ver a un héroe con su capa desgastada, intentando volar sin energía, cayendo en medio de un CGI mal hecho que no podía ocultar la falta de alma.

Lo que antes era épico se volvió predecible: una ciudad destruida en la batalla final, un rayo azul en el cielo, explosiones por todo lado, un discurso motivacional y un final que prometía la próxima entrega. Siempre la próxima. Siempre el siguiente gran evento.

Pero ese “próximo gran evento” se volvió un bucle. Las tramas empezaron a sentirse como reciclaje con otro color, con otro villano que no importaba, con otro cameo que solo existía para que la gente aplaudiera en la sala. Y entre tanta promesa, se nos olvidó por qué amábamos a los superhéroes en primer lugar.

Amábamos sus caídas, sus miedos, su humanidad escondida detrás del traje. Amábamos cuando arriesgaban todo por salvar a alguien, aunque perdieran. Pero de pronto, todo se volvió una carrera para vender figuras de colección y llenar universos que se extendían tanto que terminaban vacíos.

Recuerdo salir de una de esas películas con una sensación fría. Vi al público salir con la misma cara: esa mezcla de “bueno, estuvo entretenida” y “la próxima será mejor”. Pero no fue mejor. Ni la siguiente. Ni la siguiente.

No fue el público el que se cansó de los superhéroes, fueron las películas las que se olvidaron de ser heroicas. Se olvidaron de contar historias, de crear personajes con los que llorábamos, reíamos y temíamos. Se convirtieron en máquinas de nostalgia, sacando cameos del pasado para compensar la falta de ideas, confiando en que ver un viejo héroe aparecer por tres segundos nos haría olvidar la ausencia de corazón.

El día que dejé de creer en las películas de superhéroes no fue un gran día de revelación. Fue un día normal, cuando me di cuenta de que ya no sentía nada viendo a un héroe pelear contra otro rayo azul en el cielo. Me di cuenta de que lo que más me gustaba era estar con mis amigos, reír en el camino de regreso, discutir teorías que no importaban. El cine ya no estaba ahí para inspirarnos, estaba ahí para atraparnos en un loop de expectativa y decepción.

Y me dolió, porque los superhéroes significaron mucho para mí. Eran el recordatorio de que todos podíamos ser valientes, que incluso en un mundo roto, siempre había alguien dispuesto a ayudar. Pero cuando los héroes se convirtieron en productos de franquicia, ese mensaje se perdió.

Ahora miro atrás y pienso que lo que más necesitamos no son superhéroes con trajes brillantes y frases épicas, sino historias reales, con personajes que se equivoquen, que pierdan, que se levanten sin la necesidad de un rayo de luz perfecto para hacerlos lucir bien.

Quizás un día las películas de superhéroes vuelvan a ser eso. Vuelvan a inspirar, a tocar corazones, a recordarnos que no necesitamos poderes para hacer algo bueno en el mundo. Pero por ahora, yo también colgué mi capa de espectador fiel.

Porque no todos los héroes salen victoriosos. Y a veces, los héroes más grandes que creamos en la pantalla también necesitan descansar.

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