La ley del más fuerte (1975): una mirada atemporal a la explotación amorosa 

Rainer Werner Fassbinder, quien afirmaba que “el amor es el mejor, más insidioso y más eficaz instrumento de represión social”, dirigió una filmografía fuertemente dedicada a expresar esta idea. La ley del más fuerte (1975), no es la excepción. De hecho, es una brutal representante del crudo cine de Fassbinder, cargado de una fuerte crítica moral a su sociedad contemporánea. Figura central del “nuevo cine alemán”, Fassbinder produjo una obra profundamente personal que reflejaba su propio pesimismo en relación a la naturaleza humana - en especial, la tendencia a imponer vínculos de poder y sometimiento.

En cierto modo, Fassbinder se adelantó a postulados teóricos como los de la socióloga marxista Eva Illouz, que en 1997 publicó un interesante estudio titulado El consumo de la utopía romántica. Este plantea una postura más que interesante: el amor romántico es una construcción cultural y no un tipo de vinculación natural. Como tal, en el siglo XIX surgió como una estructura de la ideología burguesa y se expandió fuertemente en el siglo XX gracias a la masividad de los medios de comunicación. Entendidos como un instrumento al servicio del modo de producción capitalista y el sistema consumista que este impone. En ese marco es que las emociones humamanas se comercializan como un objeto de consumo más. Por lo que, la utopía romántica es una ilusión que genera expectativas de consumo construidas por la hegemonía cultural capitalista como una forma más de explotación. Se moldean, así, performatividades de género junto a las de clase.

En este entramado, lógicamente la homosexualidad es fuertemente marginada. Y Fassbinder no le teme a esta condena social. Su obra está cargada de un fuerte homoerotismo, algo muy disruptivo en la época. Lo cual subraya su caracter irreverente, ya que se declaró abiertamente gay en un contexto que marginaba todo aquello que no fuese heteronormativo.

Particularmente en esta película, Fassbinder expone la existencia de una dictadura del dinero en nuestra sociedad, que coloca al protagonista, Fox (interpretado por el mismo Fassbinder) en una constante situación de subalternidad por su condición social pobre. Cuestión que no se revierte - sino que se intensifica - cuando se convierte en potentado al ganar la lotería. Si antes era una atracción de feria, un bufón entre las clases altas; al obtener poder económico se convierte en un objeto de deseo como potencial agente proveedor de dinero pero, al mismo tiempo, es fuertemente rechazado por la clase alta decadente con la que se codea.

Eugene (Peter Chatel) comienza una relación romántica con Fox con el objetivo de utilizarlo para sanear las deudas de su fábrica familiar. Comienza así un doloroso proceso de explotación amorosa que acompaña paralelamente a la explotación de clase ya que ambas comparten un mismo objetivo: extraer la plusvalía de quienes menos tienen hacia quienes más tienen. Constantemente la puesta en escena de la película resalta la posición inferior de Fox. Su subalternidad es, pues, estructural y, en cierto modo, inmodificable.

La genialidad de Fassbinder aporta una dimensión más a la ecuación rapiñera capitalista: la colonialidad y el racismo. Fox y Eugene realizan un viaje a Marruecos - ex-dominio colonial francés -, donde se percibe la existencia de un racismo que impregna a la sociedad marroquí tanto como a los europeos, que ven al lugar sólo como un exótico destino de veraneo en el que la pobreza está pero no les afecta. De hecho, el racialismo ha sido otra de las estrategias ideológicas del capitalismo para imponer su hegemonía global (justificando el imperialismo y la expropiación de recursos mediante la biologización de la otredad). De este modo, clase, raza y género son ilusiones que conforman el aparato de dominio cultural del sistema capitalista.

Cabe aclarar que el racismo está más explorado en la anterior película de Fassbinder, El miedo devora el alma (1974). Allí, el director analiza la discriminación racial junto con la situación de las clases bajas en Alemania, a lo cual se suma el desprecio hacia la vejez. Otra cualidad que el modelo capitalista inferioriza, dada su improductividad en el ilusorio sistema consumista.

Como consecuencia de esta perversa configuración política, social y cultural que anula la posibilidad de vínculos reales; Fox encarna uno de los principales problemas de nuestra contemporaneidad vacía: la afectación en la salud mental. Su depresión no tiene una solución real, es decir la búsqueda de romper los parámetros de explotación. Por el contrario, la enfermedad también se convierte en mercancía al ser medicalizada y, por lo tanto, medicada. La industria farmaceútica nunca pierde en una sociedad patológicamente mediocre.

El caracter depredador del ser humano se aprecia en toda la película y se enfatiza abiertamente en la escena final, que tristemente adelanta la propia muerte de Fassbinder a los 37 años por sobredosis - así de personal era el cine de este autor. Fox muere de manera solitaria en un pasillo del metro, por sobredosis de Valium. En una perfecta síntesis del mensaje del filme, un par de niños (metáfora de la naturaleza saqueadora humana innata) lo despojan de sus pertenencias, sin preocuparse en ningún momento por obtener ayuda. Lo mismo ocurre cuando dos amigos de Fox lo ven muerto (uno de ellos del círculo de clase alta y el otro de la clase baja). No hay diferencia, en definitiva, entre ricos y pobres. El individualismo y el egoísmo humano reinan absolutamente en nuestro mundo.

En los últimos años, películas como La La Land (Damien Chazelle - 2016), generaron cierta concientización del individualismo como un elemento que atenta contra la ilusión romántica. O también la brillante Parasite (Bong Joo-ho - 2019), mostró el salvaje universo de las desigualdades de clase y las expectativas de los pobres por infiltrarse en el mundo de los ricos - lo cual es percibido como una amenaza por parte de estos. Incluso previamente, el cine de Pedro Almodóvar ya venía retratando la realidad de sectores marginados, como las mujeres o la comunidad LGBTQ+. Sin embargo, la mirada de Fassbinder fue anterior y mucho más despiadada. De hecho, su cine prácticamente no habilita ningún tipo de optimismo en el muestreo que realiza sobre las explotaciones de género, clase y raza. Por eso mismo, su filmografía y, particularmente La ley del más fuerte, evoca un sistema “carnívoro”, que es producto de una naturaleza humana viciada por las ansias de dominación y opresión.

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