
Jueves, 3 de julio. Las calles de la ciudad están llenas de personas por algún HotSale o BlackFriday. Incluso con el frío. Entre tanto caos, están aquellos que esperan el momento justo para atacar. Pero yo estoy precavido. Los conozco. Son aquellos que menos esperas. Hace seis meses que vivo en Capital Federal y como toda persona sumamente observadora puedo identificar las intenciones. Es una ciudad enorme. Solo tengo que hacer unas cuadras para llegar a la verdulería, pero en ese trayecto me encuentro con todo tipo de personajes. Cuando regreso, cruzo miradas con algunos. Ellos ven en mí el peligro. Entro al edificio, subo con el ascensor, me preparo una sopa en mi cálido hogar y le doy play a The Batman en Max por decimocuarta vez. Entré a mi zona de confort. Nunca existió el personaje dentro mío, solo una extensión de él gracias a la visión de un director.

Para esta semana estuvo pronosticado un frío sin precedentes en Argentina. Sé que películas voy a mirar, porque sé lo que esas películas me hacen sentir. Si tuviese ganas de sentir calidez en una épica, sé que la trilogía de El Señor de Los Anillos ocupará un lugar asegurado. Nada mejor que sentirme dentro de Hobbiton, con sus lugareños y sus costumbres mientras suena de fondo la calma banda sonora de Howard Shore. Nada mejor que ver a Bilbo prendiéndose una pipa con el calor de la gente en su cumpleaños número 111. ¡Hasta puedo escuchar en mi cabeza cómo el tío de Frodo se regocija al saber la edad que tiene! Tapado con mi manta y tomando mi café nocturno, me sumerjo por, vaya a saber uno la cantidad de veces, nuevamente en la aventura. Orcos, amistad, lealtad, flechas perfectamente lanzadas por Legolas, el icónico ¡Tu no pasarás! de Gandalf, pasando por Theoden resonando al grito de ¡Muerte! junto a otras veinticinco mil almas una épica batalla final y llegando al llanto desconsolado que me provoca la partida de Frodo.

Por otro lado si tuviese ganas de desenchufar el cerebro y el corazón mientras en el balcón caen unas gotas o suenan algunos relámpagos de fondo sé que miraré El Día Después de Mañana. Ni siquiera es negociable con mi pareja discutirlo. Es un hecho. ¿Quién podría haberme advertido de que revivir algunas de las secuencias de cine catastrófico más ridículas de los últimos tiempos serían un aliciente en mis treinta y tres años de vida? Saber que los jóvenes protagonistas sobrevivirán en una biblioteca neoyorkina mientras afuera todo el mundo está congelado me resulta atractivo cada vez que le doy play. Y lo más interesante, saber que Dennis Quaid como el padre de Jake Gyllenhaal, cruza todo el continente sólo para rescatar a su hijo atrapado en esa misma biblioteca, me pone la piel de gallina. Nada mejor que los finales felices.

Probablemente sume a ese gélido combo las exageradas (pero algo realistas de a ratos) escenas de Twister, y si instantáneamente cambiase el chip a películas de desastres no naturales, revisitaría una vez más (ya olvidé cuántas veces la vi) El Día que la Tierra se Detuvo, la del 2008. Nada mejor que ver a Keanu Reeves en modo “Neo alienígena” intentando salvar al planeta gracias al celeste de los ojos de Jennifer Connelly y el amor que siente por su hijo, que dicho sea de paso, no siente mucho amor por ella. ¿Pero a mí que me importa? Yo solo quiero ver a ese indestructible destructor deshaciéndose en una nube de insectos que desintegran todo a su alrededor.
Si quisiera contrarrestar ese paralelismo entre el frío extremo que estoy sintiendo ahora y el frío de la humanidad, probablemente le de play a Mad Max: Fury Road, la película más calurosa de la historia. Sentiría la locura, me encantaría irme al Valhalla junto a Nicholas Hoult mientras me esparzo aerosol plateado en la boca y regresaría solo para partirle la cara a Inmortan Joe. Que ser tan despreciable por favor. Entonaría imaginariamente esa diabólica guitarra mientras los acróbatas del fin del mundo se balancean de lado a lado.

Esta es mi zona del confort. Una en la que hago futurología, una en la que las sensaciones se palpan de antemano. Teniendo cientos de opciones para ver, teniendo muchos métodos para acceder a esas opciones, me confronto conmigo. Decido revelarme contra mi curiosidad. Contra mis ganas de explorar que hay más allá. Rod Serling me invitó en los 90s, mucho después del estreno de la serie, a conocer un abanico de universos que iban más allá de la mera comprensión humana. Me empujó a reinventarme como niño en aquel entonces. Sin embargo, todos los fines de semana, le pedía a mi mamá que me ponga Forrest Gump, Jurassic Park y El Rey León de corrido en los videocasetes. Una, y otra…y otra vez.
Abriste esta puerta con la llave de la pereza. Más allá hay otra dimensión: una dimensión de escenas que nos hacen llorar una y otra vez, una dimensión de espectacularidad barata, una dimensión de antiestrés. Te adentras en un mundo de mimos al alma y jumpscares, de cosas e ideas a las que volves por el placer que te hacen sentir. Acabas de cruzar a la Dimensión del Confort.
Hay muchísimo títulos más en mi zona de confort, pero sería eterno revelarla…creo ¿Cuál es la tuya?
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 4 de JULIO del 2025, 12.58 AM | UTC-GMT -3
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