En el amor moderno, todos somos "La peor persona del mundo" Spoilers

La película de Joachim Trier, La peor persona del mundo, ha sido vendida como un retrato honesto, sensible y moderno de la búsqueda del amor, la identidad y el propósito en una generación emocionalmente nómada. Su protagonista, Julie, atraviesa una serie de relaciones, cambios de rumbo profesionales, crisis existenciales y decisiones contradictorias que han sido interpretadas —o mejor dicho, presentadas— como una exploración ambigua de la vida contemporánea. Pero esa ambigüedad, lejos de ser una virtud, es el disfraz elegante que la película utiliza para no enfrentar el verdadero corazón de su historia: no estamos ante un retrato neutral de la experiencia humana, sino ante la validación estética de un egoísmo profundo, casi narcisista, camuflado como autenticidad.

Una de las escenas más reveladoras de la película ocurre cuando Julie, aún en una relación con Aksel, conoce a Eivind en una fiesta. Ambos se sienten atraídos de inmediato y comienzan un juego de seducción que los lleva al borde de la infidelidad sin nunca cruzar la frontera literal del contacto físico. No se besan. No se acuestan. Pero se exhiben, se erotizan, se acercan emocionalmente. Coquetean con el deseo como si fuera una broma inofensiva.

La peor persona del mundo - Rolling Stone en Español

Y aquí es donde la película pretende invitarnos a preguntarnos: ¿es o no es engaño?
Pero la pregunta correcta no es esa. La verdadera pregunta es: ¿por qué Julie siente que puede permitirse esto sin consecuencias?

La respuesta es simple y brutal: porque Julie está siendo profundamente egoísta. Porque su brújula moral no está calibrada por la empatía ni la reciprocidad, sino por su apetito de experiencia. Ella no se pregunta si esto afectará a Aksel, si se está traicionando a sí misma o a su pareja, ni siquiera si el vínculo que está generando con Eivind es honesto. Lo único que importa es que ella lo necesita, ella lo quiere, y por tanto ella lo hace. Su libertad emocional se ha divorciado por completo de cualquier sentido de responsabilidad emocional. Y ese divorcio es precisamente el retrato más exacto de la emocionalidad moderna.

Zygmunt Bauman describió al amor contemporáneo como “líquido”: cambiante, inestable, sin compromiso duradero. Julie no solo encarna esta idea: la vive con una impunidad que la película nunca cuestiona abiertamente. Se mueve de pareja en pareja, de camino en camino, sin mirar atrás, sin detenerse nunca a examinar el daño que deja tras de sí. Su relación con Aksel, el personaje más trágico de la película, termina sin una conversación verdadera, sin un cierre honesto, sin un duelo emocional real.

Aksel muere, y la película insinúa que Julie podría ser responsable indirectamente de su caída. No lo dice de forma explícita, pero lo sugiere. Lo deja en el aire como un susurro incómodo, que luego se barre bajo la alfombra de una estética cuidadosa y una banda sonora perfectamente melancólica.

Y esto es lo más inquietante: La peor persona del mundo no se atreve a condenar a su protagonista, ni siquiera a problematizarla con claridad. Más bien la adorna. La protege. Le construye una narrativa donde ella no solo no es culpable, sino que además es celebrada como una mujer auténtica, compleja, moderna, liberada.

La peor persona del mundo - Trailer españolMuchos han defendido la película por su supuesta "ambigüedad moral". Pero la ambigüedad real implica mostrar múltiples lados de un dilema y dejarlos en tensión. Lo que hace Trier es otra cosa: construye un personaje egoísta, que toma decisiones hirientes sin reflexión, y luego le da una sonrisa final que la absuelve de toda culpa. Le permite ser la heroína de su propio cuento sin enfrentar el peso real de sus actos. Julie no cambia. No se redime. No aprende. Solo sigue.

Y por eso, la película no es ambigua. Es cómplice.

Porque lo que no se condena, se condona. Y aquí, la glorificación de la espontaneidad emocional, de la búsqueda del yo a costa del otro, se vuelve peligrosa. Se vuelve un mensaje envuelto en celofán: sé tú misma, aunque destruyas todo a tu paso.


La peor persona del mundo (2021) | Crítica - Revista CintilatioLa peor persona del mundo es el retrato más preciso —y más preocupante— del narcisismo contemporáneo. No porque Julie sea una villana caricaturesca, sino porque es alarmantemente real. Es esa persona que todos hemos conocido. O que hemos sido. Es el reflejo de una generación que ha convertido el autodescubrimiento en una forma de consumo emocional, donde los demás no son compañeros de viaje sino recursos momentáneos.

Y eso es lo más brillante, pero también lo más aterrador de la película: que aunque se vista de crónica romántica, es un retrato de manipulación. Aunque se disfrace de autenticidad, es un ejercicio de validación del egoísmo.

Tal vez lo más incómodo de La peor persona del mundo es que, en el fondo, todos tenemos algo de Julie. Todos hemos idealizado la libertad. Todos hemos querido huir de las consecuencias. Todos hemos sentido que tenemos derecho a vivir “nuestra verdad” aunque eso hiera a otros. La película nos incomoda no porque Julie sea un personaje inverosímil, sino porque es demasiado real.

Y por eso, en el amor moderno, todos somos —al menos un poco— la peor persona del mundo.

Pero eso no significa que tengamos que celebrarlo.


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