
Hay algo sobre el terror y las secuelas que no resulta tan molesto como en otros géneros. Cuando anuncian las continuaciones de películas dramáticas, románticas o cómicas, resoplamos y nos preguntamos que fue de la originalidad. En cambio, los monstruos están destinados a una vida amplia desde que son concebidos. Están hechos para volver una y otra vez. Desde Michael Myers hasta Art the Clown, las entidades malignas erigen su carácter a través del regreso constante, y es por eso que los adeptos del cine de género celebran cada reiteración. No se trata, en lo más mínimo, de un agotamiento de la creatividad. Ideas novedosas hay a montones. Pero el pánico es sentir la respiración de lo monstruoso en la nuca luego de creerlo reducido a las cenizas. Allí lo imperativo de la resurrección.
La noticia de que Danny Boyle y Alex Garland estaban preparando 28 Years Later despertó reacciones varias. Haciendo honor a su tesis desafiante sobre el humano como enemigo mortal de sí mismo, director y guionista se enfrentaron a una multitud dividida en la confianza absoluta hacia las anteriores partes de la franquicia. No había duda alguna de que 28 Days Later y 28 Weeks Later tenían fuerza de sobra para engendrar un tercer relato. La pregunta era, más bien, que tanta necesidad había de otra entrada en este universo.
La fe inquebrantable hacia la segunda película suscitó la expectativa positiva en la mayoría de las audiencias, seguras de que las bases de la creación de Boyle esquivaban cualquier posibilidad de devenir en secuela inservible. Pero, en la vereda de enfrente, no pocos se preguntaban por la verdadera utilidad de 28 Years Later para los tiempos que corren. Los primeros dos filmes supieron capturar la violencia caótica de los comienzos de los 2000 y su solidificación en la primera década a la perfección. La catarsis colectiva que propiciaron fue esencial. En cambio, hoy habitamos la cotidianeidad de lo brutal sin inmutarnos ni un poco. ¿Qué podría decir el virus de la rabia sobre eso?
Como era de esperar, Boyle y Garland habían analizado aquel obstáculo de antemano, y arribaron a la solución perfecta: correr la fisicalidad del virus del centro de la trama para enfocarse en sus consecuencias sociales. No es que el primer y el segundo filme no le hayan dado importancia, pero es claro que gran parte de su encanto radicaba en develar el horror de las personas convertidas en máquinas de matar insaciables. La gota de sangre de un cuervo rabioso que cae en el ojo de Frank y lo infecta, el contagio de Don por parte de Alice luego de besarla y la zona de contención que prometía la repoblación y es erradicada a raíz del avance despiadado del virus constituían el tipo de escenas trágicas que hacían al corazón de la historia previa de este universo. Por su parte, 28 Years Later se distancia y pega un volantazo arriesgadísimo.
No hay padres convertidos en “zombis” ni comunidades invadidas. La tecnología y el presupuesto con el que contaban Boyle y Garland bien podría haber permitido eso; una película extremadamente morbosa en cuanto al planteo de la imagen. Sin embargo, el dúo parece haber entendido que aquella violencia encontró efectividad, como se mencionó antes, dada la conmoción experimentada por el mundo a principios de los 2000. Ya no estamos ahí, e incluso podría decirse que la crueldad antes insoportable hoy es la nueva normalidad. Entonces, la tercera parte fue construida para visibilizar lo terrorífico en el olvido de la ternura, y como ello habilita el deterioro de los vínculos.
En 28 Years Later, el eje del horror es la soledad experimentada por Spike, cuyo lazo con su padre está sostenido únicamente por la perspectiva de hacerse hombre en la erradicación de los infectados, mientras que su madre se habita y deshabita a sí misma en la enfermedad. Incuso cabe observar a la pequeña sociedad que lo rodea, bien edificada en su reestructuración luego de la crisis, pero carente de conciencia en lo que respecta al establecimiento de un ritual de mayoría de edad que consiste en exponerse al peligro exterior. Otra vez, el ser humano juega a ser dios, y los más débiles pagan los platos rotos.
La expedición coming-of-age de Spike es la excusa perfecta para darle a los fanáticos lo que quieren. Cabe apluadir que, en la exploración psicológica del fenómeno, Garland y Boyle no se hayan olvidado de las secuencias adrenalínicas que convirtieron en figuras de culto. Los infectados corriendo en el horizonte, los acercamientos de la cámara a sus físicos putrefactos, el concepto de los Alfa y las persecuciones que siempre están a punto de terminar en la muerte son solo algunos de los puntos fuertes del tercer filme. Y, sin lugar a duda, la escena en la que Spike y su padre corren contra la corriente del agua para escapar de un Alfa que les pisa los talones es de lo mejor que se vio en el cine de terror contemporáneo.
Toda la cinta se podría resumir en esa secuencia. No es solo un despliegue de tensión. También resume con claridad el dilema central de 28 Years Later. A pesar del vértigo, lo que pesa es la distancia entre padre e hijo, esa carrera en la que uno apenas le sigue el paso al otro, como si la verdadera amenaza no fuera el Alfa que los persigue, sino la imposibilidad de alcanzarse.
Por eso la figura del Dr. Kelson, ese supuesto paria, irrumpe como una de las más complejas del filme. Su templo de huesos y su lógica ritual no están ahí como elementos de horror gótico gratuito. Son dispositivos simbólicos para dar forma a lo que la comunidad no se atreve a nombrar: la muerte. La escena en la que accede a practicar la eutanasia a Isla frente a Spike es de una crudeza emocional sin comparación. Garland escribe ese momento con el peso justo, y Boyle lo encuadra con una sobriedad poco común en el cine de género actual. El lema memento amoris tampoco es casual. Si en los títulos anteriores se trataba de pensar la muerte como recordatorio de lo humano, acá se trata de recordar el amor como último rastro de humanidad posible.
Y si algo hace 28 Years Later es filosofar sobre la función de la memoria y la repetición. La película ya no se cuestiona lo que fue de las advertencias del pasado. Al contrario, elige preguntarnos que queremos recordar y qué preferimos desechar. La última secuencia, con Spike dejando a la pequeña Isla en la puerta de la comunidad, funciona como una inversión del relato bíblico. Es el hijo quien regresa del exilio con una nueva posibilidad de vida, mientras el padre queda inmovilizado ante el mar creciente, incapaz de alcanzarlo. La nota pone en palabras lo que la película toda venía anunciando con imágenes. Esta vez no hay cura, ni solución, ni sistema. Hay, apenas, un gesto de cuidado que escapa a la lógica del control.
En los últimos minutos, la aparición de Jimmy adulto rescatando a Spike, puede parecer sorpresivo y abrupto, pero en el contexto general funciona como un cierre casi poético. Jimmy, que presenció el fin del mundo, que fue criado por un sacerdote que entendió el virus como castigo divino, aparece como la figura que cierra el ciclo. La cruz que todavía lleva al cuello es el último vestigio de ese mundo viejo, de esa espiritualidad distorsionada. El grupo que lidera, estilizado de forma deliberadamente incómoda, parece anunciar que lo que queda después del desastre no es una sociedad nueva, sino una deformación de la anterior. Una en la que los íconos pop y los delirios mesiánicos conviven con la brutalidad.
Así, la película cierra con la promesa ambigua del regreso. Spike, que se despide con un "voy a volver cuando esté listo", encarna lo único distinto en un mundo dominado por repeticiones enfermizas. No hay gloria en su viaje, ni épica en su renuncia. Hay, simplemente, un intento de no repetir lo que lo destruyó. Si en 28 Days Later la pregunta era cómo sobrevivir, y en 28 Weeks Later, quién podía hacerlo, 28 Years Later se interroga para qué vivir cuando todo fue destruido. Y su respuesta, aunque fragmentaria, es tan contundente como necesaria: por otro.
En definitiva, esta tercera parte sostiene el legado de la saga, pero también lo reformula desde un lugar más introspectivo, más afectivo y mucho más oscuro en términos éticos. No hay héroes ni redenciones, pero sí hay una ética del cuidado que se impone frente al caos. El terror, en este caso, ya no es el del virus que se propaga, sino el del vacío que deja lo que se pierde para siempre. Y ese miedo, más íntimo y menos espectacular, es el que justifica con creces que volvamos a mirar hacia atrás. Porque a veces, como bien lo entendieron Boyle y Garland, lo más aterrador no es lo que regresa, sino lo que no vuelve nunca.



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