La carretera del silencio 

La Carretera del Silencio en Pinal de Amoles
La primera vez que escuché la historia de la Carretera del Silencio, la descarté como un simple cuento de viejas. Pinal de Amoles, un pueblo enclavado en la Sierra Gorda de Querétaro, es conocido por sus paisajes brumosos y leyendas que se entretejen con la densa niebla. Pero lo que me contó don Genaro, el viejo encargado de la gasolinera, esa noche de lluvia no era una leyenda, era un recuerdo vívido que aún le helaba la sangre.
Era finales de los 90, me explicó don Genaro, y la carretera que conectaba Pinal con Jalpan era aún más solitaria de lo que es hoy. Oscar, un joven y arrojado transportista, acostumbraba a hacer el viaje nocturno, llevando mercancía a la ciudad. Una noche, mientras la lluvia golpeaba con furia el parabrisas de su camión, la radio dejó de funcionar. Un silencio espeso, casi palpable, llenó la cabina. Oscar no le dio mucha importancia, la señal en la sierra siempre había sido inestable.
Continuó su camino, con las luces del camión apenas perforando la oscuridad y la lluvia. De repente, vio una silueta a lo lejos. Era una mujer vestida de blanco, inmóvil al borde de la carretera, bajo la torrencial lluvia. Oscar, a pesar del cansancio, decidió detenerse. "En la sierra uno no deja a nadie tirado", me dijo don Genaro que solía decir Oscar.
Cuando se acercó, la mujer no levantó la vista. Su cabello oscuro caía sobre su rostro, ocultándolo casi por completo. Oscar le ofreció llevarla, pero ella solo asintió lentamente. Al subir al camión, un frío glacial invadió la cabina, a pesar del calor del motor. La mujer se sentó en el asiento del copiloto, completamente inmóvil, sin decir una palabra. Su presencia era tan extraña que Oscar se sentía incómodo. Intentó entablar conversación, pero ella no respondió, ni siquiera se movió. La única luz era la del tablero, que iluminaba apenas el perfil estático de la mujer.
Oscar se concentró en la carretera, el silencio de la mujer era cada vez más opresivo. De repente, al pasar por un barranco conocido como "El Volcán", sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Miró de reojo a la mujer. Ella no estaba mirando al frente, ni a la carretera. Tenía la cabeza girada hacia él, y a través de su cabello mojado, Oscar pudo distinguir algo que lo hizo gritar: sus ojos eran dos cuencas vacías, y una sonrisa macabra se dibujaba en donde debería estar su boca.
En un arranque de puro terror, Oscar pisó el acelerador a fondo, el camión patinó en el asfalto mojado. No se atrevió a mirar de nuevo. Sintió el frío de la presencia junto a él, pero no se atrevió a voltear. Rezó. Rezó como nunca antes. Cuando finalmente llegó a Jalpan, el sol comenzaba a asomarse tímidamente. Con el corazón desbocado, se detuvo bajo una farola y se atrevió a mirar el asiento del copiloto.
Estaba vacío.
Pero no solo eso. Había una mancha de humedad en el asiento, con un olor nauseabundo, y sobre ella, una horquilla de pelo antigua, corroída y llena de tierra. Oscar arrojó la horquilla por la ventana y nunca más volvió a tomar la carretera de Pinal de Amoles de noche. Don Genaro me aseguró que el camión de Oscar, tiempo después, fue encontrado abandonado al fondo de un barranco en la misma carretera, cerca de "El Volcán". Nadie supo lo que pasó, si se accidentó o si el miedo lo consumió.
Desde entonces, en Pinal de Amoles, muchos afirman que en las noches de lluvia, cuando la niebla es más densa, se puede ver una silueta blanca al borde de la Carretera del Silencio, esperando. Y se dice que si te atreves a detenerte, el frío que te acompañará en tu viaje no será solo el de la sierra.
¿Te atreverías a conducir por la Carretera del Silencio de noche?

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