Todos, en algún momento, hemos visto comedias románticas que nos atrapan, nos hacen soñar con la idea del amor y nos sacan muchas risas y tal vez algunas lágrimas. Son esperanzadoras y reconfortantes. La gran mayoría tiene finales felices, y ese es parte de su encanto: la certeza de que, sin importar lo que pase en medio, al final todo resulta bien. A mí me encantan, podría ver mil veces A él no le gustas tanto, Una esposa de mentira o Como si fuera la primera vez y, mientras dura la película, creer que el amor lo puede todo.

Pero, a medida que iba creciendo, mi catálogo cinematográfico se iba ampliando. Descubrí películas cuyos desenlaces me dejaban analizando la secuencia de eventos una y otra vez. Películas como Carol e Historia de un matrimonio que impactaron profundamente mi entendimiento del amor y rompieron la idea lineal que se había desarrollado en mi cabeza: conoces a alguien, se enamoran, se enfrentan a obstáculos y terminan juntos por siempre.
Esa narrativa tan cómoda empieza a desmoronarse cuando te das cuenta de que la realidad casi siempre es más cruel que la ficción, y los factores externos, la lucha interna de cada individuo y su manera de enfrentar las dificultades pueden pesar más que cualquier sentimiento. Ahora agrégale un extra de drama al no ser heterosexual, y, aparte de tener que lidiar con los problemas de cualquier relación, tienes que lidiar con tus propios miedos, los de tu pareja, con la discriminación y el qué dirá la familia.
En medio de mi mundo interno, lleno de caos y confusiones, descubrí Carol, que desde su fotografía envuelve, acaricia, te atrapa. Pero, más allá de lo estético, resonó conmigo porque los miedos de las protagonistas eran los míos, porque su historia pudo haber sido la mía si hubiera nacido en otra época o en otro contexto social. Porque ese amor no podía gritarse, pero existía, era real y sincero. Me enseñó que el amor se puede gritar en silencio, porque hay circunstancias sociales como el de esta historia, o personales (como la de la mía), que no nos permiten amar de la manera en que desearíamos. Porque el cuidado, el silencio compartido, la compañía, los pequeños gestos que susurran “te amo” pueden ser tan significativos como cualquier demostración gritada. Porque querer no es siempre poder, y las circunstancias externas terminan moldeando más nuestra vida de lo que quisiéramos y no tenemos más opción que acoplarnos a ello.

Por otro lado, Historia de un matrimonio me hizo entender que no todas las personas llegan para quedarse, pero eso no las hace menos significativas. A veces conoces a alguien y construyes algo hermoso junto a esa persona, se vuelve eje central de tu vida, le amas y todo parece ir bien, son felices y eso es suficiente. Así es justo como inicia esta película, una secuencia preciosa de una pareja hablando de las cosas que aprecian del otro, mientras nos muestran fragmentos de su vida juntos. Pero, de repente, pasamos a otra escena y es tan disruptiva la aparición de la palabra “divorcio” que había olvidado haberla leído en la sinopsis. Es dolorosamente triste ver que los fragmentos del inicio hacen parte de una vida que ya no existe y que dos personas que una vez se amaron no pueden mirarse a los ojos y decir lo que aprecian del otro. Pero es parte de la vida tomar caminos separados y no volver a ver a las personas que una vez te acompañaron, y aunque duela, está bien. Sería más hiriente y hasta cruel seguir en silencio y pretender que nada se ha quebrado.

Me fascina que la historia de Therese y Carol, en Carol, teniendo todos los elementos para terminar en tragedia —una época sumamente homofóbica e intolerante, miedos internos, la posibilidad de que Carol perdiera la custodia de su hija, la brecha de edad y experiencia que existía entre ellas—, termina en posibilidad: Therese vuelve. Y en Historia de un matrimonio, donde había más elementos para una posible reconciliación —años de matrimonio, un hijo, una vida construida—, termina con una separación definitiva. Esta comparación me hizo pensar que no siempre gana la historia con más cimientos o con circunstancias más amables, porque, aunque sí, el contexto es sumamente importante y lo que rodea a una relación innegablemente la afecta, la manera en la que cada uno sobrelleva los problemas igualmente lo es. No todo el mundo puede con todo, y eso está bien. Hay quienes se adaptan, luchan, resisten más, y también quienes necesitan soltar más pronto. Eso no convierte a nadie en peor ni mejor, simplemente los hace humanos, que viven en mundos distintos, con diferentes historias y límites que merecen ser respetados. Es sensato saber que puedes seguir, como reconocer que no puedes cargarlo más.
Aunque soy idealista y amo ver finales felices, es cosa de la experiencia humana querer ver más allá, buscar otra versión de lo que se ha contado mil veces —como las historias de amor— y sorprenderse al darse cuenta de que, después de tantos matices, lo único en lo que guardan parecido es que hay dos individuos que se aman —o se amaron—. Me gustan los finales agridulces, me gusta saber que no todo es blanco o negro, que a veces puedo tener la fuerza para quedarme o para irme, y eso no define mi capacidad de amar, sino mi respeto por mi dignidad y la del otro. Me gusta —y me asusta— que la vida está llena de posibilidades: que puedas vivir una romcom de principios de los 2000, resistir a pesar de la tormenta o mirarle a los ojos y decirle: “Te quise, agradezco lo que vivimos juntos, pero la siguiente página la continúo sola”.


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