Los oficios del Cine - El sonidista
La Opción del silencio
por Gastón Siriczman
Este texto integra una serie de ensayos sobre los oficios que construyen el cine. Aquí, el foco está puesto en los diseñadores sonoros: quienes modelan el aire que envuelve cada imagen, tallan el silencio y dan cuerpo a lo invisible mediante ruidos, palabras y ecos.

¿Cómo se evoca una idea, un sentimiento, un concepto? El cine tiene estrategias narrativas, visuales y de edición para hacerlo. Los invito a que nos preguntemos ahora: ¿qué sucede con el diseño sonoro?
Es casi imposible detener la mirada sobre una foto familiar sin que se arremolinen sensaciones que nos permiten descender (o ascender, ustedes elijan) a lo más vívido del recuerdo. Así se podrá reconstruir, desde esos fragmentos evocados, lo que se cree que fue el pasado.
Ya en primera persona, me es inevitable detener la mirada sobre la única foto que conservo de mi abuelo materno sin que salten, vaya uno a saber de dónde, dos sensaciones. La primera, táctil: la aspereza, casi hiriente, de su barba. La segunda, sonora: el crujido irrepetible que hacían sus camisas, de esa tela gruesa y blanca, planchadas al almidón. Es curioso que esa foto no sea capaz de convocar otras imágenes, más concretas o fáciles: su voz, su risa, su olor. La memoria, más allá de su comprobada ineficiencia, tendrá sus razones para aferrarse a esos detalles menores y repetirlos cada vez que se los llama. En definitiva, esas dos modestas sensaciones no hacen más que complementarse perfectamente, junto con la foto, e invocan, no el instante ni el contexto de la toma, sino a toda la persona retratada. De toda la gama de sensaciones disponibles, la memoria rescata las imprescindibles, eligiendo silenciar las demás, y las pone a funcionar en la misma órbita que la imagen disparadora.
Durante las tres primeras décadas de vida del cine, la tecnología fue incapaz de sincronizar sonido alguno con las imágenes que se proyectaban en la pantalla. Lejos se estaba, sin embargo, del silencio. Nada de eso. Las proyecciones eran suplementadas por música, ya sea ejecutada en vivo o mediante grabaciones. Luciani, crítico italiano de los primeros años, sostenía que la necesidad de la música en las salas tenía un origen más fisiológico que estético. Decía: “La naturaleza tolera más las tinieblas que el silencio”. En el mejor de los casos la música de ese período cumplía un rol supletorio, apenas un comentario sobre lo que transcurría en la pantalla. En el peor, la música era apenas un telón de fondo mal dibujado, puesto para disimular la molestia del silencio que, como vemos, aún no era una opción válida.
Es recién a partir de 1927 que la industria le proporciona al cine un soporte sonoro, permitiendo, por fin, escuchar lo que los labios articulaban. Y no sólo eso: también fue posible oír pisadas cristales rompiéndose disparos ladridos y mugidos chirridos de puertas cabalgatas desesperadas el zumbido de un puñal que atraviesa la habitación y se clava en la puerta junto al héroe. Todo. Todo se podía escuchar y todo se escuchaba. Había costado mucho sacrificio lograr la sincronización, como para pensar en que se podía sonorizar una escena con otra cosa que no fuese el sonido correspondiente: si se veía, se escuchaba. Esa era la nueva ley, y se cumpliría durante décadas sin demasiadas objeciones.
Pero al verdadero ruido no lo produjo la industria, sino algunos autores como Chaplin o Eisenstein que supieron hacer uso del silencio. Un silencio selectivo, que podía eliminar sonidos principales y quedarse con otros aparentemente menores, o, más radical aún, borrar todos los sonidos e incorporar otros inexistentes en ese contexto. En la ruptura con la sincronía, estandarte de la industria, estaba la clave. El ver y el escuchar podían no ser paralelos, no ser tangenciales, podían, incluso no tocarse nunca. El sonido, a partir de entonces, no sería más un parche o un suplemento, sino su artífice. El sonidista evolucionaría del mismo modo a la categoría de autor. Desde entonces, el cine, al igual que nuestra memoria, hace uso de la opción de callar todos aquellos estímulos innecesarios, y destacar esos que son suficientes para materializar y llevar a la conciencia tanto sentimientos como ideas.
Así como la memoria selecciona, distorsiona y reordena, el cine aprendió a utilizar el sonido no como una transcripción fiel del mundo, sino como un instrumento sensible para recrearlo. El silencio, el ruido y la música no son simples añadidos, sino decisiones que revelan una mirada. El diseño sonoro, entonces, no sólo acompaña: piensa, siente y sugiere. Y en ese gesto, el de elegir qué se escucha y qué no, se parece, más que nunca, al arte de recordar.




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