
I. Cifras que gimen
Arismenti siempre fue un genio entre mortales. Estudiante de contabilidad, joven disciplinado, de mirada profunda y cálculos más veloces que cualquier software. Dominaba las finanzas como otros dominan sus pasiones. Pero lo que pocos sabían era que su otra vida transcurría entre decibeles y vibraciones: los fines de semana se sumergía en competencias de sonido automotriz, donde la potencia de los parlantes era casi religiosa.
Todo cambió el día que recibió aquel mensaje.
Sin remitente. Sin saludo. Solo una frase:
“Tus talentos han sido seleccionados para una labor superior”.
Abajo, la dirección de una empresa que jamás había visto. Dudó, pero algo lo empujó. Como si sus propias decisiones ya no le pertenecieran.
Al llegar, lo recibió una secretaria con sonrisa de mármol. “Bienvenido, Arismenti. Te estábamos esperando.” El edificio era elegante, pero algo olía mal. No a podredumbre… era el aroma metálico del hierro caliente. Lo ignoró.
Firmó el contrato sin leerlo. Se sintió… observado.
Como si su alma hubiera dejado una copia al carbón.
II. La empresa de las sombras
Sus días eran normales. Los informes fluían. Los errores desaparecían como por arte de magia. Pero había algo extraño: nadie salía del edificio. Las ventanas no mostraban paisaje alguno, solo oscuridad. Y sus compañeros eran demasiado perfectos. Sonrisas sin alma.
Felicitaciones mecánicas. Uno de ellos le dijo una vez: “Nos haces más eficientes, Arismenti. Gracias por tu orden.”
Él lo tomó como halago. Hasta que llegaron los libros rojos.
Una mañana, sobre su escritorio apareció una caja de registros sin remitente. Al abrirla, sus ojos se encontraron con un catálogo de piezas humanas: fémures, cráneos, pulmones clasificados por peso. Todo contabilizado, etiquetado y… balanceado.
Las cuentas que había estado administrando no eran financieras. Eran humanas. El infierno, excelentemente organizado.
III. La contabilidad del alma
Arismenti intentó gritar, pero su voz no salía. Intentó correr, pero sus piernas lo ignoraban. La oficina entera comenzó a desvanecerse en humo oscuro. Los cubículos se derritieron como carne, los ordenadores sangraban datos corruptos. En una esquina vio a un compañero reconfigurándose en una silueta de carne, cables y dolor.
Salió corriendo, finalmente liberado de esa prisión ilusoria. El edificio se desintegraba tras él. Y entonces vio… su cadáver.
Estaba junto al coche con el que había competido en su última prueba de sonido. El parabrisas incrustado en su pecho. El amplificador todavía vibraba, como si su alma aún gritara dentro de él.
Estaba muerto.
IV. El gerente infernal
“Muy buen trabajo, Arismenti”, dijo una voz detrás de él.
Una figura se reveló: traje negro, reloj ensangrentado, sonrisa pulida. “¿Crees que todo termina con la muerte? Para seres útiles como tú, esto es solo el inicio.”
Era el Diablo.
Pero no el demonio de los cuentos. Este tenía elegancia, carisma… y una visión empresarial del sufrimiento. “Tus habilidades son excepcionales. Hiciste eficiente la contabilidad del purgatorio. Organizaste el dolor.
Categorizaste la miseria. Y lo hiciste con pasión.”
Arismenti retrocedió. “¡Yo no quería esto!”
El Diablo rió. “¿Seguro? Te sentiste admirado. Respetado.
Eras importante. Hasta que viste lo que realmente hacías. Pero dime… ¿fue tan distinto al mundo de los vivos?”
V. La auditoría final
Ahora, atrapado en un limbo contable, Arismenti revisa eternamente los saldos de los condenados. Cada alma tiene un número. Cada lamento tiene su reporte. Ya no siente miedo. Solo vacío.
A veces recuerda su vida pasada: los parlantes rugiendo, la adrenalina, el aire vibrando… Pero esos recuerdos se distorsionan, convertidos en frecuencias de tortura que resuenan en los pasillos del infierno.
Hay algo peor que morir: descubrir que incluso tu talento es propiedad del Diablo.
Por Aneudy Valdez R.




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