El cine y el amor son dos cosas que fueron, van y siempre irán de la mano. Esto debido a que el cine es un arte y, como todo arte, tiene el rol de explorar las emociones. El amor es una de esas emociones que a los seres humanos nos atraviesa tan fuertemente, que provoca que tengamos la necesidad de manifestarlo, no solo desde la palabra, sino también desde la imagen.
Yo, en lo personal, me considero lo que muchos llaman una hopeless romantic, no puedo evitarlo: Amo las comedias románticas, lloro con todas las películas de amor con monólogos tiernos y, aunque luego reconozca que es necesario, me entristezco cuando me doy cuenta de que dos personajes que amo no van a terminar juntos. Esto me ha llevado a ver una cantidad infinita de películas que hablan sobre el amor, cada una con una mirada distinta.
El cine es un reflejo de la vida real, por lo que en él hay tantas miradas y opiniones sobre el amor como personas en el mundo. Pero, hay un factor común que une a todas esas películas de amor que colecciono en mi memoria: En todas ellas, la mayoría de las veces, aunque no nos demos de cuenta en un principio, todas las decisiones que los protagonistas toman están tomadas desde el amor. Quedarse, irse, renunciar o acompañar son todas decisiones que, a pesar de que deriven en un final no tan feliz, salen directamente desde el corazón. Deseando o suponiendo que será lo mejor para aquel al que amas con toda el alma.
Es cierto que, por mucho tiempo y hasta mediados de los 2000, el amor en el cine se presentaba como un típico cuento de hadas en el que, si bien había complicaciones, todo siempre terminaba con un beso bajo la luna, una boda a lo grande y un “felices por siempre”.
Es cierto también que, después del 2010 y hasta la actualidad hubo un auge de películas románticas que no terminaban con ese final feliz al que estábamos acostumbrados. Las separaciones, los enrredos y los finales que nos hacen lagrimear un poco inundaron las pantallas. Pero decir que esto es algo de la “era moderna” del cine, es quitarle merito a otras producciones que fueron pioneras en esto.

Un ejemplo es Casablanca, una de las películas más icónicas de la historia del cine. En ella se nos cuenta la historia de Rick, el dueño de un café en Marruecos que toma la decisión de ayudar a escapar a su gran amor, Ilsa, junto a su marido, de los nazis. Desde un principio, podemos darnos cuenta de que los protagonistas no van a lograr estar juntos, por muchas esperanzas que nosotros tengamos de que sí lo logren. “Siempre tendremos Paris” le dice el personaje de Bogart al de Ingrid Bergman justo antes de dejarla ir, sabiendo que ese es el gesto de amor más grande que puede hacer por ella, aunque conlleve perderla para siempre.
Setenta y cuatro años antes de La la land y en un momento en el cual el cine estaba repleto de finales felices, Casablanca nos demostraba que, a veces, amar significa saber deja ir. Y, a su vez, que dejar ir no necesariamente significa olvidar o dejar de querer. Así como en Casablanca Rick le dice a Ilsa que siempre tendrán Paris, La la land nos deja la frase “I'm always gonna love you” y nos demuestra que es así. Que ese amor que pareció haber quedado en ese banquito frente al observatorio Griffith, en realidad siempre se mantuvo en el corazón de ambos y reaparece cuando años más tarde se encuentran y, al mirarse, parece que solo existen ellos y esa hermosa canción.

Pasaron los años y llegaron los 90 y los 2000, las comedias románticas dominaban las pantallas: Pretty woman, Clueless, How to lose a guy in ten days y muchas más. Todas seguían una formula clara: conflicto, química, crisis, un gran gesto de amor y un final feliz. Se nos muestran historias mágicas en la cual los protagonistas deben transformarse para tener ese gran final, historias donde el amor siempre gana.
Pero, en el medio de esa época repleta de clichés, aparecen dos películas que, al igual que Casablanca en su momento, desafían estos conceptos.
Por un lado, tenemos La Boda de mi Mejor Amigo. Una película que con su título ya nos está diciendo que no va a terminar como esperamos, que él es el mejor amigo y nada más. Pero, como espectadores, siempre tenemos esperanzas.
Durante la película, Julianne se comporta desde un lugar egoísta, intentando sabotear la boda de su mejor amigo porque no soporta verlo con otra. Pero en lugar de premiarla con un final feliz junto a él, la película elige otro camino. Julianne termina sola, pero reconciliada con su error, y en un gesto de amor (no de pareja, sino de amistad) lo deja ir para que sea feliz con una persona que si lo merece. Es una historia que muestra que amar también puede significar no tener lo que uno quiere, y que el vínculo más fuerte no siempre es el romántico.

Por el otro lado, aparece Before Sunrise, en la que se nos cuenta la historia de Jesse y Céline. Dos jóvenes que se conocen en un tren y pasan toda una noche juntos caminando por Viena. En el poco tiempo que pasan juntos, forman una conexión bellísima y real. No vemos grandes gestos de devoción ni tampoco promesas eternas, mucho menos, grandes confesiones. Al final, se separan y nos sabemos si sus caminos se volverán a cruzar o todo quedara en ese encuentro, tan corto y tan significativo a la vez. Así, la película nos muestra otra forma de amar. Nos muestra que el amor no siempre es un destino, no siempre tiene que ser eterno, sino que podemos verlo como experiencia, como un aquí y ahora. Y que esa forma de verlo también es mágica, a su manera.

Actualmente, parece que la industria está comprometida a mostrarnos historias que le escapan a esos finales de cuentos de hadas. Historias como Past Lives, Call me by your name o Blue Valentine demuestran que el amor no garantiza el estar juntos por siempre.
Sin embargo, también aparecen otras películas que encuentran un punto medio, logrando mostrar la calidez y lo hermoso del amor con una mirada más realista. Una de ellas es Set it up (una de mis comedias románticas favoritas). En ella se nos cuenta la historia de Harper y Charlie, dos asistentes que trabajan para unos jefes tan exitosos como explotadores. Un día, agotados de tanto trabajar, se les ocurre hacer que sus jefes se enamoren, así pasarían menos tiempo en sus respectivas oficinas y ellos tendrían más tiempo libre. En el medio de ese loco plan, ellos se acercan y se conocen más, entablando un vínculo.
La película busca que entendamos el amor como una construcción, no como algo planeado por el destino. Charlie y Harper van construyendo su vínculo de a poco, a partir de momentos compartidos, de risas y de conversaciones profundas. A lo largo de la película, ambos tienen conflictos, tanto internos como también con el otro, pero se siguen eligiendo. Y no desde un lugar de necesidad o idealización sino desde un lugar mucho más real: Entendiendo que el otro no es perfecto y no debe de serlo, eligiéndolo con sus contradicciones, sus temores, sus aspiraciones y sus sueños.

Esta idea queda muy clara en un monologo que la mejor amiga de Harper hace durante la película y que, para mí, resume la idea del amor en todas sus formas: “You like because, and you love despite”. Nos gusta alguien por diversas cualidades buenas que puede tener, pero lo amamos a pesar de todos los defectos que le encontramos.
En una era en la que el amor propio y el individualismo mantienen limites difusos entre sí y todos queremos encontrar un amor que se adapte perfectamente a nuestros términos y condiciones, Set it up nos recuerda que amar no se trata de buscar a alguien que encaje perfectamente con nuestra idea de una pareja ideal, sino de poder ver al otro en su totalidad, con todas sus facetas, buenas y malas y aun así elegirlo.
Harper y Charlie terminan juntos, sí, pero no por eso renuncian a sus pasiones. Por el contrario, Charlie se da cuenta de lo vacío que se sentía en su trabajo y decide empezar de nuevo, mientras Harper por fin comienza a animarse a escribir, algo que siempre postergo por miedo a no ser lo suficientemente buena. Ambos se acompañan mientras persiguen sus sueños y crecen, individualmente y como pareja.
Set it up nos deja todos estos mensajes hermosos y por eso, creo yo, que es la mejor película para definir el punto al que quiero llegar: Se puede amar profundamente a alguien y, no por eso, renunciar a tus sueños o aspiraciones personales. Ambas cosas pueden convivir, ambas cosas pueden funcionar juntas, porque amar no se trata de entregar todo por el otro y tampoco de dejarse ir por creer que solo se puede crecer en soledad.
A veces es necesario establecer prioridades, eso lo entiendo muy bien, después de todo, sigo siendo la fanática número uno de Damien Chazelle. Pero incluso esas decisiones dolorosas, son tomadas con el corazón y no nos prohíben seguir sintiendo, aunque el tiempo pase. Otras veces, hay espacio para quedarse y lograr construir algo juntos. Siempre puede haber un punto medio y ese punto es donde el amor se transforma y se vuelve real.
En definitiva, lo que todas estas historias, desde las más clásicas hasta las modernas, nos enseñan, es que el amor puede no ser siempre lo que creemos. A veces puede traernos felicidad, otras veces tristeza. A veces puede durar toda la vida y otras, solo una noche. Puede ser romántico, amistoso, silencioso, puede tener miles de formas distintas, pero lo importante es que sea real.
El cine, a lo largo de la historia, nos invita a ver el amor en todas sus formas, demostrando que no todo se resume en juntos por siempre o separados, mucho menos en, éxito personal o vida amorosa. Hay un punto medio en el cual podemos entender que, sin importar como terminen las cosas, lo importante es que sucedieron, que hubo amor y que hay amor en todas las decisiones que hicieron que los protagonistas llegaran al final que tuvieron.
Así fue como el cine me enseño que en el amor nada es blanco o negro, sino que todo es una escala enorme de grises y, la mayoría de las veces, en esos grises se encuentran todos los gestos de amor verdadero. No idealizado ni de cuento de hadas, sino de amor real, ese que no promete perfección, pero si conexión, honestidad y elección.


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