Definir los horizontes de la modernidad resulta difícil. Para algunos, la modernidad se remite exclusivamente a la actualidad, lo cual excluye al cine de antaño, sin embargo, la modernidad implica también avance en las perspectivas de un tema. Jean Louis Trintignant protagoniza un par de cintas que invitan a reflexionar sobre ciertos matices del amor que han sido relevantes en el pasado y en el presente.
Un homme et une femme (dir. Claude Lelouch, 1966), coprotagonizada con Anouk Aimée, narra el encuentro entre dos viudos, Anne y Jean Louis, que coinciden una tarde de fin de semana en el internado donde cuidan a sus respectivos hijos. Ella ha perdido el tren y, gracias a la intermediación de alguien del colegio, consigue que Jean Louis la lleve en su carro de regreso a la ciudad. En el camino, Anne habla de su marido como el gran amor de su vida, como sí todavía viviera. Sólo al final del trayecto, Jean Louis descubre que ella, como él, también vive la viudez. Así surge el tema que aborda la película: ¿cómo puede surgir el amor entre dos seres que han vivido y perdido abruptamente el objeto de este profundo sentimiento? Ambos seres se han entregado por completo a su papel de padres, sus ocupaciones apenas les permiten convivir con sus hijos los fines de semana y rehacer la vida sentimental parece no ser una prioridad.
Tráiler de Un homme et une femme (dir. Claude Lelouch, 1966)
Una simple coincidencia acercó a Anne y Jean Louis. No fue un encuentro espectacular ni amor a primera vista. Una conversación casual es la que despierta el interés entre dos corazones heridos que prefieren mantenerse reservados. Poco a poco, la química va surgiendo, pero los fantasmas de los quereres pasados no permiten que la relación fluya. Cuando uno ha perdido al que idealmente se consideraba como la pareja definitiva, inconscientemente, surgen sentimientos encontrados entre la fidelidad a una memoria o dar la oportunidad a alguien más sin hacer comparaciones. Una enorme dosis de sensatez, como la de Jean Louis, es necesaria para que una relación, en las que ambas partes necesitan reconstrucción emocional, pueda prosperar, para que cada uno pueda resignificar el sentido de su vida. Mención aparte merece la partitura de Francis Lai que enmarca de manera memorable esta historia filmada hace casi sesenta años. Siguen habiendo muchos corazones rotos ávidos de sanar de lo que el destino les ha arrebatado inesperadamente. El amor no necesariamente germina de una semilla, sino también de tallos que han sobrevivido duros temporales.
Trintignant nos vuelve a sacar de idealismos para hablarnos del amor en el invierno. La vida en pareja atraviesa por distintas etapas y la última puede resultar muy dura. El amor puede ser inmortal, no así los cuerpos de los amantes. Si las parejas corren con la suerte de la longevidad, también es una realidad que en la senectud aparecen las enfermedades degenerativas. En Amour (dir. Michael Haneke, 2012), coprotagonizada con Emmanuelle Riva, se narra la historia de dos profesores de piano: Anne y Georges. Ya retirados, Anne manifiesta un primer estado de catatonia que la conducirá gradualmente a una hemiplejia. Anne va perdiendo facultades y se va haciendo dependiente para sus necesidades más básicas. La degradación física no es tan dolorosa como la mental. Los rostros se empiezan a confundir y el comportamiento se torna hostil hasta para con los seres queridos. Es en estos momentos cuando el amor se somete a prueba, donde aquella promesa de lealtad al momento de contraer nupcias requiere hacerse más efectiva que nunca. Como en La Metamorfosis, de Kafka, Anne se ha transformado en un insecto que desgasta a los seres a su alrededor. Aunque Georges recurre a los servicios de enfermeras, ellas evidencian la falta de empatía ante pacientes con los que no mantienen ningún tipo de lazo. Georges, al igual que el personaje de Jean Loius en Un homme et une femme, debe someterse a un momento de sensatez para reconocer el estado de su pareja y tomar una decisión que implica reconocer el propio ocaso.
Escena de la película Amour (dir. Michael Haneke, 2012)
Las películas sobre la búsqueda del amor abundan a granel y difunden una concepción romántica, por no decir ingenua. Pareciera que el enlace, ya sea con el matrimonio o con la simple decisión de mantenerse juntos, fuera la culminación del amor cuando esto es sólo el principio. Los afectos emergen de par en par, al menos es la idea generalizada, pero estos pares son diversos en identidades y circunstancias. Trintignant nos ha ejemplificado que el amor puede ser reconstrucción y también solidaridad hasta el fin del propio tiempo, concepciones que no han pasado de moda.




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