La decepción no siempre nace de la mediocridad. A veces, lo más desgarrador es ver cómo algo que pudo ser brillante termina enterrado bajo toneladas de decisiones equivocadas. Hancock no es una mala película. Es peor: es una buena película que traiciona su propia promesa. Una que arranca con una premisa fascinante, una ejecución valiente y una sátira social camuflada de comedia, para luego desbarrancarse en una maraña de mitología confusa, reescrituras cobardes y decisiones editoriales dictadas por el miedo a la complejidad.
Cuando vi Hancock por primera vez, pensé que estaba a punto de presenciar una rareza hermosa: una película de superhéroes que no quería ser franquicia ni tributo, sino una pieza única y agridulce. Y, de hecho, durante sus primeros 45 minutos, lo es. Un superhéroe alcohólico, sin hogar, con una vida hecha trizas y una actitud que bordea el nihilismo, interpretado por Will Smith en uno de sus papeles más arriesgados. Hay algo profundamente subversivo en esa imagen inicial: no es el héroe noble de mandíbula firme, sino un hombre roto que salva vidas con desgano, como si fuese una carga más.

El problema es que Hancock no tuvo el valor de llevar esa idea hasta el final.
La historia detrás de la película es, en sí misma, un microcosmos de lo que ocurrió con Hollywood en la transición de la era de las estrellas a la era de las franquicias. Dirigida por Peter Berg, venía del éxito dramático de Friday Night Lights, Hancock parecía el intento de crear una mitología propia, alejada de los grandes universos cinematográficos que ya empezaban a dominar el panorama. A finales de los 2000, se empezaba a desdibujar la era en la que una sola estrella como Will Smith podía arrastrar millones al cine solo con su nombre. Las marcas, los universos, los crossovers se estaban volviendo la nueva fórmula. Hancock, entonces, representa un último estertor de esa vieja escuela: un superhéroe original, no basado en cómics previos, sostenido únicamente por el carisma de su protagonista.
Y, por momentos, funciona.
La idea original del guion, escrita en 1996 por Vincent Ngo bajo el provocador título Tonight He Comes, era mucho más oscura. Hancock era un superhéroe casi villanesco, impulsado por obsesiones y con un comportamiento errático, incluso violento. En esa versión, la historia giraba en torno a la relación destructiva entre un inmortal desquiciado y una mujer vulnerable (el personaje de Charlize Theron, que originalmente no tenía poderes). No era una historia de redención, sino de caída. Y aunque inquietante, poseía una potencia narrativa que habría hecho de Hancock una especie de Taxi Driver con superpoderes.
Pero Hollywood no tolera el riesgo cuando invierte dinero en estrellas. Así que, cuando Will Smith firmó, el guion fue sometido a un proceso intensivo de esterilización narrativa. Se le quitó la oscuridad. Se le restó ambigüedad. Se le subió la clasificación a PG-13. Y se trajo a guionistas como Vince Gilligan, quien intentó rescatar algo del espíritu original, antes de abandonar el barco. El encargo final cayó en manos de John August, cuya misión fue simplificar todo lo posible.
El resultado es un híbrido extraño, que empieza como sátira y termina como tragedia mal contada.
Durante su primer acto, Hancock plantea preguntas inteligentes: ¿qué pasaría si los superhéroes fuesen figuras marginales en lugar de ídolos? ¿Cómo lidiarían con la depresión, el odio público, la falta de propósito? ¿Qué pasaría si el mundo simplemente no quisiera ser salvado por alguien que no encaja en el molde del héroe? Es una premisa madura y potencialmente devastadora, que Smith interpreta con brillantez en su fase más cínica.
La aparición del personaje de Jason Bateman, un publicista idealista que ve en Hancock un diamante en bruto, refuerza la idea de que la película se convertirá en una crítica a la mercantilización de la imagen. Hay sátira aquí, hay crítica: el héroe como producto, la bondad empaquetada y vendida como branding. El disfraz de Hancock, con su evidente parecido a los uniformes negros de X-Men, no le queda. Y ese es el punto. Se le impone una estética heroica para que encaje, no porque lo necesite, sino porque el público lo exige.
Pero entonces, todo se derrumba.
El cambio de tono que ocurre alrededor del minuto 50 es tan abrupto que parece que entramos en otra película. De pronto, descubrimos que Mary (Charlize Theron) también tiene poderes. Que ella y Hancock han vivido durante miles de años como seres inmortales. Que fueron pareja, pero se separaron porque, al estar juntos, pierden sus habilidades. Y que esa debilidad compartida los hacía blanco fácil de cazadores de dioses en la antigüedad.
¿Es una mala idea? No necesariamente. En otro contexto, con otra construcción narrativa, podría haber sido épico. Pero aquí se siente insertado a la fuerza, como un tercer acto de emergencia. La mitología aparece sin construcción previa, desplaza la trama inicial, y obliga al espectador a reajustar todo lo que había entendido. Como si alguien hubiera cambiado de canal sin avisar

La historia sobre el alcoholismo, la alienación, el cinismo, y el proceso de reintegrarse al mundo desaparece por completo. Lo que queda es una mitología incompleta, que no interesa ni al guion ni a los propios personajes. Lo que prometía ser una comedia negra sobre el fracaso de los superhéroes, termina siendo un drama de inmortales enamorados cuyo clímax se resuelve con golpes.
Y así, Hancock representa una oportunidad desperdiciada, no por falta de talento ni de ideas, sino por una profunda falta de convicción narrativa. Quiso gustar a todos, y terminó sin satisfacer a nadie.
Hay una versión de Hancock que pudo haber sido inolvidable. Una sátira feroz, una tragedia de poder y abandono, un estudio de personaje real disfrazado de película de superhéroes.


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