En esta ocasión, nos adentramos en un mundo maravilloso, colorido y esplendoroso como es el mundo del circo. Con el documental Una vez, un circo (2025), la realizadora Saula Benavente, nos invita a viajar en el tiempo, a un pasado más brilloso, a conocer el Circo de Moscú con todas sus implicancias. Este documental se puede ver actualmente en nuestro querido Cine Público El Cairo, en la ciudad de Rosario.
Particularmente, la historia nos llevará a aquel momento en que el circo desembarcó en Argentina para desplegarse durante algún tiempo a través de los años. Un circo de la Unión Soviética (en aquel entonces) en época de Guerra Fría arribando a una Argentina de 1966 y sus posteriores visitas; un contexto extravagante para un apuesta que acompañaba en su esencia.
Con animales de todo tipo y personas desplegando sus talentos en el suelo como así también en el aire, veremos una serie de imágenes en el recuerdo de aquellos que formaron parte del gran Circo de Moscú, albergue de un cuerpo artístico talentoso, de destrezas, de pasiones y escenas mágicas dentro de un domo, de una carpa, que resguarda de la realidad exterior. En la hoy Rusia se fomentó la cultura del circo desde hace más de 100 años, volviéndolo una atracción popular y un trabajo estable (como empleado estatal) para aquellos que participaban de él. Un espectáculo que nació nómade, de pueblo en pueblo, fue primero asentado en la Moscú y, a partir de los años 50, comenzó a girar por distintas partes de Europa y el continente americano, entre ellos nuestro país.

Bajo el sello de la productora EL BORDE, conformada por Benavente, los realizadores Albertina Carri y Diego Schipani, Una vez, un circo es motivo de viaje al pasado. Vale preguntarse por qué una realizadora argentina se interesó por estas hazañas. Su padre, Saulo Benavente (1916-1982), fue en responsable de que aquellos ciudadanos de Buenos Aires pudieran disfrutar de tamaño espectáculo, y también la razón de que Saula pueda compartirnos estas imágenes de archivo tan nítidas; claro, forman parte del acervo familiar. Saulo fue un gran escenógrafo de teatro y cine. Saulo, que en aquel entonces presidía el Instituto Internacional de Teatro, y haciéndose pasar por un experto en circo, logró que el espectáculo de Moscú pudiera venir a nuestras tierras. Saula, desde pequeña, estuvo en el detrás de escena de estos espectáculos que, durante un tiempo, fueron parte de su vida cotidiana. Ella refiere en entrevistas con el motivo del estreno de este documental que, Carlos Garaycochea, productor del mismo e hijo de productor, se acercó a ella con archivos valiosos de aquellos tiempos circenses. Posteriormente, se encauzaron en la pandemia -y en medio de la guerra entre Rusia y Ucrania- en el desarrollo de lo que hoy vemos como obra terminada, un registro tierno y político sobre el tránsito del Circo Estatal de Moscú.
Los testimonios van desde el Zurdo Roizner, reconocido compositor que trabajaba en la música del circo ruso, intérpretes que eran niños cuando participaban del espectáculo, acróbatas retirados y directores de circo. Incluso el gran Pipo Pescador comparte sus anécdotas desde una mirada tierna y preciosa.

Una de las intérpretes de aquel circo refiere que este espectáculo era, en aquel momento, entendido como una salida de “alta cultura”. Hoy quizás esa referencia nos sea extraña, en tanto los circos han ido desapareciendo o decayendo en su calidad. No podríamos decir hoy que, en nuestra zona, sea una de las primeras formas de entretenimiento que se nos venga a la mente cuando pensamos en una salida cultural.

Niños protagonizando cuadros circenses y animales amaestrados siendo las estrellas del espectáculo. Claro está, hoy la realidad es diferente. El maltrato animal nos ha modificado nuestro modo de ver el mundo y vincularnos con los animales, por tanto, no podría replicarse algo así ni aunque se deseara: el mundo ha cambiado. En determinado momento, el documental mismo reflexiona sobre este punto, disgregando la noción de violencia animal y analizando el modo de actuar de aquellos tiempos ya pasados. Algunos orgullosos y otros avergonzados por haber formado parte, las opiniones conviven respecto a este punto que, claro está, no era sólo terreno del circo.

“Concentración, fuerza, disciplina” refiere una de las acróbatas retiradas, cuya belleza estética todavía se observa a pesar de los años. El rigor del circo pareciera haberla marcado, su voz recuerda con cierta nostalgia y alivio de haber dejado esa puesta del cuerpo atrás. Mientras, muestra fotos de su juventud, de sus opulentos trajes y maquillajes ostentosos, de un paso del tiempo certero.

Con imágenes de archivo, Benavente ubica necesariamente ese vaivén entre pasado y presente y su devenir, su cambio inevitable, para precisar las realidades abismales ante las que nos vemos interpelados con las imágenes. El contrapunto con la actualidad refiere también una arquitectura opulenta que ha virado en su materialidad, mas no en su efecto.

Al ver estas imágenes uno necesariamente se conmueve, más allá de no tener interés por el circo como espectáculo o haber frecuentado alguno en su infancia. Algo de esa opulencia hace de este espectáculo un arte, y probablemente jamás hayamos tenido esta concepción del circo en nuestro país. La arquitectura, la obra pictórica que la envuelve y los grandes escenarios en el centro cual ring de boxeo, hacen de esta atracción una experiencia estética y sensorial.
Bien podría ser el circo que Béla Tarr construye en Las armonías Werckmeister, un circo paralizante, amenazante y mortífero. Es más bien, lo que Fellini podría haber hecho de un circo, un espectáculo donde prima la belleza y la sensibilidad, la ternura y la pasión visual.

“Acá no se suspende”. Queda en claro que, ante una época política álgida, los precursores y productores culturales apostaban a continuar trayendo espectáculos y fomentar el encuentro. Ceder sería debilitarse.
Por supuesto, los payasos tampoco faltaban. Bien podríamos decir que, en nuestro imaginario, la figura del payaso es la que más rápido asociamos al espectáculo circense. Oleg Popov (1930-2016, Rusia), fue el mayor exponente del Circo Estatal de Moscú. Conocido como “el Chaplin ruso”, incluso realizó algunas películas en cine.
Los diferentes interlocutores rusos que aquí refieren sus experiencias, relatan aquellos momentos en que tuvieron que desertar desde Buenos Aires y ser obligados a trasladarse a Estados Unidos. Desde el presente de cada uno, los ex participantes del Circo reflexionan sobre la Perestroika, la reforma soviética que inició en 1985, con el fin de modernizar la Nación y la posterior caída de la Unión Soviética. En ese punto, el brillo de las mallas de las acróbatas se va opacando, y la mirada política toma lugar, en retrospectiva. “comenzó un caos” refiere uno, “ahora lo entiendo, antes no entendía” refiere otra. Entre tantas miradas, cierto es que fue un momento en que para ellos, el circo bajó el telón, y el modo que tenían de vivir tuvo que modificarse forzadamente. Luego de que la Unión Soviética se dividió, el circo tal como se lo conocía dejó de existir. Dicen las lenguas que el canadiense Cirque Du Soleil se erigió como tal luego de que el Circo de Moscú perdió lugar por la coyuntura política. Imitando números y escenas, fue posicionándose como espectáculo innovador, quizás sin que sepamos que antes, existió este otro Circo, imponente y popular.
Así, la dura realidad sociopolítica provocó que el circo dejara de ser una atracción popular y cotidiana para las familias, a pesar de ser entendido como algo de alta cultura, como una de las entrevistadas manifiesta. Vale la pena, entonces, hacerse lugar y mirar estas huellas audiovisuales para ubicar mejor algunas épocas contrariadas, entre tanto color y opresión.





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