Diamant Brut es un cuento de princesas que poco tiene que ver con las versiones anteriores sobre los sueños de una chica de diecitantos. Si bien esos relatos remiten a generalidades y desprendimientos de época, los anhelos de gran parte de la juventud actual distan bastante de los ideales de generaciones anteriores: hoy, soñar está más ligado a alcanzar un número visible —seguidores, visualizaciones, likes— y a la posibilidad de hacerlo público, que a una satisfacción personal o íntima, lo que habilita la pregunta sobre la veracidad de un hecho si no hay un posteo que lo respalde.
Vivimos en un mundo medible, cuantificable y subordinado al algoritmo. Un mundo en el que instituciones legitimantes y formadoras de deseo —medios, redes, lógica del mercado— bombardean constantemente con necesidades prefabricadas. Pero lo cruel y brillante del sistema es que contiene su propio circuito cerrado: las falsas necesidades son creadas por los mismos que ofrecen las soluciones supuestamente redentoras.
Todo esto me obliga a ponerme un poco jamesoniano, al advertir que lo disidente o rupturista también es cooptado por la cultura, dentro de la lógica capitalista que todo lo digiere. Claro que, como también señala el autor, es fundamental advertir las fisuras de los sistemas para poder operar desde adentro, y es justamente ahí donde quiero ubicar a Liane, la protagonista de esta película, el diamante en bruto: alguien que intenta modificar el sistema desde su núcleo para lograr su objetivo. La pregunta que se desprende es si ella tiene plena consciencia de estar haciéndolo.
Recapitulemos: Liane tiene el sueño de ser influencer y, de algún modo, ya lo cumple, dado que es activa en redes, marca tendencia y tiene seguidores y haters. Lo que le falta es la parte más difícil: convertir todo eso en ingresos. Como aún no cuenta con marcas interesadas en ella, decide presentarse a un casting para un reality show, usando su cuerpo y sus números —likes, visualizaciones, comentarios— como currículum. Sus amigas circulan en el mismo ecosistema, pero ella es distinta: tiene claro su objetivo y está dispuesta a todo para alcanzarlo.

Me preguntaba si ser influencer constituye una nueva profesión y pensé que, al fin y al cabo, implica una venta de fuerza de trabajo a cambio de dinero. Después podemos discutir miles de otras cuestiones, pero hay una relación directa entre tener seguidores y generar ingresos. Tal vez lo que reste saber es cómo aprender a usar esa llegada, si se trata de crear contenido o venderlo; si lo que se ofrece son promociones o si, directamente, el cuerpo se convierte en mercancía. Algún baile de moda, un challenge o una intervención quirúrgica. Todo por y para la fama, pero sin mensaje ni sostén: una exposición constante, un estado de vivo permanente, de pura inmediatez. Algún lugar que ocupó el arte hace muchos años pero con una o varias motivaciones detrás, para luego convertirse en puro concepto.
El debut cinematográfico de Agathe Riedinger retoma elementos de uno de sus cortometrajes anteriores, J'attends Jupiter (2019), donde una chica —también llamada Liane— tiene como máximo deseo ser convocada para un reality show. El personaje que interpreta Malou Khebizi, oriunda de Marsella, en su primer gran papel, comparte nombre y objetivo con su antecesora. Solo que cuatro o cinco años son una eternidad en un mundo que avanza a velocidades inusitadas.
El contexto la sitúa en un barrio dentro de Fréjus, Var, al sur de Francia, donde vive y pelea con su madre y cuida a su hermana menor, de quien está prácticamente a cargo, convirtiéndose en una suerte de modelo a seguir para la menor.

El deseo de Liane es contradictorio: presa de un mundo de métricas y números, busca una voz propia capaz de desafiar —según las reglas del juego que conoce— el orden dominante. Aunque no sepamos si lo hace con plena consciencia, lo cierto es que se muestra firme, con una idea clara y una estrategia. Conoce cómo funcionan las plataformas y cuenta con un blindaje emocional fundamental para moverse en el universo despiadado de las redes.
Tal vez la pregunta sea si hace lo que puede con lo que tiene, o si en realidad busca hackear el sistema que tanto admira, entrando y saliendo según le convenga. Y si todo lo que hace apunta a sumar seguidores, entonces es una experta. Pero también está atravesada por una realidad compleja: sin ingresos estables más allá de la venta de objetos robados, con vínculos amorosos conflictivos y sueños que se frustran.
No obstante, hace oídos sordos a los ataques en redes y se fortalece con los mensajes de aliento. La película apela al texto en pantalla, como forma directa de interpelar al espectador, con la velocidad propia de estos tiempos y el lenguaje característico de la inmediatez.
A casi veinte años del estreno de Little Miss Sunshine, y con Sean Baker entre los directores más relevantes del presente, Diamant Brut condensa elementos de ambos: porque soñar no entiende de barreras, y el vínculo con la prostitución sobrevuela gran parte del relato. La cámara vuelve a esos barrios olvidados, donde las urgencias cotidianas pasan por evitar un desalojo o lograr que los menores jueguen, en vez de escuchar lo que aún no deberían escuchar.
Liane sueña con volar alto, y nada parece detenerla. En el medio, unos días de su vida entre romances, boliches, shoppings y videos de TikTok. Una película de bordes y límites; de caminatas por la banquina en zapatos de taco, esos que lastiman pero por los que vale sufrir si generan seguidores o likes. Un mundo donde la imagen lo es todo y nadie se detiene a ver qué pasa detrás. Un mundo visual, breve y en formato vertical, porque hoy parece que vida es solo aquello que se puede scrollear.



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