Si yo fuera niño diría que los dinosaurios no estarían escondidos en libros de ciencia o museos fríos. No señor. Estarían caminando por las calles como estrellas de Hollywood, con sus patas gigantes haciendo temblar el suelo y sus rugidos sonando como los tambores antes de una gran aventura.
Imagínate que te despiertas en la mañana, y en vez de escuchar a los pajaritos, escuchas el bramido de un braquiosaurio en tu jardín comiéndose las hojas del árbol de mango. Mi mamá me diría: “¡Ve a alimentar al triceratops antes de irte al colegio!” Y yo correría con una canasta de sandías porque, según mi libro favorito, esos dinos son súper fans de las frutas jugosas.
Cada día sería como estar dentro de una mezcla entre Jurassic Park y Mi vecino Teófilo, pero con más babas y patas gigantes. Nosotros no iríamos al parque común, ¡iríamos al DinoParque! Allí podríamos acariciar a un estegosaurio mientras haces una merienda de galletas con forma de animalitos.
Olvidémonos de clases y charlas fastidiosas. Tendríamos profesores dinosaurios. El Sr. Velociraptor enseñaría historia antigua (“¡porque él la vivió!”), y la Sra. Pteranodón nos llevaría volando a excursiones por el cielo para ver cómo era la Tierra antes de que existieran las ciudades. ¿Exámenes? Nooo. Resolveríamos laberintos en la selva con ayuda del T-Rex para encontrar respuestas escondidas.
Los autobuses serían reemplazados por diplodocus con mochilas gigantes. Y si tenemos suerte, nos tocaría un paseo en quetzalcoatlus para llegar volando como en una película épica. Los carros no serían necesarios… bueno, excepto para escapar cuando el pachycephalosaurio se emociona demasiado con los juegos y empieza a romper cosas con la cabeza.
Los adultos tendrían que adaptarse. Habría semáforos gigantes para que los dinos aprendan a cruzar las avenidas. Los supermercados venderían fardos de lechuga tamaño familiar, y los zoológicos se convertirían en centros de entrenamiento para que los dinosaurios aprendan a convivir con perritos, gatos y abuelitas que les dan galletitas.
Los países harían alianzas Dino-humanas y habría embajadores como el Ankylosaurio, experto en seguridad, y el Parasaurolophus, que se comunicaría con sus cuernos musicales. Incluso creo que el clima mejoraría, porque los dinosaurios podrían reforestar bosques con solo caminar y dejar crecer plantas por donde pisan.
Si los dinosaurios vivieran hoy, el mundo sería más salvaje, sí… pero también más asombroso. Aprenderíamos de ellos a vivir en la naturaleza, a respetar lo antiguo y a imaginar un futuro donde la amistad entre especies fuera lo más importante. Porque a veces, lo que más necesitamos es mirar como lo haría un niño: con curiosidad, emoción y la certeza de que hasta un T-Rex puede ser tu mejor amigo si le das suficiente pizza.
Autor: Jorje Pirela

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