Los males del cine de superheroes 
He sido un acérrimo fan de los superheroes, de las dos grandes editoriales, desde que tengo memoria; mi habitación repleta de posters, comics y figuras me delata. Sus películas, series y, sobre todo, sus producciones animadas me han acompañado toda la vida. Pero cuando uno va creciendo, viendo más cine, y construyendo un criterio, a la hora de revisitar algunas de esos productos que tanto me emocionaban hace unos años, las ve con otros ojos, y termina por entender a los detractores.
El cine de superhéroes, y en particular el Universo Cinematográfico de Marvel (UCM), ha sido objeto de una intensa crítica por parte de cineastas, críticos y cinéfilos de hueso colorado que ven en su masificación un profundo daño al arte cinematográfico. Directores como Martin Scorsese han sido claros con su opinion, afirmando que las películas de Marvel “no son cine”, comparándolas más bien con parques temáticos: experiencias diseñadas para entretener (y si somos honestos, las últimas producciones de Marvel tienen suerte de llegar siquiera a la entretención). Uno de los principales argumentos es que el modelo del UCM ha instaurado una fórmula repetitiva y predecible que ha invadido gran parte del cine comercial, desplazando propuestas más arriesgadas, personales y artísticamente ambiciosas. Disney, entre su UCM y sus remakes de obras maestras animadas de Disney, ha creado tendencias que no son mas que un cancer para la industria. El auto canibalismo de la cultura pop, la explotación de la nostalgia, la homogeneización del contenido, donde todo parece construido en serie, siguiendo una línea de montaje narrativa que relega el desarrollo de personajes complejos y la exploración temática a favor de cameos, referencias y secuelas infinitas. La hegemonía del cine de superhéroes, encabezada por Marvel, ha cambiado no solo lo que se produce, sino cómo se consume cine: con menos paciencia, menor exigencia, y una atención cada vez más dirigida al evento que a la obra.
Marvel suele contratar a directores funcionales, cuyo principal rol es ajustarse a una fórmula preestablecida y acatar decisiones que vienen desde los productores ejecutivos y el estudio. En muchos casos, los directores son reemplazables y su estilo personal es prácticamente borrado en pos de mantener la “coherencia” visual y narrativa del universo compartido. Esto ha llevado a que figuras con trayectorias interesantes vean limitada su creatividad en estos proyectos, denunciando públicamente esta falta de libertad: Edgar Wright abandonó Ant-Man por diferencias creativas, y otros como Chloé Zhao o Sam Raimi han expresado que trabajar dentro del sistema de Marvel implica seguir parámetros tan estrictos que muchas veces el resultado final poco se asemeja a su visión original. En este esquema, el director pasa a ser casi un ejecutor técnico más, subordinado al montaje, al calendario del universo compartido, al comité de guionistas y a las exigencias del estudio en cuanto a duración, tono, y presencia de personajes clave. Lo que antes era una obra firmada por un autor, hoy se convierte en un producto colectivo, estandarizado, donde lo que importa no es el “cómo se cuenta”, sino “cómo se conecta con lo que viene después”.
Otros directores como Francis Ford Coppola o Ken Loach también se han pronunciado al respecto, criticando como estas películas han llegado a monopolizar casi por completo el espacio creativo del cine comercial, imponiendo una lógica de producción que —según ellos— poco tiene que ver con los principios del cine como expresión artística. Y, en el fondo, ¿realmente se puede decir que están equivocados? Si aceptamos que el cine es el séptimo arte —una forma de expresión que une imagen, sonido, montaje, actuación y visión autoral para transmitir—, y Disney básicamente elimina al artista… sus argumentos son difícilmente rebatibles.
El Universo Cinematográfico de Marvel, como franquicia, parece entender el medio como una prolongación del marketing. Su lenguaje cinematográfico es, en el mejor de los casos, funcional y limitado; en el peor, directamente inexistente. Aun así —y esto también hay que decirlo— es una fórmula que funciona, que atrapa, que ha logrado enganchar incluso a quienes somos críticos de su modelo.
Y como era de esperar, el enorme éxito de Marvel marcó el rumbo de toda la industria, haciendo que la competencia directa, DC, no tardara en intentar replicar el formato del universo compartido
El Fallido DCEU

El DCEU (DC Extended Universe) fue la apuesta de Warner Bros. por construir un universo cinematográfico cohesivo con los personajes de DC Comics, siguiendo el modelo del UCM. Inició oficialmente con Man of Steel (2013), dirigida por Zack Snyder, quien también se posicionó como la figura creativa central en los primeros años del proyecto. A diferencia de su competencia, Snyder abandonaba la comedia en pos de la seriedad extrema; adoptaba un estilo épico reconocible, con una identidad visual propia. Sin embargo, desde sus comienzos, el DCEU enfrentó serias dificultades tanto críticas como de conexión con el público.
El Superman de Snyder, interpretado por Henry Cavill, fue una reinvención oscura, introspectiva y cargada de angustia existencial. Lejos del símbolo de esperanza, optimismo y cercanía humana que tradicionalmente representa el personaje, este Superman era distante, atormentado y en muchos sentidos más parecido a una figura mesiánica incomprendida que a un héroe accesible. Esta lectura no resonó con gran parte del público, y se consideró una mala interpretación del espíritu del personaje. La situación empeoró con Batman v Superman: Dawn of Justice (2016), un film sin dudas ambicioso pero excesivamente sombrío, desbalanceado y plagado de decisiones narrativas cuestionables.
El punto más bajo llegó con Justice League (2017). Tras la salida de Snyder por motivos personales, el estudio trajo a Joss Whedon (director de las dos primeras películas de Avengers) para completar la película, quien reescribió y regrabó gran parte del material, dando como resultado una cinta tonalmente inconsistente, con efectos visuales deficientes y una recepción crítica y comercial desastrosa. Lo que debía ser el clímax del universo DC terminó siendo un símbolo de su fracaso estructural.
A partir de allí, Warner intentó mantener vivo el DCEU con películas aisladas que buscaron redefinir el tono: Shazam! (2019) optó por la comedia familiar; Aquaman (2018) apostó por la fantasia; Black Adam (2022) intentó construir una nueva figura de poder en el universo con resultados mediocres; The Flash (2023), que prometía reconfigurar todo el multiverso, termino siendo una de las peliculas mas feas de la historia, con un actor protagonista rodeado de polémicas, y un rotundo fracaso en taquilla y crítica. Incluso las secuelas, como Shazam! Fury of the Gods y Aquaman and the Lost Kingdom, no lograron revitalizar el interés del público.
Segun mi punto de vista, hay una sola pelicula de este fallido universo cinematográfico que considero buena, y es The Suicide Squad (2021), una secuela, por no decir reboot, de la terrible Suicide Squad (2016) de David Ayer, de la mano del director del que hablaremos a lo largo y ancho de este articulo: James Gunn.
Con su estilo irreverente, violento, pero profundamente humano, Gunn consiguió lo que el resto del universo no pudo: una película entretenida, fresca, coherente en tono y visualmente creativa, con personajes que, aunque secundarios o marginales, transmiten más humanidad que muchos de los supuestos héroes principales del DCEU. Y no sorprende que la película sea de Gunn, puesto que tambien fue probablemente el único director con una impronta propia dentro del Universo Cinematografico de Marvel.
James Gunn: ¿El ultimo autor del cine de superheroes?

James Gunn, nacido el 5 de agosto de 1966 en St. Louis, Missouri, es un director y guionista que comenzó su carrera en el cine independiente con trabajos de tono irreverente y claramente influenciados por el cine de serie B, el terror y la comedia negra. Su primer reconocimiento llegó con Slither (2006), una película de horror con tintes grotescos y humor ácido, que ya anticipaba varios de los elementos que caracterizarían su estilo: una mezcla de lo absurdo con lo emotivo, personajes marginales o inadaptados y violencia estilizada. Cuatro años despues dirigiría Super (2010), una sátira oscura del género de superhéroes, donde ya mostraba su interés por desarmar los arquetipos clásicos del héroe tradicional, enfocándose en individuos rotos, torpes, pero con convicciones reales. Curiosamente, esta seria la película que definiría el resto de su carrera, ya que a partir de aquí jamás saldría del género de los superheroes.
Gunn alcanzó el estrellato cuando Marvel Studios le confió Guardianes de la Galaxia (2014), una apuesta arriesgada al tratarse de personajes poco conocidos dentro del universo Marvel. Su sello fue inmediato: un tono irreverente, cargado de humor, con una fuerte carga emocional, acompañado de una banda sonora nostálgica y un enfoque en la construcción de familia entre los “inadaptados”. Gunn convirtió a personajes marginales en protagonistas empáticos, repitiendo esa fórmula con éxito en sus secuelas. Incluso dentro del esquema del UCM, su estilo autoral logró destacar, lo que le dio un perfil único dentro de la maquinaria Marvel, que incluso otros quisieron imitar sin éxito.
Tras ser despedido temporalmente por Disney por viejos twits controvertidos (aunque luego sería recontratado), Gunn fue reclutado por Warner Bros. para encargarse de The Suicide Squad (2021), donde aplicó su estilo a personajes de DC, con las libertades de la clasificación R: violencia explícita, humor negro, crítica institucional, sin perder el enfoque humano en los personajes de segunda. Luego dirigió la serie Peacemaker, secuela de la película que profundiza en ese mismo tono.
Su éxito y visión llevaron a Warner Bros. Discovery a ofrecerle, junto a Peter Safran, el liderazgo creativo del nuevo DCU. Gunn fue nombrado jefe de DC Studios y asumió la misión de reiniciar y reconstruir el universo cinematográfico de DC, empezando este año con Superman (2025).
La reivindicación del héroe en el blockbuster post pandemia

Esta tendencia a la sobrexplotación superheroica de la que hablamos tuvo un impacto que va más allá de la calidad cinematográfica integral de según que productos individuales, llegando a alterar la dimension representativa de la figura del héroe en sí mismo, como protagonista y símbolo cultural.
Los reflectores se alejaron de aquellas figuras de heroicidad mas tradicionales. En el cine clásico, el héroe era una figura profundamente arraigada en lo humano. El cowboy (icono por excelencia del cine) no necesitaba una capa ni habilidades sobrehumanas para encarnar el ideal de justicia: bastaba con su determinación, su sentido del deber y su voluntad de actuar en un mundo hostil. Este arquetipo, común en el western y en buena parte del cine del siglo XX, representaba un tipo de heroicidad íntima, concreta y terrenal. No luchaba por salvar el universo, sino por restaurar el orden en una estructura fracturada, guiado por un código moral interno más que por reglas impuestas desde afuera. Con el auge del cine de superhéroes, esa figura fue desplazada por personajes que operan desde lo extraordinario, muchas veces alejados de los dilemas humanos más cercanos. Donde antes había personajes que sangraban, dudaban y enfrentaban consecuencias reales, hoy hay entidades que cruzan multiversos y enfrentan amenazas abstractas con un CGI omnipresente que muchas veces borra toda sensación de riesgo o verdad emocional. Sin embargo, en estos últimos años ha habido obras que parecen traer de nuevo ese arquetipo en decadencia: películas recientes como Top Gun: Maverick, Misión Imposible: Dead Reckoning y Final Reckoning, o F1 (que temáticamente parece una secuela espiritual de Ford V. Ferrari) señalan un posible retorno del héroe clásico, aquel que vuelve a poner el foco en lo humano, no como simple nostalgia, sino como resistencia ante una modernidad saturada de lo digital, lo prefabricado y lo impersonal. Como dice Favalli en El Eternauta, “lo viejo funciona”, y es lo que representa esta figura que de a poco vuelve a ocupar las pantallas del cine, combatiendo a lo artificial, a la modernidad, a la maquina, con una pureza humana casi sagrada (como la cruz con la que Ethan Hunt puede destruir a la IA).
En este contexto, era inevitable que esta tensión llegara también al cine de superhéroes, obligándolo —al menos en parte— a repensar la figura del héroe que propone. Y que mejor para plantearlo que con nada mas y nada menos que Superman, EL superhéroe por antonomasia.
Superman (2025) nos enseña lo que todo superhéroe debería ser

Esta búsqueda reivindicativa se percibe desde el prólogo de Superman (2025). Un héroe que, en esencia, es un forastero en la Tierra, un inmigrante de otro mundo, que es constantemente cuestionado por las autoridades del nuestro. Su primera aparición en la película deja claro la vision del personaje que abordara Gunn: este Superman sangra, puede ser derrotado. Ya no estamos ante un dios omnipotente, sino ante un hombre en conflicto, enfrentado a un sistema que no entiende su código moral, y que teme lo que no puede controlar.
Tan solo unas cuantas escenas después, el conflicto al que James Gunn nos sumergió in media res continua en Metropolis, donde Superman enfrenta a un villano llamado Martillo de Boravia, que no es más que una farsa mediática creada por Lex Luthor; un intento de hombre manejado por una máquina, por comandos programados y una inteligencia artificial que puede prever los movimientos del kriptoniano. El heroe se enfrenta a la maquina, a lo impersonal de la logica empresarial, cual Maverick demostrando que ningún algoritmo puede reemplazar el instinto del piloto. Superman, el dios que elige ser humano, enfrenta a Lex Luthor, el humano que juega a ser dios; y es con su factor humano inspirador, heredado por sus padres adoptivos —y que tan bien encarna David Corenswet con su enternecedora y memorable interpretación— que se interpone a los desafíos que se le atraviesan a lo largo de la película.

Es importante hablar de Lex Luthor. Desde ya, la enemistad de ambos personajes ha sido históricamente simbólica. El inmigrante ilegal contra el empresario millonario que quiere eliminarlo solo por existir. Gunn nos presenta a un Nicholas Hoult desatado que le da vida a un Lex Luthor que puede ser tan inteligente y calculador, como desesperado, envidioso e infantil. Su mayor acierto es ser un villano sencillamente malvado, como los de antes. No hay motivaciones, no hay un pasado trágico que lo haga quien es, no hay un trasfondo que lo relacione íntimamente con el héroe, ni algo que lo convierta en un reflejo del mismo como típico antagonista de Marvel; el maldito es un maldito por amor a serlo. Tener a un héroe tan puramente bondadoso, y a un villano tan malévolo, parecerá básico, pero, por el contrario, se siente como un respiro de aire fresco. Es volver a las bases, a las páginas de comic o a los dibujitos que veíamos de chicos. Porque lo simple no tiene por que ser malo si se sabe utilizar.
Pese a esa simpleza, Gunn propone un Lex Luthor que, aunque posea un arsenal de recursos de ciencia ficción fantasiosos como Kaijus, monstruos, metahumanos y universos de bolsillo, el villano también manifiesta varios de los males de la actualidad que van desde la manipulación mediática y la instrumentalización de conflictos bélicos, hasta cosas menores pero predominantes hoy en día como el acoso por internet. Es MALO MALO.
Sus mayores atentados contra nuestro héroe protagonista es, en primer lugar, invadir su hogar, y revelar una parte desconocida del pasado de Kal-El. Viola su único refugio en el mundo, allí donde se permitía ser débil, y donde iba a sanar. Esta profanación solo empeora cuando Lex, utilizando a La Ingeniera, descifra un mensaje de Jor-El y Lara, padres kriptonianos de Superman, que luego expone al resto del mundo.

Aqui se da el conflicto principal de la película, que nos hace entender porque que originalmente iba a titularse “Superman: Legacy”. Gunn relee la mitología del personaje y cambia una parte fundamental del pasado de Kal-El, transformando a sus padres en figuras no tan bondadosas como suelen ser representados, planteándolos como agentes colonizadores de un proyecto expansionista con planes perversos para su hijo. Este mensaje entrecortado, del que Superman solo habia oido la primera parte, era, segun el, la razon por la que era un heroe. La exposición, tanto para él como para el resto del mundo, de la verdad sobre su herencia alienígena, lo llevan a una crisis personal, mientras los medios lo desprestigian pese a todo el bien que ha hecho, la gente se le viene al cuello, y el gobierno exige su arresto. Sin nadie mas que su novia Lois Lane apoyándolo (la hermosa Rachael Brosnahan, con una química asombrosa con Corenswet), Clark también se cuestionara su papel como héroe.
No es hasta volver a casa, a su hogar real en la cálida Kansas, tan diferente al hogar de Superman en la fría fortaleza de la soledad en la Antártida, y reconectar con sus padres humanos, que es capaz de entender que Superman no existe por ese mensaje de voz de WhatsApp que le habían dejado sus padres genéticos. Su legado kriptoniano no lo hace quien es, sino sus decisiones; sus actos que provienen de su corazón; su legado terrícola de aquellos que sirvieron como sus padres toda su vida, y le enseñaron lo que es ser humano.
En este sentido, Superman (2025) convierte a su protagonista no en un hijo orgulloso de Krypton como tantas otras versiones, sino en un huérfano que elige sus propios padres. Son Jonathan y Martha Kent quienes realmente lo forman, quienes le enseñan no cómo dominar este mundo, sino cómo pertenecer a él y volverlo un lugar mejor.
En definitiva, el verdadero acto heroico no es salvar el mundo, sino romper con la narrativa que lo formó. Y esta idea se articula a varios niveles: no sólo se trata del relato personal transmitido por sus padres biológicos, sino también de las narrativas impuestas por las estructuras de poder que lo rodean. A lo largo de la película, vemos cómo Superman es constantemente definido desde el exterior: los medios lo etiquetan, los gobiernos lo temen, los algoritmos de Luthor lo analizan e intentan copiarlo, y hasta sus propios orígenes extraterrestres pretenden dictarle quién debe ser. Desafiar el legado, entonces, no es un acto de rebeldía ciega, sino de madurez moral. Es negarse a ser el producto de una programación —sea kryptoniana, institucional o mediática— y convertirse en el autor de su propio camino. Ese es el verdadero punk rock.

La segunda gran transgresión de Luthor hacia Superman se trata de la creación de Ultraman, un clon del hombre de acero (a quien disfraza como Martillo de Boravia, pero tambien utiliza hasta para las tareas más básicas como prender y apagar la luz). Su mayor maldad se reduce en ultima instancia a la banalización de la figura del héroe, en un intento de recrearlo sin entender lo que lo hace quien es (como si se tratara de un estudio produciendo estas películas y tratando a los heroes como IPs sin alma). El enfrentamiento final entre Superman y su clon despersonalizado y manejado por control remoto, pareciera reflejar esa lucha interna del superhéroe que tiene a lo largo de la película. Ultraman es aquello que el mismo podría haber sido de haber seguido su legado kriptoniano: Carente de humanidad, controlado con el único fin de conquistar, una herramienta perfecta de dominación envuelta en el mito de la superioridad genética.

No podemos no mencionar uno de los plot points más importantes de la película y que sirve como detonante para la trama desde su escena inicial: La guerra de entre Boravia y Jarhanpur. Un conflicto que, aunque tratado con cierta superficialidad, es una de las piezas clave del discurso de la película.
Otra de las críticas más comunes hacia el cine de superhéroes es la ausencia de profundidad por su incapacidad de dialogar con la vida real. Desde ya que la profundidad emocional o filosófica en los arcos de estos personajes encapotados suele ser prácticamente inexistente, pero tambien son pocas las películas del género que se atreven a tocar temas sociales de fondo, a incorporar problemáticas geopolíticas reales o a reflejar tensiones contemporáneas más allá del enfrentamiento entre el bien y el mal. La mayoría prefiere habitar mundos ficticios sin consecuencias, donde todo se soluciona con un chiste y unas piñas.
Ahi es cuando Superman (2025) resulta una apuesta arriesgada de James Gunn, dentro del subgénero al que pertenece, al incluir esta subtrama acerca del conflicto bélico, que resuena fuertemente con la invasion de Ucrania por Rusia y de Gaza por Israel. Es algo muy pertinente de parte de la película, que la vuelve, incluso, relevante para los tiempos que corren. El personaje de Superman cobra otra dimension desde este enfoque tan interesante, uno donde las decisiones que toma afectan a pueblos, a fronteras, a la diplomacia; donde se lo acusa de intervencionismo, y la opinion popular puede atacarlo por ello incluso aunque el héroe lo haga con las mejores intenciones para evitar la muerte de inocentes. Lo colocan en una encrucijada donde ningún movimiento es políticamente neutral. Y es en ese terreno, donde los superhéroes suelen evitar pisar, es que esta película humaniza el género y lo conecta con la realidad, interpelando con el espectador: Quizás si Superman no tiene miedo de intervenir ante las injusticias, nosotros tampoco deberíamos.

Esta llamada a la acción es atendida por los demás superheroes que nos presenta la película, la Justice Gang. el Green Lantern Guy Gardner, Hawkgirl, Mr. Terrific —interpretado por un Edi Gathegi que se roba cada escena en la que sale—, y Metamorfo, son heroes que todo fan de los comics podrá reconocer, y sus caracterizaciones son excelentes. Aunque su presencia sirve principalmente para aportar worldbuilding y mostrarnos algunos personajes que, seguramente, volverán a aparecer en futuras producciones, tambien cumplen un rol. Son catalizadores del cambio, figuras aún moldeables que terminan confrontadas con una figura que revaloriza aquello que ellos han perdido o simplemente nunca tuvieron.
En las dos películas más recientes de Joseph Kosinski ya mencionadas, Top Gun: Maverick y F1, los personajes de Maverick y Sonny Hayes regresan a sus profesiones ahora en un mundo que parece haberlos dejado atrás, pero que ellos comprenden mejor que nadie. A pesar del rechazo inicial, se integran a un grupo de jóvenes al que terminan transformando profundamente, reintroduciendo y revalorizando un factor humano del que carecían. Superman tiene un impacto similar en estos personajes, heroes financiados por una empresa que parecen actuar de cara a la galería, mostrados como despreocupados, violentos, y sin interés en intervenir en el conflicto de Boravia para no meterse en inconvenientes. Pero es Kal-El, aquel capaz de entregarse al diablo y bajar al infierno (en forma de universo de bolsillo con ríos coloridos) solo para rescatar a un perrito, quien termina inspirando a estos heroes a actuar e ir mas allá de sus intereses (y espero que eso se refleje en sus próximas apariciones).

La película encuentra su eje temático en algo que Zack Snyder nunca logro comprender, pero que son las bases fundacionales del personaje de Superman: La esperanza y la bondad.
La lucha del héroe no es contra una amenaza cósmica impersonal, sino contra un mundo cada vez más dominado por estructuras de poder deshumanizadas: gobiernos que mienten, países que invaden a sus vecinos, medios que manipulan, redes sociales que difunden el odio diariamente como monos, máquinas que deciden y te controlan. Frente a todo eso, Kal-El se levanta como símbolo de lo humano que resiste; no por su super fuerza, sus ojos laser, su capacidad de vuelo y su aliento gélido, sino por su compasión, su bondad inquebrantable, y su fe, tal vez ingenua, en el bien de la humanidad, aun cuando el mundo no parezca merecerla y mucho menos compartirla.
James Gunn nos invita abiertamente a que todos seamos un poco más como Superman, planteando la pregunta de si la bondad individual puede enfrentar al mal colectivo y global. En un mundo saturado de cinismo y egoísmo, Superman viene a representar una ética inocente, naive si se quiere, pero profundamente poderosa: la del gesto desinteresado, del sacrificio silencioso, de hacer el bien incluso cuando nadie está mirando. Un personaje que, quizás por primera vez en su historia desde la version de Christopher Reeve de 1978, ha vuelto a tener una buena representación en la gran pantalla, donde emerge como el símbolo que siempre debió ser: Una inspiración tanto dentro de su universo, como en el nuestro.
¿Una película con suficiente corazón para perdonarle sus errores?

Sin dudas, las ideas interesantes de las que vengo hablando son palpables en la película. Pero el mayor problema de la misma, que creo que resume todas sus falencias, es la sobrecarga de elementos en la trama, que no permite que todas estas temáticas puedan explotarse al 100%.
A diferencia de otras películas de superheroes, en las que presenciamos el momento, dentro del universo ficcional planteado, donde se originan nuevos heroes, villanos y conceptos, James Gunn (como si fuera Star Wars: Una Nueva Esperanza, con su propia carta de presentación y todo) nos arroja en medio de un universo ya construido y desarrollado; los nuevos en el universo somos nosotros. Superman y Lex Luthor ya son quienes son y tienen una rivalidad en curso, los habitantes de Metropolis acostumbran que monstruos y “pulgas dimensionales” ataquen sus calles como si fuera un martes cualquiera. No es necesario volver a ver el cohete saliendo de Kripton con un pequeño Kal-El en su interior aterrizando en Smallville.
Al ser las películas de superheroes basadas en comics, esta es la primera vez en décadas que una de ellas se siente como si estuviéramos leyendo uno, como si agarráramos un numero aleatorio de una serie de historietas y lo abriéramos solo para disfrutar el viaje atraves de sus viñetas. En un primer momento cuando arranca la película, esto puede parecer desorientador, pero creo que James Gunn lo maneja bastante bien, logrando que ningún espectador se quede afuera de la historia.
El problema no es este, sino que Gunn, como si fuera un niño fanático mostrándonos todos los juguetes de su baúl, nos presenta demasiados conceptos y elementos constantemente, dañando el desarrollo de sus personajes y temas principales. No me malentiendan, amo cada una de las ideas del director. Me parece fascinante su enfoque propio de la edad de plata de los comics, sin miedo al ridículo o a lo caricaturesco, alejándose fervientemente del enfoqué oscuro e hiperrealista que la trilogía de Batman de Christopher Nolan había instaurado en las película de superheroes. Superman lleva los calzones por encima del pantalón, no tenemos que fingir que estamos viendo cine serio de avant garde. Como dije, tenemos robots, kaijus, y multiples superheroes, pero Gunn en pos de enseñarnos todo lo que tiene en su cabeza, termina perjudicando al desarrollo de esos elementos más substanciales para la película como lo son la relación de Clark Kent con sus padres, su romance con Lois Lane, o una mayor profundización en Lex Luthor. La trama entera del universo de bolsillo que se convierte en agujero negro me parece lo más flojo de la película sin dudas, porque, aunque son ideas inspiradas, termina ocupando demasiado tiempo de metraje que podría haberse invertido en otros apartados.
El tono “gunneano” también podrá ser un problema para algunos. Aunque se aleja en buena medida de la violencia y la irreverencia que caracterizaron a sus versiones de Guardianes de la Galaxia o El Escuadrón Suicida, su estilo de comedia sigue muy presente. Ese humor marca registrada —absurdo, incomodo, a veces descolocado— permea gran parte del relato y, si bien en muchos casos funciona como alivio o humanización, también termina debilitando algunos de los momentos más serios de la película.
Es una apuesta arriesgada: por un lado, le da a la película una personalidad propia y reconocible, que funciona en consonancia con el universo más caricaturesco, comiquero y poco serio que nos está presentando; por el otro, puede dificultar que ciertos temas o conflictos resuenen con la gravedad que merecen.
Gunn, con su amor genuino por los cómics, construye desde la ternura y la identificación con los personajes, pero no renuncia nunca a su voz como autor. Y esa fidelidad a sí mismo es, al mismo tiempo, uno de sus más grandes aciertos y uno de los posibles límites de esta propuesta.
Uno de los momentos donde peor me funciona el humor de Gunn es en la segunda escena post creditos (uno de los recursos más reconocibles que ha instaurado el UCM). Tanto así que, en mi segundo visionado de la película, me salí de la sala antes de verla pues, francamente, supone una pérdida de tiempo. En ella, Superman le reprocha a Mr. Terrific haber reconstruido un edificio de forma defectuosa, señalando que quedó 'chueco', según su criterio, señalando la imperfección. Una escena tonta que funciona como un chiste (poco gracioso) pero que, a su vez, resume a la perfección lo que hizo Gunn con la película. Si miramos a detalle, las grietas son más que visibles, pero logro reconstruir lo que parecía imposible, unio dos partes de algo que estaba destrozado; revivió a DC, y trajo a uno de sus personajes más emblemáticos a una nueva era, actualizándolo para las audiencias contemporáneas y devolviéndole su esencia.
Por eso puedo perdonarle las falencias a Superman (2025), por un simple motivo: todos los errores de la película son errores de James Gunn. Son falencias de una voz artistica que esta detrás del proyecto tomando varias decisiones jugadas. No es una película construida con notas que mandan productores de un estudio billonario, es una película humana, hecha por un humano. Por un fan de las historietas como vos o como yo, que siempre ha demostrado un entendimiento de ese medio y de sus personajes, y que, sin dudas, tiene muchas historias por contar.
El futuro del DCU
Con la película Supergirl, dirigida por Craig Gillespie (Cruella, I, Tonya), y la serie Lanterns, que según se dice tendrá un enfoque policial al estilo True Detective, ya en etapa de postproducción dentro de DC Studios, sumado a los múltiples anuncios de proyectos futuros, todo indica que podemos esperar un porvenir prometedor para este renovado Universo DC bajo la tutela de James Gunn.
A diferencia de lo que hemos visto en otras franquicias, el nuevo enfoque no parece obsesionado con construir su propio Endgame ni con lanzar productos en masa, sino con contar historias sólidas, centradas en los personajes más emblemáticos de las viñetas y hacerles verdadera justicia.
El plan de trabajo también marca una ruptura con las prácticas de la competencia: las películas se ruedan con guiones terminados y se les asigna más de un año de postproducción, algo que debería ser estándar en la industria cinematográfica, pero que hoy resulta casi excepcional. Basta recordar que Avengers: Doomsday se está filmando ahora mismo sin un guion finalizado y con menos de un año por delante antes de su estreno.
Además del regreso de personajes clásicos, Gunn apunta a construir un universo con una fuerte impronta autoral. Películas como Clayface, dirigida por James Watkins (Eden Lake, Speak No Evil), o Swamp Thing, en manos del gran James Mangold (Logan, Ford v Ferrari), adoptarán un tono mucho más oscuro y orientado al terror. Habrá cine bélico con personajes menos conocidos como Sargento Rock (que incluso llegó a sonar como un posible proyecto de Luca Guadagnino), thriller político en la serie Waller, animación para adultos con Creature Commandos, y animación stop-motion con Dynamic Duo, comedia con Booster Gold, y, como mencione, drama policial en Lanterns.
Todo esto compone un plan ambicioso y muy atractivo; una hoja de ruta que podría redefinir el cine de superhéroes, elevándolo más allá del molde episódico y conectivo al que nos acostumbró el género en la última década, y que a tantos nos ha alejado. En lugar de obligar al espectador a seguir cada entrega como si se tratara de una serie interminable, se apuntará confeccionar a historias autónomas, con identidad de género propia, guiadas por directores con voz y mirada, y es algo que se agradece.
James Gunn no solo quiere revivir a DC; quiere devolverle el alma, la diversidad de tonos y estilos que siempre existió en los cómics. Si el plan se sostiene, podríamos estar ante un verdadero renacimiento. Solo queda mirar al cielo; hacia el futuro.




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