Juramento de Extinción 

Cuando el primer dinosaurio salio en las noticias, nadie lo creyó. “Fake news”, decían. Hasta que un triceratops aplastó media autopista en Medellín.

Yo estaba en casa con mi hermana menor, Sofi, viendo una película de dinosaurios. Ironic, ¿no? Fue justo cuando la tierra tembló, las ventanas vibraron y un rugido desgarró el cielo. Salimos corriendo. Un Tyrannosaurus rex, real, enorme, cubierto de barro y sangre, avanzaba por la loma como si buscara algo. O alguien.

Las ciudades colapsaron. Las reglas dejaron de existir. Mi mamá desapareció en el caos, y mi papá… nunca volvió de su trabajo como biólogo del Parque Natural de los Nevados. Desde entonces, Sofi y yo quedamos solos.

Nos refugiamos en una vieja escuela rural con otros sobrevivientes. El líder era Camilo, un exmilitar con cicatrices en el alma. Su visión era clara: eliminar a los dinosaurios antes de que ellos nos eliminaran. “O ellos o nosotros”, decía mientras afilaba cuchillos y planeaba trampas.

Pero no todos pensábamos igual.

Una noche conocí a Leah, una paleontóloga joven y valiente. Ella creía en otra forma de vivir: en coexistir. Curaba dinosaurios heridos con lo poco que tenía —vendas improvisadas, agua hervida y esperanza. Me enseñó a mirar a los dinosaurios no como monstruos, sino como visitantes perdidos del tiempo.

Juntos creamos un canal llamado “Voces del Jurásico”. En él enseñábamos a identificar especies, protegerse sin violencia y comprender que no eran monstruos, sino sobrevivientes. Usábamos energía solar, grabábamos desde cuevas, incluso desde árboles. Pronto miles comenzaron a vernos.

Y otros a seguirnos desde distintas zonas. Algunos empezaron a ayudarnos. A aprender. A dejar de disparar y comenzar a observar. Camilo lo descubrió. Nos acusó de traición, de debilidad. Nos dio dos opciones: abandonar el canal o irnos.

Elegimos irnos.

Caminamos durante días por la selva, con poco alimento y mucho miedo. Hasta que ocurrió.

Una cría de velociraptor nos encontró. Tenía una herida profunda en la pata. Nos rodeó, nos observó… y no atacó. Leah se agachó lentamente y comenzó a curarlo. Yo lo llamé Tiki. Desde ese día, nos siguió a todas partes como un perro guardián de otra era.

Con Tiki a nuestro lado, fuimos entendiendo que los dinosaurios no solo estaban aquí para cambiar nuestro mundo... sino para reflejarlo. Eran fuertes, sí. Imponentes. Pero también asustados, vulnerables, adaptándose a un mundo que no era suyo.

Con el tiempo, más gente se unió. Algunos vinieron desde otros países. Otros, incluso desde las mismas tropas de Camilo, empezaron a cuestionarlo. La historia estaba cambiando.

Ahora vivimos en el corazón del Amazonas, en una aldea escondida entre árboles milenarios. Seguimos enviando señales, compartiendo conocimiento, formando un puente entre el pasado y el futuro.

Porque si la historia te da una segunda oportunidad…
no es para repetirla.
Es para cambiarla.

Y mientras el mundo se adapta, entre ruinas, esperanza y rugidos, yo observo a Sofi jugando con Tiki bajo el cielo anaranjado del atardecer. Ella ríe sin miedo. El dinosaurio ruge con ternura.

Ahí lo entendí todo.

No estamos aquí para dominar la Tierra. Estamos aquí para aprender a vivir con ella.

Tal vez no sea el mundo que conocíamos.
Pero si aprendemos del pasado, este nuevo mundo…
podría ser mejor.

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