El juego del calamar, tercera temporada: Humanidad, ¿Dónde has ido?  

El fenómeno que significó la primera temporada de esta serie impulsó a sus creadores a sumergirse en las catacumbas de la perversidad en busca de una secuela más escabrosa, más violenta y más perturbadora; hazaña que nos entregó una segunda temporada un tanto floja en cuestiones argumentales pero que daba otra vuelta de tuerca a este universo retorcido.

Al visionar aquella segunda parte, resulta evidente que el camino trazado marca el rumbo hacia la enajenación absoluta. La degradación del ser humano no es el escenario ni el conducto argumental, es el tema central; está ahí en cada mirada y en cada gesto, por más que apartemos la vista hacia la grandilocuencia de los llamativos juegos de la muerte.

La metáfora que encierra este planteo nos sitúa ante el espanto.

Despojados de estos juegos seríamos igual de brutales. El juego termina siendo la excusa: la gente se ha aniquilado a sí misma desde tiempos primitivos con el único fin de prevalecer, de sobrevivir a costa de otros.

El llamado primario de la supervivencia no conoce de reglamentos. No respeta, en absoluto, las directivas impuestas por el entorno. Es la ley de la jungla trasladada a las grandes urbes, a las sociedades desiguales que persistentemente amplían la brecha social en un efecto sin retorno.

Estos ingredientes se corporizan ante la esperanza de unos seres que no tienen nada que perder. Es este hecho lo que mantiene latente la segunda temporada, que llega a su último acto con poco combustible pero con la antesala acondicionada para lo que ocurrirá más adelante.

Ya en la tercera parte, el descenso a la locura es total.

El protagonista ha decidido - más por omisión que por elección, aunque así no parezca - dejarse caer en la depresión inevitable que genera este ambiente. Dentro de su cabeza, sin embargo, el odio ha conseguido echar algunas raíces.

Seong Gi-hun - el ahora eterno 456 - alberga en su interior una implacable necesidad de venganza. Y no es contra el sistema en el que ha ingresado deliberadamente, sino ante una cuestión personal; una situación que supone imperdonable ya que su camaradería, siempre noble, ha sido trastocada. Por ello, lo que aún lo mantiene vivo, es esa necesidad de venganza. Por un momento, Seong es también parte de la enajenación. Su mirada se nubla ante cualquier atisbo de esperanza.

Es, de momento, un ser oscuro. Se deja atravesar por la ira generada por la traición de un compañero al que creyó leal. Lo que olvida es que la lealtad no existe en este universo, y es un error que aprenderá a pagar.

Los pasillos vuelven a teñirse de sangre de manera gratuita, ya que probablemente no hayamos comprendido la brutalidad del ser humano en temporadas anteriores. La serie nos estampa en el rostro lo que somos, lo que deseamos y hasta donde somos capaces de llegar en pos de nuestra ambición.

Los millonarios que acceden a los palcos preferenciales de este coliseo mortífero son retratados como un cliché que no aporta más que odio a la trama. Una clase social que absorbe los recursos de los estratos inferiores y que vive apoyada sobre la desidia de las clases marginales.

Un elemento que aporta morbidez a esta entrega es la introducción de un bebé, parido durante el desarrollo del juego. Párrafos aparte, es una incorporación que merece un análisis propio. No voy a caer en la idea fútil de que esa criatura representa la bondad de toda la raza humana, porque creo que hay algo más significativo en esta decisión del reparto.

Este niño también participa, y también es incluido en la repartición del millonario pozo que se ha acumulado como consecuencia de la muerte.

El juego final está en la cima de una construcción que deja a los participantes al borde de un permanente abismo; el mismo que borda nuestra existencia y nos obliga a vivir el vértigo de una caída inevitable.
En esas impías montañas de concreto, la humanidad ha terminado de extinguirse. El salvajismo de estos seres alienados nos deja un sabor asqueroso en la boca y abandonamos, finalmente, toda esperanza.

Pero lo que Seong Gi-hun sabe es que en sus palabras, en sus actos, está la esperanza. Esa angustia desesperada que lo mantuvo con vida a lo largo de dos fatídicas competencias se trashuma en un rostro agobiado por lo que ha visto.

Toda esa desidia se desdibuja y se mimetiza en ese último acto de bondad absoluta. Un sacrificio que corona la convicción de un hombre que no ha podido contra el sistema - como nunca ha podido nadie - pero que se las arregló para dejar un recado poderoso sobre los cimientos de una sociedad podrida.

Seong Gi-Hun salva a la criatura sin ningún tipo de mosqueo. No es un acto dubitativo, pero sí ampliamente meditado. Y responde a un cierto alivio argumental ya que suponemos que ningún director se hubiera animado a filmar la muerte de un bebé. Ni siquiera en esta serie.

El bebé es el mensaje, es el comienzo. Es la prueba viviente de que no habrá final mientras haya un alma bondadosa sobre la tierra; que el cielo rojo no caerá como un manto apocalíptico sobre una humanidad descorazonada.

Lo que no funciona es ese repentino cambio en algunas personas, como en el propio líder, que por decisiones súbitas se convierte en algo más que en un ser perverso. De golpe es alguien que ve la realidad con una mirada pacífica y que nos regala en ese último plano - cameo de Cate Blanchet incluido - una mirada crítica hacia lo que acaba de presenciar.

Todo ese desarrollo es precipitado y no nos quita ni por un segundo la sensación de que la humanidad se ha perdido y que no hay escapatoria.

Esta tercera temporada no se detiene en demasiadas lamentaciones, aunque perdemos en el camino a parte importante de los protagonistas presentados en la segunda temporada. Algunos con una trayectoria más profunda, pero igual de infortunados.

Y es que algo adicional que nos ha enseñado este macabro juego es que el tiempo no espera a nadie.

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