🌙 Cuando nadie nos mira. 

La oficina de Méndez & Asociados era un hervidero de actividad cada mañana.

Entre el murmullo de teclados, llamadas telefónicas y el aroma persistente del café recién hecho, se cruzaban miradas, se compartían ideas… y a veces, secretos.

Lucía era contable. Meticulosa, reservada, con una elegancia discreta que la hacía destacar sin esfuerzo. Llevaba tres años en la empresa, casada desde hacía cinco con un hombre que, aunque correcto, hacía tiempo que había dejado de mirarla como antes. Su vida era una rutina pulida, sin sobresaltos, sin pasión.

Hasta que llegó él.

Gabriel era publicista. Separado desde hacía un año, con una sonrisa que parecía tener luz propia y una forma de hablar que convertía cualquier frase en poesía. Lo contrataron para liderar la nueva campaña de imagen de la firma, y desde el primer día, Lucía lo notó. No por su aspecto, aunque era atractivo, sino por la forma en que la miraba. Como si la viera. Como si la entendiera.

La atracción fue inmediata. Como un imán que no entiende de lógica ni de circunstancias. Se cruzaban en los pasillos, en las reuniones, en la sala de descanso. Y aunque nunca se tocaban, aunque sus conversaciones eran estrictamente profesionales, había algo en el aire. Algo que ardía.

Una tarde, después de una reunión que se alargó más de lo previsto, quedaron solos en la sala de juntas. Lucía recogía sus papeles cuando Gabriel se acercó.

—¿Te gusta lo que haces? —preguntó, sin rodeos.

Lucía lo miró, sorprendida por la pregunta.

—Sí… aunque a veces siento que me falta algo.

Gabriel sonrió, esa sonrisa que parecía desarmarla.

—A mí también. Pero desde que llegué aquí, siento que lo encontré.

No dijo más. No hizo falta. Esa noche, se vieron por primera vez fuera de la oficina. Un café discreto, lejos del centro. Hablaron durante horas. De sus vidas, de sus sueños, de lo que no podían decir en voz alta. Y cuando se despidieron, sus labios se encontraron como si hubieran estado esperando ese momento toda la vida.

Desde entonces, comenzaron a verse en secreto. En hoteles pequeños, en apartamentos prestados, en rincones donde el mundo no los alcanzaba. Cada encuentro era una explosión de deseo, de ternura, de delirio. Se amaban como si no hubiera mañana, como si el tiempo fuera un enemigo que debían vencer a cada segundo.

Lucía, en esos momentos, dejaba de ser la esposa correcta, la contable impecable. Se convertía en fuego, en risa, en piel. Gabriel, por su parte, dejaba atrás el peso de su separación, el dolor de lo perdido. Con ella, era todo lo que siempre quiso ser.

Pero en la oficina, todo seguía igual. Ni una mirada de más, ni un roce accidental. Eran profesionales. Eran distantes. Porque sabían que sus posiciones no les permitían otra cosa. Lucía tenía que cuidar su reputación. Gabriel no quería complicaciones. Y sin embargo, cada día era una tortura dulce. Verse sin tocarse. Hablar sin decir lo que realmente sentían.

Una noche, después de hacer el amor como si el mundo se fuera a acabar, Lucía se quedó en silencio, mirando el techo.

—¿Crees que esto tiene futuro? —preguntó, con la voz temblorosa.

Gabriel se giró hacia ella, acariciándole el rostro.

—No lo sé. Pero sé que cada vez que estoy contigo, siento que estoy vivo.

Lucía cerró los ojos. Quería creerle. Quería pensar que algún día podrían caminar juntos por la calle sin esconderse. Que podrían decir “te amo” sin miedo. Pero la realidad era otra. Y ambos lo sabían.

Pasaron los meses. Su amor crecía en la sombra, alimentado por la pasión y el silencio. Se escribían mensajes cifrados, se escapaban en horarios imposibles, se inventaban excusas para verse. Y aunque cada encuentro era un oasis, también era una herida. Porque sabían que no podían vivir así para siempre.

Un viernes, Gabriel recibió una oferta para trabajar en otra ciudad. Era una oportunidad única. Creativa, ambiciosa. Pero significaba dejarlo todo atrás. Incluida ella.

Cuando se lo contó, Lucía sintió que el mundo se le desmoronaba.

—¿Te vas? —susurró, sin poder mirarlo.

—No quiero irme sin ti —respondió él, con los ojos llenos de verdad.

Lucía lo abrazó. Lloró. Se aferró a él como si pudiera detener el tiempo.

Esa noche, se amaron como nunca. Con desesperación, con ternura, con rabia. Como si el amor pudiera salvarlos.

Al amanecer, Lucía tomó una decisión. No podía seguir viviendo a medias. No podía seguir siendo alguien que ya no era.

Renunció a su trabajo. Se separó. Y una semana después, tomó un vuelo hacia la ciudad donde Gabriel la esperaba.

Porque a veces, el amor no necesita testigos. Solo necesita valentía.

Y cuando nadie los mira, dos almas pueden encontrarse y decidir que el mañana sí existe.

Por Aneudy Valdez R.

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