Quizás Adam Sandler sea la personalidad cinematográfica a la que más quise, y la que quise durante más tiempo. Ha habido un Adam Sandler para cada momento de mi vida. Cuando iba a la primaria, y a principios de la secundaria, Sandler hacía sus comedias absurdas y delirantes más famosas: Billy Madison (1995), Happy Gilmore (1996), The Waterboy (1998), Big Daddy (1999) entre otras. Creo que la primera vez que supe lo que era una “productora” (una empresa que produce películas con una idea y un estilo detrás) fue cuando descubrimos, con mis amigos de la escuela, que la de Adam Sandler se llamaba “Happy Madison”. Recuerdo la felicidad de saber eso, de saber que la productora se llamaba como esas películas graciosisimas, que eran un grupo de personas detrás y que seguramente llegarían muchas más. Y así fue: todavía siguen saliendo, año a año, nuevas películas de Sandler y sus amigos. Este año, la semana que viene, se estrena la próxima: Happy Gilmore 2. Un gran momento para pensar en cómo Adam Sandler intervino en nuestras ideas de lo gracioso, lo tremendo, lo tierno y lo icónico.
Las primeras películas de Sandler eran un delirio extendido. Chistes estratosféricos, rápidos, incómodos, pero nunca malintencionados. La clase, el género, la vida absurda de los 90s (las grandes fortunas, el consumismo, los estándares de belleza demenciales) está toda cristalizada ahí, en sus películas. Llegados los 2000, Sandler se movió con el cine hacía cosas quizás más modestas y, con el tiempo, más hacia las franquicias. Recuerdo todavía la noche en que fui a ver Click, quizás la primera de Sandler que vi en el cine. Era mi primer aniversario con mi primer novio, una relación demasiado seria para dos adolescentes de 15 o 16 años: una cena en un restaurante, pastas, cordero a las hierbas, esas cosas que estaban de moda en los 2000. Un aburguesamiento total del primer amor, con un elemento extrañísimo, lo menos sexy posible: una película de Adam Sandler (las películas de Sandler no son castas, de hecho todo lo contrario, pero no son para nada sensuales). De la película recuerdo que en ese momento creí que era mala, pero hoy dudo. En comparación a las anteriores era más amarga, más ligada al cansancio de la vida en familia. Una película sobre el cansancio, la familia. Era una película visionaria sobre estar ausente en la propia vida.

Con los años fui creciendo, y la figura de Sandler se fue haciendo más profunda. Empecé a escuchar sus discos humorísticos y tiernos, especiales de comedia hilarantes y muy conmovedores (todo lo que hace Adam Sandler me hace llorar en algún momento u otro), películas más “serias”. Quizás la primera vez que ví una película más “seria”, una película que no entendía, fue también de la mano de Adam Sandler: Punch Drunk Love (2002) de Paul Thomas Anderson. No tenía idea quién era él, ni que estaba pasando, pero ahí estaba Sandler y sus problemas de ira desaforada, Sandler y su cara extraña, su lenguaje corporal desaforado, su dulzura absoluta. El personaje desnudo de objetos graciosos, de props, de compañeros de chistes. Un hombre aplastado por su propia fisicalidad acostumbrado a lidiar con la incomodidad siendo gracioso. De Sandler, de esa película tan extraña, aprendí también por primera vez que existe una forma de juntar el arte y el entretenimiento. Paul Thomas Anderson, Judd Apatow (Funny People, 2009). Eran películas que trabajaban con la personalidad del personaje de Sandler para pensar en la profundidad de las cosas, incluso las que parecen superficiales. Y ahí se coló Sandler al mundo de los directores, de los autores: maravilloso en The Meyerowitz Stories y, por fin, un día, con los hermanos Safdie.
El día que vi en el cine Uncut Gems (2020) quedará en mi memoria para siempre como uno de los últimos días del mundo como lo conocíamos. Era enero del 2020 y la película se pasaba en el Festival de Rotterdam, en Holanda, un festival clase A muy prestigioso y muy elegante. En ese contexto de élite del cine de autor mundial se pasaba una película de Adam Sandler, una película de los hermanos Safdie, pero pensando en Sandler como el actor-autor: en que Sandler escribía con su cuerpo lo que querían hacer con su película. Algunas personas ya comentaban en voz baja que había un virus respiratorio, COVID-19, un virus muy contagioso y peligroso, y las grandes aglomeraciones de gente en lugares cerrados que implican los festivales de cine, gente que viene de muchas partes del mundo, comenzaban a asustar. Yo escuché, lo pensé, y lo olvidé. Sólo pensaba en que iba a ver una película de Adam Sandler en un festival gigante, al que jamás había ido, en una sala inmensa, rodeada de gente a la que le gustaba mucho el cine. Me tocó un asiento casi en la primera fila, muy pegado a la pantalla. Cuando empezaron los primeros planos vertiginosos, los diamantes, la colonoscopia, y aparecía por fin Sandler, no lo podía creer. Creo que pegué un grito de euforia. Fue como entrar en un trance.

Después el mundo cambió para siempre, y fue terrible. Pero, en medio de todo eso, sin saber qué sería de nuestras vidas, vi cosas que no solía ver, cómo especiales de comedia o películas hechas para plataformas. Ahí, Sandler entró a su etapa familiar: You are SO not invited to my bat mitzvah (2022), en la que actúa Sunny, una de sus hijas, y él mismo. Y ahí empecé a ver los especiales de Netflix, musicales hermosos, dulces, con chistes de pedos. Son especiales que muestran una forma de estar, y de existir, muy pacífica. Me acuerdo todavía del final de uno de los especiales en el que, después de dejar el escenario la cámara lo sigue, y Sandler se encuentra con su esposa de la vida real, Jackie Titone, y juntos van al auto. Llueve, y Sandler la acompaña a subirse de un lado. Juntos van a comprar una hamburguesa en un drive-in, y se van para su casa. Te amo Adam Sandler, siempre te amé y siempre te amaré.
Ahora que se estrena Happy Gilmore 2 volví a ver la primera parte, que no veía desde la preadolescencia. A los pocos segundos me acordé todos los chistes increíbles que me esperaban: la mano de madera, el cocodrilo, el happy place de happy (un lugar con cervezas, tragamonedas que le dan a su abuela fortunas, amigos, de todo), el cuidador sádico que interpreta Ben Stiller. Happy, el personaje de Sandler (que en ese momento tendría unos 30 años) está obsesionado con el Hockey sobre hielo y quiere jugar. Todas las desgracias de su vida parecen atadas al Hockey, incluso la muerte de su padre. Pero él ama el Hockey, y quiere dedicarle su vida. Un extraño giro del destino lo hace darse cuenta de que tiene un talento para el golf, un deporte en el que no cree, mayormente porque es un deporte de ricos. Toda la película está ligada a esos asuntos de clase: el enemigo es un millonario que trata a las mujeres como si fueran sus secretarias, y a los demás como si fueran sus súbditos. Es una película muy política a su manera, y también muy romántica de una manera muy cinéfila. La primera cita que Sandler tiene con la chica que le gusta es en la cancha en la que juega al hockey, una pista de patinaje sobre hielo. Happy organiza para que se prendan las luces y la música cuando estén patinando, como la primera cita de Adriane y Rocky en la primera de Rocky. Ojalá la nueva de Happy Gilmore nos dé tantas alegrías como la primera.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.