
Escrito por Cristian L. Pires
Domingo 27 de julio de 2025
Jonathan Fisher, un periodista de revistas, está teniendo problemas para encontrar una historia nueva que interese a su editor, por lo que decide meterse en el oscuro mundo de la prostitución en la Nueva York de los años 80. Al no poder concretar la entrevista que buscaba con un proxeneta, Jonathan inventa una historia y un personaje que, para su fortuna y también desgracia, coinciden demasiado con un peligroso personaje de las calles apodado "Fast Black". Dirigida por Jerry Schatzberg, Street Smart o El reportero de la calle 42 se estrenó el 20 de marzo de 1987 para ser un fracaso en taquilla. Su mala o nula campaña de marketing cajoneó una historia que, si bien fue muy bien recibida por la crítica especializada, no logró dejar su marca en el público, a pesar de tener al por entonces tremendamente popular Christopher Reeve en el papel principal.
Street Smart es una película muy particular; tanto su trama como la historia de su producción son algo digno de análisis en un proyecto que fue posible gracias a una concatenación de cosas que al final no supieron manejarse inteligentemente. La idea base de la película viene de las vivencias reales de su escritor David Freeman, quien, al no conseguir una entrevista que estaba buscando, fabricó toda una historia falsa que terminó publicándose a finales de los años sesenta en una revista de Nueva York, época en que el chequeo de las fuentes era mucho más laxo. Similar a lo que pasa con Jonathan en el filme, todo se sale un poco de control y, en una especie de guion a la película en sí, fue el mismo guionista del filme quien terminó confesando todo esto cuando la historia tuvo luz verde para entrar en producción, gracias a la por ese entonces importante productora Cannon Films.
Pero ¿cómo terminó involucrada en este proyecto una casa famosa por producir filmes de bajo presupuesto, apuntados al nicho del cine de acción con artistas marciales? Bueno, irónicamente todo esto se remonta al otro gran reportero interpretado por Reeve: su personaje más popular, el querido Superman.

Para el final de la tercera película del superhombre, la fórmula que empezó en 1978 se gastó, y fue cuando la Cannon apareció a sacarle de las manos el producto a los Salkind, históricos productores del kryptoniano en el cine, creyendo que una película con el personaje era lo que su empresa necesitaba. La realidad es que, para ese entonces, el protagonista ya no tenía intenciones de volver, pero terminó haciéndolo después de que los dueños de Cannon le ofreciesen una suma enorme de plata, control creativo de la nueva película y… financiamiento para llevar a cabo un proyecto que lo vería como protagonista en una historia distinta, más cruda, más real y más dura, que es el filme que estamos analizando, el gran fracaso de taquilla de 1987. Pero ¿fue este fracaso merecido? ¿Es Street Smart una mala película? La respuesta sencilla es no, y más bien lo que pasó fue que Cannon, regido por su política interna de siempre, intentó gastar lo menos posible en este filme que llegó en una época donde esta empresa ya no buscaba el prestigio de tener filmes ganadores de premios en sus filas.
Sin embargo, esta película sí logró llamar la atención de la crítica especializada y es directamente responsable de poner al gran Morgan Freeman en el radar de Hollywood, llevándose con su interpretación de Fast Black su primera nominación a los Golden Globes y a los premios de la Academia en la categoría de actor de reparto, premio que perdió a manos de Sean Connery por su interpretación de Jim Malone en el clásico de Brian De Palma, Los intocables.

Dejando de lado esta curiosa historia de producción, Street Smart tiene todo lo necesario para presentarnos un thriller intrigante con actuaciones muy buenas, empezando por la de Christopher Reeve, de quien se puede percibir una inconfundible vibra a través de la película que nos hace sentir cómo este actor se encuentra muy cómodo en esta nueva piel mucho más desafiante, ya que es normal que actores muy consagrados por papeles populares intenten conseguir personajes como el de Jonathan Fisher: personajes reales, con matices y hasta algunos toques de cuestionable moralidad, lo que por supuesto crea a alguien interesante de ver.
La película trata algo muy pesado como es la prostitución y cómo funciona en las calles. Para algunos paladares puede que esta propuesta peque de ser muy superficial, o muy suave, ya que el filme no se vale de tener escenas extremadamente shockeantes o traumatizantes para mostrarnos este mundo, sino que pone la lupa en el análisis de lo que es un proxeneta, un chulo, un caficho o como sea que le digan en cada país. Este foco parece ser el correcto porque al final de la experiencia nos permite conocer a un villano bastante completo y, sobre todo, real. Fast tiene la siempre efectiva fórmula de ser encantador y peligroso a la vez, habla rápido y trae una sonrisa afilada que esconde el cómo… pero confirma que algo va a pasar. Su construcción como personaje es una de las mejores, ya que el filme no esconde su naturaleza pero sí juega con la percepción del espectador. Es de esos personajes que se transforman de un momento a otro. La interpretación de Morgan Freeman es justamente la que logra esto de manera efectiva.

Se podría decir que esta película tiene algunas facilidades en el guion, algunas cosas son demasiada casualidad, pero en lo que compone el subtexto del filme, acá tenemos algunos paralelismos que son muy interesantes. La película muestra, a través de Fast Black, cómo las mujeres en la red de prostitución no son mujeres, sino esclavas que no tienen elección. Se habla un poco de lo que es la cruda realidad donde alguien utiliza a otro ser humano para lograr un beneficio personal. Lo que hace muy bien esta película es transportar esta siniestra relación de beneficio unilateral al protagonista interpretado por Christopher Reeve, ya que el personaje protagonista tiene sus motivaciones personales que no lo diferencian de los demás, solo lo ponen en otro escalafón. Si bien Jonathan no es tan violento o siniestro como Fast, sí pone en movimiento una cadena de eventos que llegan a afectar a todos los que lo rodean sin que esto lo toque realmente a él. Este periodista tiene un desarrollo y un final que intenta remarcar esa pared invisible que hay en estos mundos tan turbios donde al final no hay justicia, sino algo de venganza, y lo que siempre fue y sigue siendo: el explotado y el explotador.
Nuevamente, al final de otro análisis, debo decir que acá nos encontramos efectivamente con una pequeña gema perdida en el tiempo, donde hay buenas actuaciones, una historia intrigante y un tercer acto impactante que tiene un desenlace cumplidor a toda la experiencia, que por supuesto recomiendo 100%.




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