En el cine no existe los tiempos muertos. Las situaciones se desarrollan de una escena a la otra, con elipses que nuestra percepción no registra pero entiende, porque si las películas fuesen como la vida, ya sabemos, estaríamos en la sala mucho, mucho tiempo.
Por supuesto, toda norma tiene sus excepciones, y han habido numerosos ejemplos de obras que recurren o se basan enteramente en esos “tiempos muertos”. El viaje hacia un lugar importante, la espera de un evento crucial o hasta la cocción de una comida.
Cabe aclarar que estos ejemplos también pueden tener un montaje que sintetiza lo que debería ser la duración real o bien se involucran de lleno a la verdad de lo filmado, tome el tiempo que tome.
El género del terror no se caracteriza por tener “tiempos muertos”. Directamente, va a los bifes. O a los hachazos, cuchillazos o machacazos. Claro, si hay un factor fundamental: el suspenso. Ese momento, previo a la aparición de algo que nos sobresalta, que puede parecer eterno. Es un elemento esencial de estas obras, ¿pero se han puesto a pensar en qué pasaría si viéramos lo que realmente pasa del otro lado de la espera por el impacto?

Algunas películas se venden por su premisa. “In A Violent Nature” (Chris Nash, 2024) tiene una que es difícil de resistir: un slasher contado enteramente desde el punto de vista del asesino.
Pero el “asesino” aquí no es el tradicional psicópata que puede tener una vida normal y matar cuando sienta el impulso, o un loco salido del manicomio que deambula y elimina a quién se le cruce. Incluso en esos casos, el enfoque a ese personaje puede presentar situaciones normales que escapan de los “tiempos muertos”.
La vuelta de tuerca de esta propuesta es, precisamente, que nuestro asesino protagonista está literalmente muerto y es su búsqueda implacable por descansar en paz lo que va cobrándose vidas en el camino.
Pese a lo inusual de la trama, la historia no se priva en recurrir a todos los lugares comunes del género: muertes sórdidas y explícitas, personajes sin demasiado desarrollo y, sobre todo, mucha exposición en los diálogos que nos informan el origen del Mal que acecha. Pero esto no es un error per se, sino que se hace valer de estos elementos para avanzar la historia y poner énfasis en lo que realmente importa: la experimentación formal.

Es como si Gus Van Sant hubiese sumado a su "trilogía de la muerte" (de la que escribí aquí) un episodio más y ese fuera “In A Violent Nature”, donde la muerte ya no sería un concepto, sino la representación misma. Un personaje muerto sale de la tumba para provocar más muerte, al menos hasta conseguir algo simbólico que lo regrese a su descanso eterno (en este caso, un collar).
Y es en la manera en que es mostrado que podríamos hacer otro paralelismo. Transcurriendo enteramente en un bosque, serán muchísimos los planos que tomamos de espalda a esta alma en pena monstruosa, gigante y decrépita. Sin ninguna música que acompañe más que el sonido de la naturaleza y los pesados pasos de una fuerza sobrehumana que no se detiene nunca, excepto cuando tiene frente a él algo que le despierte interés o algún tipo de recuerdo.

Porque más allá de todos los tropos del género cumplidos a rajatabla, “In A Violent Nature” es la trágica historia de un muchacho de coeficiente bajo que encontró la muerte por un grupo de inadaptados, como es muy común en este tipo de historias en ciertos pueblos rurales de Estados Unidos. Johnny, que siempre veremos de espaldas o de frente, cuando encuentra una antigua máscara de bomberos, nunca mostrará su rostro pero por una inteligente decisión del director, Nash, que es no darle identidad al horror más que en las leyendas que se cuentan.
Sin embargo, hay un momento específico en que sí veremos un tétrico primer plano de Johnny, que es cuando encuentra un llavero de un autito de juguete. Allí se sacará la máscara y mostrará sus ojos blancos sin vida, porque ese objeto activa en él lo más primitivo o humano que pudo ser. La triste historia de un niño cuyo cuerpo siguió creciendo y encontró la intolerancia de los demás. Esa necedad también se repetirá en los jóvenes a los que Johnny acecha para recuperar su collar y eso es lo que activa su instinto destructor.

Haciendo honor a su título, en parte, las muertes en esta película son muy explícitas y creativas. No tiene sentido adelantarlas acá porque obviamente son mejor disfrutarlas, dependiendo qué tan impresionable sea cada uno. Lo interesante es cómo se juega con el tiempo aun en esos momentos, alargando el instante del golpe del arma contra un cuerpo. Al pasar el punto de vista del lado de quién mata, no hay sustos, pero si un incómodo placer de finalmente ver cómo sucede el asesinato.
Pero la “naturaleza violenta” también significa el lugar de los acontecimientos y la cultura que rodea ciertos lugares, en que la sociedad está acostumbrada a alejar lo que no entiende. Johnny murió por una naturaleza violenta de su pueblo y regresó impulsado por la única violencia que conoce. Es un ciclo de aniquilación que no se detiene y traspasa la pantalla cuando en los últimos 20 minutos, se decide cambiar el punto de vista.
Aquí es cuando la película pasa de ser un sobresaliente ejercicio de estilo a convertirse en un gran estudio sobre el género y los que nos provoca como espectadores.

Cuando finalmente nos quedamos con Kris (Andrea Pavlovic), la única sobreviviente, siguiéndola por largos minutos perdida y herida en el bosque, el suspenso se hace latente por primera vez. Ahora no sabemos cuándo ni cómo aparecerá la amenaza. O si llegará del todo. Incluso cuando encuentre a una mujer que logre llevarla a la salvación y entablen un largo diálogo, sentiremos más los nervios atacándonos.
Es que de tanto estar del lado del victimario, cuando estamos desde el lado de la víctima, percibimos que el Mal está siempre cerca, acechándonos. Vimos tantas veces su accionar, su lento andar o su silenciosa mirada, que esa incomodidad nos acompaña aún cuando parecemos fuera de peligro.
El plano final del bosque vacío, desde los ojos de Kris, en que podría inspirarnos tranquilidad, son de lo más terrorífico que nos ha mostrado el género. No es por la sangre, no es por la truculencia, sino por cómo invierte el estado pacífico de supervivencia. Ahora la Muerte está con nosotros, en cualquier lado.
El terror es un género tan antiguo que pensamos que ya todas las cajas de sorpresas fueron abiertas. Conocemos tanto los recursos, que ya es más divertido adivinar lo que sucede que asustarse por lo inesperado. Por eso es muy necesaria una película como “In A Violent Nature”, porque se nutre de los lugares comunes para darnos lo que queremos ver y nos termina dejando un mensaje sobre la realidad que nos acompaña tiempo después de terminada la función.
Ya no hay “tiempos muertos” que aburren, sino pausas alarmantes que preceden lo imprevisto.

Porque puede que no haya naturaleza más violenta que la naturaleza humana, o peor que el miedo a lo desconocido, es el terror a lo que ya conocemos.




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