Joker 2: folie à deux: entre el deseo de la parodia y la parodia del deseo Spoilers

Película que ha resultado un gran fracaso comercial -posiblemente debido más a las expectativas del público que al valor intrínseco del film- Joker 2: folie à deux (2024) narra una historia de amor. Un chico conoce a una chica (y viceversa); su encuentro genera un chispazo, una fascinación mutua, y da lugar a un vínculo sentimental intenso (hay complicidad, sexo y proyectos en común); finalmente, la chica abandona al chico. Desde ya, no se trata de cualquier chico y de cualquier chica, sino de los infames, y a la vez célebres, Joker y Harley Quinn: dos personajes que desempeñan el rol de villanos en el dicotómico mundo del cómic de superhéroes. ¿Podría decirse entonces que lo que se nos muestra en la pantalla es una parodia de las historias de amor? El carácter burlesco de ambos personajes nos podría llevar a pensar eso. ¿Pero qué tal si esa fuera solamente una más de las expectativas que la película se dedica a frustrar?

Quiero proponer, valiéndome de una terminología no canónica, que la historia de amor que relata Joker 2 es una historia de amor moderna; y que su modernidad consiste en poner en crisis una serie de elementos distintivos de aquellas historias de amor que podríamos catalogar de clásicas. Veamos. Si pensamos en una historia de amor clásica, seguramente se nos vendrán a la mente algunos, o todos, de estos elementos: los protagonistas son gente “buena”; el enamoramiento tiene como objeto la interioridad del otro, su verdadero ser, y no su apariencia; el final de la historia augura una vida de felicidad para la pareja. En suma, se tratará de una historia que exalte la bondad, pureza y autenticidad del amor.

Estos elementos, reiterados en las versiones fílmicas de los cuentos de hadas infantiles, se hallan presentes incluso en aquella película que pretendió reírse de todos ellos: Shrek (2001). Aun a pesar de su plétora de irreverencias, Shrek sigue siendo una historia de amor clásica. Que el protagonista y, eventualmente, su amada, asuman una figura tradicionalmente asociada a la maldad -el ogro- resulta finalmente irrelevante. Shrek es indudablemente bueno; su amor hacia Fiona es puro (la ama por su ser interior, no por su apariencia; por ello es su “verdadero amor”); y ambos terminan la película juntos, presumiblemente viviendo "happily ever after" (más allá del modo en que las secuelas puedan resignificar dicho final). Podríamos decir que Shrek es tan efectiva, como parodia de las historias de amor clásicas de los cuentos de hadas, justamente porque se ríe de sus elementos distintivos sin romper con ellos, sin salirse del horizonte de lo clásico.

En el mismo sentido otros films, destinados a un público adulto y pretendiendo representar las complejidades y los matices de las relaciones amorosas, como Before Sunrise (1995) o Marriage Story (2019), están lejos de escapar completamente al clasicismo. De los elementos mencionados, solamente reniegan del tercero, ofreciendo en sus finales -spoiler alert- diversas alternativas al “y vivieron felices para siempre”. Pero estos finales, indudablemente agridulces, dejan incólume la fe del espectador en el amor verdadero. El desencuentro trágico con el que concluye Before Sunrise nos deja la certeza de que Jesse y Celine estaban destinados a estar juntos, de que eran el uno para el otro (y, por ende, de que hubieran vivido felices para siempre). La separación de Charlie y Nicole en Marriage Story no pone en duda que el amor que compartieron haya sido una experiencia auténtica, profunda y transformadora; y, aun cuando no vayan a vivir juntos, nos tranquiliza saber que vivirán felices.

El clasicismo en las historias de amor sólo resulta efectivamente impugnado cuando se cumplen estas condiciones, que considero propiamente modernas: los protagonistas son personajes de moralidad objetable; se ven afectados por un amor de sospechosa autenticidad; y carecen de garantías de un futuro dichoso juntos. Estas condiciones se cumplen indudablemente en el caso de Joker y Harley Quinn en Joker 2. Otro ejemplo fílmico que podría traerse a colación, surgido del mismo universo ficcional del cómic, es el de Batman y Catwoman en la exquisita Batman returns (1992). La oscuridad de ambos (que por momentos bordea la locura), la extraña atracción que sienten, y el final, sin pareja ni promesa de felicidad, acercan el film al patrón del amor moderno. Llamativamente, una cinta 20 años posterior, The Dark Knight rises (2012), re-narra la relación entre Batman y Catwoman desde una perspectiva nuevamente clásica.

Joker 2 ejecuta su impugnación del patrón clásico con las herramientas de la dualidad y la imagen. Esto es claro desde su mismo subtítulo: “folie à deux”, literalmente ”locura de dos". Rápidamente podría interpretarse que el “dos” alude a la pareja estelar, Joker y Harley. Pero la expresión tiene por lo menos una capa más de sentido. Ya desde la secuencia animada que abre el film, titulada “Mi sombra y yo”, todo el desarrollo de la trama nos enfrenta recurrentemente a la pregunta acerca de si la identidad de Arthur Fleck es unitaria o doble. ¿Es él el Joker? ¿Es por momentos Arthur y por momentos el Joker? ¿O es solamente Arthur? No casualmente, la historia de amor se construye a partir de esta dualidad. Harley está fascinada, obsesionada, “enamorada” del Joker, e incita a Arthur a que asuma la identidad del payaso criminal. Arthur, por su parte, necesita desesperadamente que alguien lo quiera; por ello, al advertir el deseo de Harley no puede hacer otra cosa más que responder. Como desea su deseo, le devuelve la imagen de él que ella quiere ver: se convierte una vez más en el Joker.

Retomemos los elementos característicos de la historia de amor moderna. Además de ser evidente que ninguno de los dos personajes es “bueno”, es también muy claro que el amor que experimentan no es una relación entre interioridades; se trata de una relación entre imágenes. Harley no ama a Arthur por su “auténtico ser”, por lo que él es en su interior, sino por la salvaje imagen exterior que aparece cuando se pinta la cara de payaso -símbolo máximo de que el deseo de ella se dirige hacia una dimensión incluso más superficial que la piel. Y Arthur tampoco ama la interioridad de Harley, que por cierto no parece conocer. Desea solamente la fachada: su gesto de aprobación cuando él actúa como Joker; el disfraz de arlequín que ella luce el último día del juicio, espejando su propia imagen de bufón de mazo de naipes.

Entonces, cuando él finalmente decide que no es el Joker, que “el Joker no existe”, el deseo de Harley desaparece. Y cuando, luego de escapar del juzgado, Arthur recurre a ella, esperando que se comporte como su amor verdadero y que huyan juntos hacia un destino de felicidad, Harley lo rechaza con estas palabras: “Todo lo que teníamos era la fantasía… y te rendiste”. Entendemos entonces que los números musicales estilo Broadway intercalados en el film, en los que el Joker y Harley exhibían y disfrutaban su amor, no eran solamente las fantasías de Arthur, sino de los dos (una nueva dimensión de la folie à deux); que en ellas se sintetizaba la idea del amor como imagen, del amor como relación entre imágenes, entre puras exterioridades.

De esta manera, Joker 2: folie à deux es una historia de amor moderna que no se limita a distanciarse de los elementos de la historia de amor clásica, sino que los incorpora dentro de su propia narrativa justamente para impugnarlos, mostrándolos como mera fantasía, como mera imagen.

Esto me permite retomar los interrogantes que abrí al comienzo, acerca de si la película era o no una parodia. Creo que Joker 2 no es una parodia de las historias de amor clásicas, tal como algún público seguramente esperaba. Es en realidad una parodia de la expectativa, del deseo del público, de ver una parodia de una historia de amor clásica. Es una parodia que se dirige a quienes querían ver al Joker y a Harley Quinn vestidos con sus coloridos trajes de villanos, viviendo una versión desfigurada del clasicismo amoroso: amándose verdaderamente a su grotesca manera, pero amándose verdaderamente al fin. Y he aquí que eso sólo sucede en su fantasía compartida, en su locura de dos. Cuando los personajes no están fantaseando, los vemos como dos individuos grises, golpeados, deseosos de otra vida. En suma, bastante parecidos al espectador promedio. El resultado: la expectativa de ese público queda situada en una zona de locura perturbadoramente cercana a la de los propios protagonistas del film; “locura de tres”, finalmente.

Se trata en suma de una parodia que no nos da risa. ¿Cuál es entonces su sentido? Creo que al impugnar por partida doble -otra vez- el amor verdadero, tanto entre los “buenos” (por omisión) como entre los “malos” (desterrándolo a las regiones de la fantasía y la locura), el film nos dice algo. Aclaro desde ya que no nos “dice” algo a la manera de una moraleja, transmitiendo un mensaje aleccionador o un aprendizaje. Nos dice en la medida en que nos muestra. ¿Y qué nos muestra? Nada menos que los obstáculos psicológicos y materiales que se nos presentan en la contemporaneidad a la hora de establecer un vínculo con la otredad, un vínculo que no se reduzca en un último término a un vínculo con uno mismo, con las propias fantasías; en definitiva, con el doble del sí mismo que aparece fantasmalmente como un otro ("mi sombra y yo"). Los protagonistas, trágicamente, son incapaces de superar tales obstáculos. ¿Y los espectadores? Esa es la pregunta que la película abre para que nos hagamos a nosotros mismos, para que nos pensemos. Evidentemente, quienes despreciaron este film por no cumplir con sus expectativas, ya disponen de un punto de partida para comenzar esa tarea.

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