El cine de Kelly Reichardt exhibe la sutileza y austeridad de la verdadera independencia. Desde sus comienzos, en asociación con el escritor Jon Raymond, la directora que ya cuenta hoy con 61 años ha diseñado un recorrido íntimo y personal por sus temas e intereses, siempre en rodajes sin estridencias, con actores recurrentes como Michelle Williams y John Magaro, en espacios naturales, en la admirada ciudad de Portland y los alrededores del condado de Oregón. A su edad, la independencia no es un estadio de juventud a la espera del salto al mainstream, sino una convicción para narrar historias de personajes solitarios, a veces marginales, que atraviesan un cambio de vida, o una etapa de crisis, o un proceso de transformación íntimo y estructural, fuera de los dictámenes de la gran industria. Ahí están los amigos de Old Joy (2006) en esa excursión de despedida de la vida sin tiempos y responsabilidades; el derrotero de Wendy y su perra Lucy frente a apremios económicos y una errancia imprevista en Wendy and Lucy (2008); o los militantes ecologistas de Night Moves (2013) en una búsqueda de rebeldía que tenga efectos más allá de sus propias frustraciones.

Reichardt filmó westerns como Meek’s Cutoff (2010) o First Cow (2019) con la misma impronta, sin las grandes planicies del Monument Valley, pero con la misma convicción de John Ford para desmontar la mitología de los pioneros y su conquista del desierto para narrar pequeñas verdades, la violencia subterránea e imperceptible de un terreno inhóspito, el complejo devenir de la Historia sobre los cuerpos de sus mártires. En su obra aparecen los efectos a pequeña escala del colonialismo, del capitalismo neoliberal, de la lógica del mercado y la codicia humana. Pero aparece también la solidaridad, la amistad duradera, la conexión con la naturaleza y los animales, y lo absurdo y banal de la vida en la atención a lo cotidiano. Película a película, Reichardt y Raymond han explorado los confines de Oregón, en presente y pasado; él dotando de palabras posibles lo indecible, ella forjando en sus planos en formato cuadrado sus coreografías de cámara y su sentido existencial del tiempo, una existencia que no se agota en el arco de una historia.
Showing Up (2022) es su última película estrenada -a la espera de la que llegará [The Mastermind, 2025] luego de su pase por festivales-, y es la historia de Lizzy (Michelle Williams, extraordinaria como siempre) una escultora que vive en Portland y prepara una muestra de su arte con empeño y dedicación. Tiene una semana de tiempo y en esos días todo parece conspirar para desviarla de su cometido: una rotura en el calefón que la deja sin agua caliente, una paloma herida que debe cuidar, los problemas de su familia disfuncional, las discusiones con su casera Jo (Hong Chau), también amiga y artista. Reichardt atiende a esa vida material que afecta a la tarea artística de Lizzy, aquella que realiza en el garaje de su casa alquilada, con algo de frío, y sometida a ruidos y contratiempos. “Mi intención era deconstruir el ideal del ‘genio’”, aseguraba la directora en una entrevista, dando por tierra la mirada sobre el artista dotado de inspiración y en contacto con las musas, para atender a una trabajadora que debe encontrar el tiempo y el espacio para hacer su labor.

Aún con su inseguridad y sus quejas respecto del agua y el costo de la veterinaria para la paloma, Lizzy es el punto de armonía de una caótica familia de artistas. Su padre, Bill (Judd Hirsch), es un viejo alfarero retirado, cuya casa se convirtió en cita obligada de unos hippies veteranos que le toman el café y duermen despatarrados en su sofá. Su narcisismo le evita estar solo y, al mismo tiempo, ocuparse de las cosas mundanas de las que Lizzy siempre debe ser custodia. Como por ejemplo su hermano Sean (John Magaro), bautizado como el genio de la familia, cuyo comportamiento errático y sus obsesiones lo han convertido en un ermitaño extraviado y solitario. Su madre, Jean (Maryann Plunkett), es la directora de la escuela de arte donde Lizzy trabaja como secretaria, y atiende a las demandas de sus artistas, a las disputas de larga data con su ex marido, mientras esquiva valorar a esa hija que pulula en silencio bajo su mirada.
La ilusión de ser premiada o reconocida por su arte, de exponer en Nueva York o en otras galerías importantes, se convierte en algo tan lejano para Lizzy que cuando una artista de la escuela insiste en el interés por su obra o le presenta a una galerista neoyorkina en su muestra, ella se preocupa por que no se acaben el vino y los quesos para los que solo vinieron a comer. Sin embargo, su atención a lo mundano nunca le arrebata la concentración en el arte, y de hecho esos materiales encontrados en la calle o forjados de manera artesanal son parte esencial de su obra. Sus esculturas son unas mujeres desgarbadas, talladas en arcilla, en poses de abatimiento o tristeza, pero con colores vívidos, audaces y arriesgados. Sus miembros delgados y frágiles demuestran una fortaleza secreta, erguidos enarbolan su resistencia ante toda amenaza de claudicación. Como Lizzy que, aunque su día dedicado al trabajo se malogre por los contratiempos domésticos, decide quedarse despierta de noche para concluir con su labor.

Hay un elemento que funciona en paralelo al devenir de la artista, sin que Reichardt insista en su dimensión simbólica. Es la paloma, que ingresa en la casa de Lizzy por la noche, es herida por su gato y expulsada por ella en la somnolencia de la mañana. Al salir al exterior descubre que Jo encontró al pájaro, decidió vendar su ala, y dejarla a su cuidado porque tiene que preparar, no una, sino dos muestras para esa misma semana. El hecho revela el juego de oposiciones entre Jo y Lizzy: Jo es extrovertida y sociable, la organización de sus exposiciones no le quita tiempo a sus reuniones sociales, y es capaz de retorcer los lienzos de sus enormes instalaciones al tiempo que busca un neumático para armar un columpio en el jardín del fondo. Si Lizzy está insegura de su arte y su vida, Jo se muestra firme en sus convicciones, tiene una familia que la sostiene económicamente y su arte parece ser más rentable. Por ello no presta demasiada atención a los problemas de calefacción de su inquilina ni al destino de la paloma, más allá de su inicial rescate.
Lizzy cuida a esa paloma a su pesar, impulsada al comienzo por la culpa y luego por un inesperado cariño. La lleva al veterinario cuando creer escuchar que profiere ruidos “raros”, la arropa con una cantimplora de agua caliente, la pone al sol y finalmente deposita en ella ese cuidado por los demás que es su virtud y su castigo. “En casa a las palomas las matamos con perdigones, no las llevamos al veterinario”, le dice con sorna un compañero de trabajo mientras ella mira con atención los ojos del desconcertado animal refugiado en su caja de cartón. Pero Lizzy sí cuida de ella, como de su padre y su hermano, como de sus creaciones en las que deposita sin saberlo sus taciturnas preocupaciones. Y si la paloma es un pájaro común, aquel que no tiene belleza ni gracia, que merece más el perdigón que el cariño, la propia Lizzy se revela como ese tipo de artista, una trabajadora infatigable de la arcilla, sin el brillo de la fama ni el barniz del reconocimiento.

Hay una dedicación magistral de la cámara de Reichardt a filmar las manos de Michelle Williams en la tarea de moldear los materiales (la obra que vemos es de la escultora Cynthia Lahti, de Portland, quien también enseñó a la actriz los detalles de su trabajo para poder representarlo). Planos de sus bocetos, de sus esculturas, de la tarea minuciosa de manipular la arcilla, poner el pegamento, pintar una figura o llevarla al horno de la escuela para su cocción. Allí también ocurren contratiempos, y la pieza estrella de la muestra termina ennegrecida por el fuego, colocada orgullosamente en la galería de esculturas como un testimonio del esfuerzo del artista y los dictámenes del destino. Por ello el título asume toda la multiplicidad de significado, la “muestra” que Lizzy prepara, el “mostrarse” como un requisito del artista que se sube al circuito y obtiene reconocimiento, y también el hecho de mostrarse en el trabajo, de estar en ese quehacer constantemente, en su dimensión material, en su peso espiritual absorbente.




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