Este año he tenido una devoción especial por explorar el cine argentino, y una de esas películas que no puedo parar de recomendar es el Jockey.
El Jockey es una película que no te deja indiferente, que te causa algo por dentro y que exige un segundo visionado. En mi vida nunca antes había tenido esa necesidad inmediata de darle una segunda oportunidad a una película. No porque su narrativa sea críptica o compleja, aunque lo es, sino porque se mueve en un lenguaje propio. Un lenguaje cargado de símbolos, atmósferas y sentimientos que no siempre se traducen de inmediato. La primera vez que la vi, lo hice cansada, intentando entenderla bajo parámetros que no le correspondían. Buscaba lógica donde había intuición, buscaba explicaciones donde había sensaciones.
Desde el primer minuto, la película atrapa. Su inicio es magnético. Hay una cadencia en el montaje, una fuerza sonora que electriza. El soundtrack no solo acompaña, sino que define. Y en algunos momentos lo hace de forma sublime. Canciones como Un beso y una flor no solo emocionan, también cargan el relato de una emocionalidad que desborda la pantalla. Sin embargo, esa intensidad inicial se diluye con el paso del tiempo. Hacia la mitad, el ritmo se vuelve errático. Aunque la propuesta surrealista sostiene el interés visual, el vínculo emocional se debilita. Sentí que la fuerza del sonido, tan presente al comienzo, se disipaba. Lo que había empezado como una promesa de algo inolvidable se volvía, por momentos, lejano. Como si se me escapara entre los dedos.
Narrativamente, El Jockey juega con la ambigüedad. No es una película que busque ser comprendida de manera directa, sino sentida. Aun así, hay fragmentos en los que esa ambigüedad se vuelve un obstáculo. En lugar de invitar a la interpretación, genera desconexión. Me costó seguir los motivos de ciertos personajes, especialmente Remo, cuya presencia me resultó distante. En cambio, personajes como Úrsula y Dolores tienen una densidad emocional mucho más tangible. La película es más fuerte cuando se detiene en ellas, cuando explora los vínculos femeninos, el duelo, el deseo de transformación.
Y sin embargo, lo que permanece incluso en la duda es la certeza de que hay amor detrás de su realización. El Jockey es una obra que arriesga. No busca complacer ni explicar, sino construir su propio lenguaje. Ortega, el director, ha mencionado que parte del sentido de la película está en cómo cada persona la interprete. Y se nota. Cada plano, cada absurdo, cada silencio parece tener una razón de ser, aunque no siempre podamos nombrarla.
"¿Qué tengo que hacer para que me ames?"
"Morir y volver a nacer."
"Okay."
Esa línea resume el corazón del film. El Jockey es un recorrido por pequeñas muertes y renaceres. Es la historia de Dolores, luego Lola. Una mujer que atraviesa pérdidas, identidades y despedidas. Las muertes de Remo y Sirena no son solo puntos de quiebre narrativo, también son momentos donde se activa una dimensión simbólica más grande. La Parca entra en escena no como figura temida, sino como aquella que transforma.
También hay espacio para reflexionar sobre la libertad. No solo la libertad carcelaria, sino la más íntima. La de poder decidir cuándo irse, cómo reconstruirse, cómo amar. La película abre preguntas sobre el amor que se transforma, sobre las relaciones que se rompen y las que renacen, sobre la entrega, la pérdida y el deseo de ser alguien más bajo tus propios términos.
En un segundo visionado, ya conociendo a Dolores, la conexión fue distinta. Pude apreciar los matices, dejarme llevar por la música, que sigue siendo uno de los grandes aciertos del film, y abrazar ese universo tan suyo. Películas como El Jockey se agradecen, incluso si no todo funciona. Porque proponen, porque arriesgan, porque apuestan por lo sensorial en un medio que a veces insiste demasiado en lo explícito.
El Jockey no es una película redonda, pero sí necesaria. Tiene fallas en su ritmo y en su claridad narrativa, pero también momentos de belleza auténtica




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.