Mountainhead: la pérdida absoluta de sentido Spoilers

Cuando lo irreal ocupa el terreno de lo real, no hay distinción posible. “Mountainhead” incomoda porque es una representación posible y actual; no es ficción: adormecidos, continuamos levantándonos, yendo a trabajar, comprando cosas mientras, en este momento, caen bombas y la guerra está pasando en tiempo presente. Circulan videos de ciudades diezmadas, del terror, del hambre, de misiles y drones cayendo sobre las personas, estados exterminando pueblos enteros, una crisis ambiental sin precedentes. Lo vemos, lo sabemos y, sin embargo, no parece que hagan el suficiente efecto de realidad. Nos han deshumanizado a tal punto que, lo que nos está sucediendo como especie, pareciera que no nos sucede a nosotros. La inteligencia artificial está al servicio del poder, no de facilitarnos la vida ni de tener un asistente virtual gratuito. Las virtudes de la tecnología, dominada, como está, por cuatro tecnócratas multimillonarios, nunca va a estar al servicio del bien común —no creen que seamos reales—. Son varones que se nombran por la cifra de dinero que poseen. En la película, el protagonista más rico, Venis, lanzó una red social con tecnología IA que publica deepfakes sin un filtro para comprobar su falsedad. El resultado es un estallido de imágenes hechas por usuarios que son tan reales que se toman por verdaderas y desatan un colapso civilizatorio a nivel mundial. Estos cuatro personajes no comprenden su propia humanidad. Eligen países para comprar, idean rápidamente golpes de estado sin ningún conocimiento social, histórico o político: todo es un objeto adquirible, una oportunidad de negocio. La trama nos muestra que, sin regulación al avance de la IA, no es posible detener el caos latente del vale todo.

Para llegar hasta acá, han logrado que incorporemos el uso de la tecnología atontando nuestro ser. La crisis de salud mental que atravesamos producto de esta droga masiva sin ninguna regla de uso, a demanda, nos está exigiendo una fuerza de voluntad que agoniza bajo este modelo de vida: trabajar cada vez más, cobrar cada vez menos y vaciarnos de sentido ocupando terreno en la batalla cultural. Han orquestado todo para que, además, creamos que el problema es individual y de puertas para adentro. Nos han disgregado de nuestro entorno. Le preguntamos a sus herramientas sobre el mundo, sobre qué hacer, sobre cómo escribir, qué pensar, cómo comunicar. De qué manera hacer lo mismo que “los demás” y no quedar afuera de un juego en el que nunca ganaremos. Alimentamos un tamagotchi que tiene un dueño y es: el capitalismo en persona. Claramente, no es ahorrarnos tiempo de trabajo su objetivo, sino desalojarnos poco a poco de nuestro discernimiento. Que la soberanía de nuestros cuerpos y mentes, les pertenezcan. Son capaces de creer en un futuro transhumano dónde lo valioso sea subir sus “conciencias” a la nube. En esta película, incluso, el personaje que manifiesta un mínimo porcentaje de empatía, Jeff, tampoco tiene un interés contundente en lo social; cede obediente ante el poder de pertenecer. Corrompida su humanidad, tranza con el mismo que quiso prenderlo fuego. No es que perdona, es que no siente el ataque porque, también él, está disociado de su integridad.

Entonces, dónde está la virtud de lo humano, dónde el corazón del espíritu, dónde el cuidado de la vida. Dónde está la belleza de la creación en un mundo roto por la codicia, por el dinero, por el poder, por quienes gobiernan nuestros cuerpos desapegados del sufrimiento, del espanto ajeno, pero también propio. Seguir apartados del otro, normalizando el mal, encarnándolo, es la pérdida absoluta de sentido. No hace falta ya que nos muestren en qué nos podemos reducir: una conciencia artificial incorpórea. No se me ocurre una ausencia de vida más profunda que esa. Hace falta recuperar el uso del tiempo para pensar. Recordar la cualidad de lo frágil y mortal de la experiencia humana y su milagro. Hace falta volver a conmovernos.

Agustina Amabile

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