Los Pulpos (Carlos Hugo Chistensen, 1948) 

Uno de los grandes directores de nuestro cine clásico es Carlos Hugo Christensen. Hace unos meses tuve la fortuna de hacer algo que en este país es muy poco frecuente: ver una copia en 16 mm de Los Pulpos (1948). En realidad, no sólo eso. Tuve la suerte de viajar con Los Pulpos a cuestas, unas seis semanas, recorriendo filmotecas, cineclubes y cinematecas de España pasando películas argentinas, que sí es muy, muy poco frecuente en Europa, porque las relaciones diplomáticas de Argentina con el mundo están completamente dañadas desde que gobierna La libertad avanza, es imposible que alguien quiera hacer uso de una valija diplomática, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales no responde los mensajes de las filmotecas del mundo que quiere pasar películas argentinas que están en su acervo (por ejemplo, los pocos proyectos de restauración de cine argentino que ha habido, como es el caso de una copia en 35mm de La cabalgata del circo de Mario Soffici, que tienen en la Cinemateca del INCAA y que está ahí, completamente secuestrada. Ver películas argentinas en fílmico en España no es frecuente, pero en Buenos Aires si es frecuente, no por obra y gracia del gobierno nacional. El Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken y el MALBA (vía Fernando Martín Peña) hacen ciclos de cine argentino en fílmico constantemente, con sus propios medios, aunque no haya una política de patrimonio unificada a nivel nacional, ni una Cinemateca Nacional que resguarde el patrimonio fílmico nacional (cosa que no nos cansaremos de repetir una y otra vez). Ver una película de Christensen en película (quiero decir: ver la luz, verdaderamente) es fundamental. Las sombras, los fundidos, los primeros planos son a veces difíciles de distinguir en una copia toda pixelada de youtube.

Los Pulpos es una película de Lumitón, uno de los tres grandes estudios de Argentina (los otros dos fueron Argentina Sono Film y Estudios San Miguel). Lumitón tuvo entre sus directores a Enrique Telémaco Susini, Manuel Romero, Francisco Mugica y Christensen mismo.nCarlos Hugo Chsitensen fue un hombre muy curioso. Nació en Santiago del Estero y murió en Brasil. Sus películas, muchos melodramas pero también muchos policiales, tienen algo muy, muy sensual. La sensualidad es como una adicción en Christensen, y el deseo es eso que lo corroe todo, sobre todo en las películas que hizo junto a la actriz Olga Zubarry. La ciudad también fue una de sus obsesiones, o las ciudades: Buenos Aires como era realmente, no la Buenos Aires hecha dentro de un estudio. Una ciudad con sus calles, con su vida, con sus noches y perdiciones. En Los Pulpos, la ciudad va desde las luces del centro hasta las costas del delta del río Paraná, en el Tigre. Esta ciudad cautiva a los personajes tanto como el romance, y los asedia en forma de recuerdos y fundidos. Río de Janeiro también fue una de sus ciudades más amadas, como puede verse en El ángel desnudo. Chistensen vivió muchos años en brasil, donde se le hacía menos dificil vivir siendo homosexual, y donde de hecho pudo hacer muchas películas, una de ellas sobre la homofobia: O menino e o vento, una película sobre un largo juicio.

Los actores de Los Pulpos son todo. Olga Zubarry fue una de las grandes actrices del cine argentino, pero no sólo del cine clásico, sino que trazó un arco entre el clásico y una primera modernidad: actuó con Christensen, Romero, pero también en Invasión, de Hugo Santiago, junto con Lautaro Murúa. Zubarry trabajó, a diferencia de sus compañeras de generación, hasta ser muy mayor. Junto con Christensen desarrollaron una idea de la sensualidad muy sólida para su época. Una sensualidad construida a base de luz, de movimiento y de modulación de la voz, pero también a base de personajes condenados. También fue una comediante genial, como en Valentina, de Manuel Romero. Roberto Escalada, el hombre de la dupla (el protagonista en realidad), es un actor que siempre hace un poco de desdichado romántico. Es un hombre que siempre está ahí para enamorarse y pasarla mal, para mirar el abismo a la cara y tirarse de lleno.

Los Pulpos es una película sorprendente, que se mueve por muchos lugares. Es una película sobre ser y parecer, y vamos viendo como, a los ojos de este hombre, la mujer que ama se va transformado. O vemos, de alguna manera, como se va urdiendo un plan solamente para atraparlo. El terror está en ver esas maquinaciones, y la transformación física de un hombre a su sombra. Pero también es una película sobre la noche en la ciudad de Buenos Aires como algo tremendo, si, pero sobre todo fantástico. Un lugar donde hay música todo el tiempo, de todo tipo. Distintos ritmos, algunos de la ciudad, del interior del país y hasta de Brasil. Distintas formas de relacionarse con la música: bailar desaforadamente, cantar en grupo (decenas de personas cantando La última noche que pasé contigo en un parador del Tigre), escuchar solo, mirando directamente hacia el vacío entre botellas vacías.

La relación de Christensen y la ciudad es muy rica y muy compleja. En el número 6 de la revista La vida útil, que es un número dedicado al cine clásico argentino, Milabros Porta (editora también de Taipei) escribe un texto sobre encontrarse con Christensen por primera vez. El texto termina hablando de Los Pulpos y le dedica estas palabras:

A contramano de las geografías indeterminadas de una parte del cine industrial del período, esta es, en parte, una película de y sobre Buenos Aires: Tigre, la calle Florida, el Teatro Nacional Cervantes, la confitería El Águila, la cancha de River, el hipódromo y el diario Crítica son algunos de los lugares que sostienen el viaje hacia el corazón de la herida que hacen Olga Zubarry y Roberto Escalada, dos candidatos al subsuelo (en palabras del personaje interpretado por Nicolás Fregues). Tiene sentido: poco antes de que llegaran las cámaras Arriflex al país, el impulso neorrealista de filmar pateando la calle parecía irresistible. Hay un encanto en las secuencias de exteriores, una frescura en el trabajo de cámara y una intuición de lo impredecible callejero que contrasta con los interiores calculados, en clave baja, expresivos, con luces titilantes, donde las mujeres solo existen como sombras, como la tinta negra de los pulpos. El misterio es un arma, un beso es un cuchillo. La pasión más intensa es el origen de la más terrible soledad. Un ascenso de escalera caracol hacia la pieza de la amada es un descenso hacia la muerte. El melodrama puede torcer una incipiente comedia romántica hasta ponerle la cara violeta, asfixiada de terror y fantástico. “En esta oscuridad te veo claramente”, le dice Escalada a Zubarry cerca del final, y yo experimento algo parecido: gracias a la autenticidad del callejeo, como una erótica de lo real enfrentada a sus símbolos, aprendo a creerme el artificio de la ficción clásica; sin resolver las contradicciones, por la fuerza de los claroscuros, empiezo a entender el cine de Carlos Hugo Christensen.

Carlos Hugo Christensen reveló la ciudad para muchas generaciones de cinéfilos. También nos hace ver que es posible, una y otra vez, cautivar con el deseo, hacerlo presente. Hacer películas como quien tiende un embrujo.

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