Cuando hablamos de ciencia ficción, usualmente imaginamos películas que muestran futuros imposibles, utópicos, o apocalípticos, pero desde un punto de vista más honesto y filosófico, nos encontramos con cuestionamientos mucho más profundos de nuestro presente. Ex Machina (2014), es uno de esos filmes que, bajo toda la trama futurista relacionada con la Inteligencia Artificial, pone sobre la mesa aquello que significa ser humano, prácticamente obligándonos a mirarnos en un espejo que resulta tanto brillante como incómodo.

Ava (Alicia Vikander) representa la humanidad encerrada en una jaula de vidrio. En el centro de la historia, encontramos a Ava, una robot diseñada por Nathan (Oscar Isaac), quien desde el inicio no se presenta a sí misma como una autómata. Su cuerpo artificial contrasta con un rostro humano lleno de visos emocionales, y su inteligencia nos hace preguntarnos si en realidad ella es una IA perfecta, o una mujer atrapada en el diseño de una máquina.
La película se sirve de Ava no solamente para mostrar los límites a los que puede llegar la tecnología, sino que funciona para llamar a la reflexión de qué es lo que define a una persona, ¿Su consciencia?, ¿Su capacidad de manipulación, de mentir, o de amar? ¿O simplemente su deseo de libertad?
Nathan como creador, se muestra casi como un Prometeo moderno que no busca solamente encender la llama de la vida, sino controlarla a su antojo. Pero la película no lo pinta como un visionario con valores, sino como un ser oscuro, misógino, que rebaja a sus creaciones al nivel de juguetes. Aquí, la humanidad no se retrata como compasiva, sino como cruel y egocéntrica casi al extremo.

Por otro lado, Caleb (Domhnall Gleeson), el programador elegido para evaluar la “conciencia” de Ava, parece, en principio, más empático, pero incluso él proyecta en ella sus deseos y fantasías propios, revelando así un aspecto brutal de la humanidad: aun frente a una forma de vida nueva, e inteligente, el hombre tiene tendencia a dominar y a poseer.
Uno de los giros más potentes de la película, es la prueba de Turing. Invertida. No es cuestión de si Ava puede lograr convencer a Caleb de que es humana, es más si nosotros como seres humanos somos capaces de actuar con verdadera humanidad frente a ella.

La película sugiere que no es Ava quien necesita demostrar su humanidad, sino que, en cambio, son los mismos humanos los que fallan la prueba. La forma en la que tanto Caleb como Nathan la tratan, pone en evidencia la incapacidad de ver en lo diferente, algo digno de respeto y empatía.
Así, en últimas, lo que busca Ava no es ni complacer, ni enamorar, ni siquiera destruir o vengarse; es simplemente liberarse, no como acto de maldad, sino como afirmación de su derecho a existir, a ser por sí misma, sin estar bajo el yugo de ningún ser humano. Y es en ese momento, cuando Ava camina en el mundo por primera vez, que se convierte tal vez en lo más humano de toda la historia.

Ex Machina no juega a la advertencia de un futuro distópico de la Inteligencia Artificial. Pone en advertencia el mismo presente de la conciencia humana. Nos enfrenta con nuestro lado más oscuro; la obesión, el deseo de control, los prejuicios, y la increíble dificultad de reconocer lo diferente no necesariamente como igual, sino como par. En vez de cuestionarnos acerca de si las máquinas pueden volverse más humanas, la película nos deja con una pregunta aún más alarmante, ¿lo seguimos siendo nosotros?


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