Análisis: ¿El amor es una decisión materialista o más bien... inconsciente?  Spoilers

El amor es una decisión, sin embargo, no somos conscientes de ello hasta que la vida nos juega un enfoque completamente diferente al que acostumbramos. Lucy en el escenario protagonista de su ser, encargada de decidir cómo funcionan la vida de los demás y habiendo logrado consolidar múltiples matrimonios debería tener una idea clara de lo que es amar apasionadamente. Pero se olvidó de algo importante, es un ser humano y por ello puede equivocarse garrafalmente durante el proceso.

Muchas críticas populares han catalogado Amores Materialistas como una película que, sin dudarlo es un romance masculino en todo su esplendor”, bajo la retórica en que las mujeres podemos amar por interés, pero tarde o temprano terminamos sucumbiendo al corazón como nos viene demostrando Lucy (Dakota Johnson) en sus acciones durante la trama. O ese parece ser el mensaje principal, aunque realmente no sea así.


Lamentablemente para la sociedad Celine Song hizo muy bien su trabajo, exteriorizar cómo hemos perdido el interés en crear relaciones de forma natural, pero de una u otra forma terminamos cayendo en el desespero amargo por estar con alguien más, aunque no estemos preparados para ello.

Esta escasez de dinero, contacto humano, emoción, apego, osadía y valores nos han llevado socialmente a entrar en conflicto con la forma en que vivimos. Ya la gente no habla con desconocidos en una cafetería solo por conocer, prefieren terminar perdiendo largos y amargos espacios de su tiempo en aplicaciones de cita para conseguir a alguien que cumpla con sus estándares. Ya no se prioriza el corazón ni la emoción de sentir, se nos olvida cómo el fondo de tu estómago erosiona ante la idea de ver a la persona que amas y comenzamos a racionalizar la idea del amar a tal punto que, si ocurre el más mínimo de los problemas, huimos para escondernos en el caparazón psicológico de la evasión que tanto nos hemos esforzado en construir en estos tiempos.

Para el beneplácito de todos nosotros la guerra contra la automatización emocional no se ha perdido. Hemos logrado identificarnos por mayoría social con la idea de no comprender esta película y por ende, tener que decidir entre interiorizarla o desecharla.

“Una película triste, deprimente, melodramática y melancólica con representaciones modernas erróneas. Poca comedia y algo de miedo, sobre todo por la temática, que era bastante triste”. -IMDb Review (2025).

La vida es una sola y no hay forma en que podamos premeditar lo que sucederá en el futuro. Por muy racionales que seamos con nuestras emociones, pueden ocurrirnos situaciones inesperadas como Sophie (Zoe Winters) que en la búsqueda por llenar desesperadamente su propio vacío emocional decidió recurrir a Lucy, su casamentera, quien se había encargado toda la vida de evadir sus sentimientos propios en un desarrollo de los hechos muy contradictorio a su rol principal.

El desenlace de culpa se muestra en la deconstrucción escénica desarrollada en el baño por Lucy (Dakota Johnson), mientras lloraba el dolor de ambas mujeres a la vez. Una por haberse equivocado, entregado a su amiga al primer depredador que se encontraba en búsqueda de que alguien creyera sus artimañas. Por otra parte, Sophie en una cama de hospital después de haber sido golpeada mientras intentaba rellenar los huecos ocasionados por el rechazo. Buscando evadir, una vez más, la soledad que apremiaba su alma.

La escena en lo más crudo de toda la película a mí parecer y para el que ha sabido interpretarlo, es una muestra clara de resiliencia escondida en el papel superficial de casamentera errante. Es una clara exposición de lo vulnerables que podemos ser como humanos ante nuestras decisiones por ser tomadas con la mejor de las intenciones, pero el menor de las consideraciones sentimentales posibles.

El despertar que tiene Lucy en este final, es únicamente un escenario de miles que pudieron formarse. Prefirió confrontarse a sí misma por primera vez y reconoció el magno error que se mostraba a través de las consecuencias en sus actos: la lamentable creencia de poder controlarlo todo.

Personalmente considero que el único ganador de esta película fue Harry (Pedro Pascal), al no tener que lidiar con un amor destinado al fracaso rotundo por ser nada más que el premio de consolación para un corazón destrozado. Sin merecerlo, decidió amar sin fronteras a alguien que no deseaba más que olvidar su pasado y continuar en una letanía constante de lamentos en el corazón.
La tonalidad triste que aborda este film desde este punto hasta el final no tiene comparación con alguna tragicomedia estrenada durante el año y eso ha decepcionado al público, porque no esperaban tal giro de la trama después de que el tráiler mostrase un mensaje completamente diferente.

A nivel popular, se considera que los actores no conectaron con la profundidad del personaje, lo que hizo una interpretación probablemente memorable en algo banal, sin gracia ni gusto cinematrográfico para muchos.

Los verdaderos amantes del cine, recordarán como La La Land (2016) e incluso Mary Shelley (2017) abarcaba una narrativa bastante similar en un escenario que parecía a punto de estallar en cada minuto. La tristeza detrás de las acciones, la crudeza del amor moderno, junto con el mensaje de que hay amores para aprender a vivir y otros para vivir con ellos. ¿La diferencia? Cómo los actores se han preocupado por encontrarse inmersos en el personaje, brindando una interpretación que arranca el corazón de la audiencia y lo sirve en el halo de sus profundos deseos.

¿Conclusión?

La fama no hace al actor, lo hace el personaje al dejar huellas, calar en el alma del público y quedarse ahí como un acto memorable en los recuerdos venideros. Al final, el trabajo de la actuación es interpretar historias y para hacerlo con profesionalidad, debes creer en ello como si fuera tu propia piel. Pero no todos están preparados para asumir tales responsabilidades por encima de la fama que rodea el guión.

Y con esto, cerramos la escena.

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