Hay escenas que se nos quedan tan grabadas en la memoria que, si pudieran, deberían pagar alquiler. En la mía, mi inquilina es Audrey Hepburn y está bajando de un taxi con un trench beige, bajo la lluvia, llamando desesperada a “Cat”. Cuando de pronto llega George Peppard para darle un beso apasionado y recién entonces, como si hubiera estado esperando la señal, el gato aparece de la nada.
Un clásico de Hollywood de la era dorada, con elementos de romance sofisticado, que muchos clasifican como una comedia ligera pero es más que eso. Breakfast at Tiffany's es una película que tiene lujo, drama, amor y, sobre todo, mucho de esa melancolía disfrazada de glamour.
Es de esas historias que romantizamos cuando las vemos por primera vez, quedamos fascinados con la fotografía, los actores, y su banda de sonido que nos distrae de lo que realmente quiere decir. Recordamos momentos icónicos como ella cantando Moon River en la ventana, pero olvidamos el trasfondo.
Es atemporal porque aborda temas que no envejecen: el materialismo, la soledad, la necesidad de pertenecer. Esta adaptación cinematográfica de la novela de Truman Capote, cuenta, con lo que se permitía en la época por el Código Hays, la historia de Holly Golightly, una mujer que es, en el fondo, una impostora de sí misma. Se esconde detrás de la moda, la juventud y una actitud despreocupada para aparentar ser alguien que no es.
Es incapaz de entregarse al amor genuino, aunque en silencio lo desee. Busca moverse en ciertos círculos sociales, rodearse de hombres influyentes y asegurarse una vida con cero preocupaciones económicas, sin detenerse demasiado a pensar de dónde viene realmente ese dinero.
Holly se presenta al mundo como libre, inocente y sofisticada, despertando en Fred una fascinación inmediata. Pero detrás de esa imagen vive atrapada en sus propias contradicciones. Es nómada, no por elección como aparenta, sino porque jamás encontró su lugar.
¿No les hace acordar a algo actual?: la respuesta correcta son las redes sociales. Ese espacio donde todos mostramos nuestra mejor cara, donde lo que tenemos parece definirnos más que lo que somos. Donde actuamos para gustar, incluso cuando no nos gustamos ni a nosotros mismos.
En redes sociales, la mayoría de las veces no vemos a la persona, sino la imagen que decide mostrar. Tal como Fred con Holly, solo con el tiempo y la cercanía se revelan las fragilidades y la esencia real.
No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que si Breakfast at Tiffany's tuviese su reboot tendría más el espíritu que Truman Capote le quiso dar cuando la escribió y publicó en 1958. Una historia con más énfasis en la connotación sexual, cruda, desafiante y sobre todo crítica.
Y si la historia se adaptara a la actualidad, Holly tendría su cuenta en OnlyFans y Fred sería abiertamente homosexual. Se conocerían por redes sociales, y él quedaría fascinado con su capacidad de conseguirlo todo, simplemente por portación de face card.
Incluso si lo pensamos más en detalle, hasta el título de la película nos habla de una farsa, porque ella desayuna parada en la vereda mirando desde afuera, y disociando de su realidad. Como si fuese incapaz de aceptar quién es y el futuro que la está esperando fuese a ser mejor.
Tiffany & CO es su refugio emocional, un mundo ideal, sofisticado y glamuroso, que contrasta con la vida caótica que tiene Holly. Es como posar con algo de una marca exclusiva para aparentar que se vive en ese universo de lujo.
Breakfast at Tiffany’s no nació para ser solo una historia de amor (aunque verla a Audrey Hepburn protagonizarla fue, es y será un placer visual) sino un espejo de la sociedad. Uno que, décadas después, todavía incomoda y merece ser contado sin tanto bling bling.


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