Cuando era chica, estaban muy de moda las Trillizas de Oro. Mi mamá estaba completamente fascinada con las rubias beldades María Eugenia, María Laura y María Emilia Fernández. Yo era gordita y torpe y tenía un maravilloso cabello castaño con ondas naturales que por supuesto odiaba. Y lo peor de todo era que ellas eran TRES, y yo solamente una, insuficiente por donde me miraran. Pero qué iba a saber mi mamá –que solo me llevaba 18 años y creció prácticamente conmigo- sobre la autoestima y los ideales de belleza retorcidos allá por los lejanos años 80?

Con el paso del tiempo, gracias al tesón y a efectos cosméticos, me di el gusto de caminar por la vida con piernas esbeltas y sacudiendo una larga cabellera rubia, pero nunca pude ser más que una. Y esa sola persona que era ni siquiera era completamente yo misma. Así que, como pude, como lo hacemos todos los que no tenemos una procedencia icónica, una llegada destellante a la vida ni un marco familiar estable y funcional, -y aún los que lo tienen- tuve que aprender a recorrer los desolados caminos interiores que me trajeron de regreso, y en eso estoy.
Por esto que les cuento, no va a sorprenderles que una de mis películas favoritas sea Pequeña Miss Sunshine, una comedia dramática del año 2006 que puede situarse dentro del género de las películas de carretera, cuyo argumento –tal como su nombre lo indica- se desarrolla a lo largo de un viaje. De por sí, me encantan las road movie, que en su mayoría tienen una estructura episódica donde, a cada paso, o cada tantos kilómetros, los personajes deben enfrentar diferentes desafíos que van conformando y revelando el sentido de la trama. Tradicionalmente, las películas de carretera enseñan a los viajeros algo acerca de sí mismos, algo que les revela más sobre su propia psiquis que sobre el lugar al que se dirigen o al que arriban. Pero esta estructura puede presentar diversas variantes, desde el tradicional y auspicioso regreso a casa hasta la posibilidad de un viaje como destino, un viaje infinito, quizás marcado por el eterno retorno. Y, finalmente, como en el caso de otra de mis películas más amadas, Thelma y Louise, lo vivido y aprendido en el viaje, hace imposible el regreso al origen y empuja a las heroínas a elegir la muerte, que no es otra cosa que el exilio definitivo de uno mismo, me parece.

Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris, con guión de Michael Arndt y protagonizada por Abigail Breslin, Toni Collette, Greg Kinnear, Steve Carell, Paul Dano y Alan Arkin, Pequeña Miss Sunshine cuenta la historia de Olivia, una niña criada en una familia estadounidense disfuncional que un día es elegida para participar en un popular concurso de belleza. Entonces, la familia a pleno, con todos sus problemas y singularidades a cuestas, se ponen en marcha en una destartalada combi amarilla y emprenden un desopilante viaje de más de 1000 kilómetros desde Albuquerque, Nuevo México hasta California. Allí, en el Estado Dorado, la pequeña Olivia, que no posee el ideal de belleza hegemónico pero sí un gran encanto y una seguridad en sí misma, fruto de la entrañable relación que tiene con su abuelo, hace una presentación totalmente anti convencional, entrenada por su abuelo iconoclasta, que despierta la ira de los organizadores del concurso. Sin embargo, a pesar de lo diferente que es a las otras niñas estereotipadas y precisamente por ello, Olive termina triunfando a su manera, es decir, a la manera en que todos deberíamos triunfar en la vida, con el apoyo incondicional de nuestros seres queridos y siendo nosotros mismos.

Finalmente, esta familia completamente disfuncional compuesta por Sheryl (Toni Collette), la estresada pero bien intencionada madre, su hermano Frank (Steve Carell), un intelectual gay que ha intentado suicidarse, Richard (Greg Kinnear), el padre de familia que intenta infructuosamente construir una carrera como motivador profesional, la dulce Olive (Abigail Breslin) y su conflictivo hermano Dwayne (Paul Dano), conjuntamente con el abuelo (Alan Arkin), un veterano de Guerra que ha sido expulsado del hogar de ancianos por consumir y vender heroína, y que fallece en el viaje dando lugar a una situación desopilante, terminan “funcionando” gracias a que logran tender las redes de afecto y aceptación mutuas que nos mantienen enteros y en camino.
Dicho sea de paso, una de las últimas conversaciones que tuvimos con mi madre fue acerca de la autoestima y del valor que se necesita para aprender a vivir. Antes de partir, mamá me miró con tanto amor! Y en el espejo de sus ojos, pude verme hermosa al fin.



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